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TUNTUNANI

Datos del autor
Autor: 

Miguel E. Gómez Balboa y Miriam Telma Jemio

País: 
Bolivia
Datos del medio donde fue publicado el trabajo
Tipo de Medio: 
Prensa
Datos del trabajo que va a concursar
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TUTUNANI

 

La enfermedad ha traspasado los 1.800 metros sobre el nivel del mar, contradiciendo los estudios científicos. En los valles interandinos del este de La Paz, la población padece las consecuencias de la convivencia con un enemigo mortal: el anopheles. El Servicio Departamental de Salud todavía espera confirmar los resultados.

 

Los Mamani Chura quedaron marcados de por vida hace casi una década. En 1998, una epidemia desconocida atacó sin piedad a su aldea, Tuntunani, situada en la región de Ambaná, del municipio de Carabuco de la provincia Camacho, a siete horas de viaje de la urbe paceña y a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar. El hijo mayor de la parentela, Dámaso (46), no olvida que el organismo de su madre, Jacoba Chura, no resistió al embate de la enfermedad. Según los recuerdos del ahora Secretario de Justicia General de la localidad, otros nueve ancianos corrieron la misma suerte.

 

“Los mayores murieron de canto. Toda mi familia quedó tirada en la cama. Unos cuantos nomás de la comunidad se salvaron de quedar así. No había caso de aguantar el calor y los temblores que nos hacían sacudir mucho el cuerpo. Vinieron doctores, nos hicieron pruebas de sangre y nos dieron pastillas. Nos curamos”. Pero lo sucedido en Tuntunani se había reproducido en las comarcas aledañas del valle interandino paceño. Con el arribo de la ayuda médica, los campesinos recién conocieron el nombre del mal que los había atacado desprevenidos: malaria.

 

La zona desechó de que esta enfermedad no podía insertarse en la altura y los climas fríos. Fue objeto de investigaciones continuas. Sin embargo, hoy Tuntunani luce de nuevo abandonada, mientras los expertos han desentrañado las características de la amenaza que convive con sus habitantes. Un peligroso inquilino que ha sentado soberanía en el área por culpa del aumento de temperatura ocasionado por el cambio climático. Domingo llegó a este lugar casi inaccesible y habló en exclusiva con los científicos que estudiaron el caso.

 

La epidemia traumática

Tuntunani era “una zona virgen para malaria”. Por eso llamó atención el brote de la epidemia de 1998, cuenta el doctor Waldo Illanes, actual supervisor de Operación del Programa de Control de Vectores del Servicio Departamental de Salud (Sedes). La situación extrema se produjo por la elevación de temperatura en la región de Carabuco, de 14 grados centígrados promedios a 23 grados, el máximo histórico alcanzado en febrero de ese año, atribuido científicamente al fenómeno climático de El Niño.

 

Los antecedentes establecen que, entre enero y mayo de 1998, ocho comarcas de los municipios de Carabuco y Moco Moco de la provincia Camacho, pertenecientes al área de Ambaná (Tuntunani, Mollebamba, Sehuenquera, Huaykayapu, Locrohuiri, Huilacunca, Caldera, Caranani y Yawarquilla), fueron las afectadas. Esa época se registraron 83 casos de malaria por la presencia de la bacteria Plasmodium vivax (Illanes estima que fueron 192), encontrada por los análisis de sangre.

 

Diez de los afectados no pudieron sobrevivir al brote sui géneris. Precisamente Tuntunani tuvo el mayor número de enfermos, 52 de los 83 pacientes. En la memoria de sus habitantes quedó grabado que la enfermedad fue “traída por una persona de Mollebamba que viajó a los Yungas de La Paz” y posteriormente murió.

 

El doctor Illanes corrobora este hecho porque el primer caso que se presentó “fue importado”, es decir, no surgió en la zona. El especialista tiene la teoría de que el vector o transmisor (Anopheles pseudopunctipennis) se introdujo a la altura de los valles al estar incrustado en la ropa o las cosas de alguno de los mineros de la región que lavaba oro en el río. “En el primer charco de agua hizo su criadero”.

 

Según las investigaciones realizadas entre 2004 y 2006 por el Programa Nacional de Cambios Climáticos (PNCC) —a través del proyecto Estudios de Cambio Climático— durante el brote del mal, las autoridades locales y los familiares de los infectados buscaron ayuda en los centros de salud cercanos, “los cuales no estaban capacitados ni equipados para responder a ese tipo de emergencia, por la rareza de la enfermedad en su área de trabajo”.

 

Posteriormente, los servicios de atención médica realizaron tres operativos en Tuntunani. Procedieron con el diagnóstico clínico de los lugareños tomando muestras hemáticas (de sangre). Una vez confirmados los casos de malaria, emprendieron el tratamiento respectivo con pastillas de fosfatos de Cloroquina y Primaquina. Estos episodios concuerdan con el relato de Dámaso Mamani de párrafos arriba.

 

El gerente de la Red Número 3 de la región, Casto Vedia, reconoce que entonces no había personal de salud suficiente para hacer frente a la situación. El agravante fue que “no contaban con la cantidad adecuada de medicamentos, por lo que priorizaron el tratamiento en niños, pacientes en fase aguda de infección y personas que presentaron los síntomas por primera vez”. De acuerdo con los datos recopilados por el estudio del Programa de Cambios Climáticos, el personal local de salud no recibió apoyo de los niveles departamental ni nacional porque se “desvirtuó” el brote de malaria en una zona donde la enfermedad no era habitual.

 

Illanes rememora que “hasta extranjeros vinieron a analizar el vector que fue encontrado en poca cantidad en los charcos de agua de Tuntunani y las poblaciones aledañas”, ubicadas a unos 50 kilómetros al este del lago Titicaca y entre los 2.615 y 3.800 metros sobre el nivel del mar. Características que hacían inusual la presencia del Anopheles pseudopunctipennis, porque, según los reportes científicos sobre la materia, éste puede vivir a no más de 1.800 metros de altura. “Por eso nos ha extrañado mucho el cambio de hábitat de este mosquito”.

 

Lo peculiar fue que no existían antecedentes de prevalencia de malaria en el perímetro, puesto que la altura, el clima frío y el ecosistema que presentan los villorios involucrados no son propicios para el desarrollo de males transmitidos por vectores, explica la doctora Marilyn Aparicio, consultora del PNCC. Sólo se tenían conocimiento de informes aislados y esporádicos de casos de malaria, pero “importados” de los Yungas o del oriente del país, es decir, personas que reciben el “tratamiento antimalárico específico” en esas zonas.

 

Entre 1999 y 2000 hubo otras dos incursiones médicas al lugar y los investigadores volvieron a hallar larvas del mosquito, lo que significa, expone Illanes, que “realmente está cambiando de hábitat, aunque se trata de criaderos esporádicos”. El funcionario del Sedes sostiene que en 1998 se encontraron entre cinco y 20 larvas por charco de agua examinado, lo que no implica algo de qué preocuparse. No obstante, lo que sí alarmó a los médicos a cargo fue que la malaria vino acompañada de tuberculosis.

 

Las evaluaciones del Programa de Cambios Climáticos señalan que varios factores influyeron en el brote de la epidemia en 1998. Uno fue que el 20 por ciento de los enfermos no terminó el tratamiento específico, incluso otros dejaron de tomar el medicamento al sentir mejoras en su organismo, y también hubo otro porcentaje que a pesar de estar infectado compartía con sus familiares, o sea, no estuvo en periodo de cuarentena.

 

Una de las constataciones más relevantes del estudio es que hubo un “brote autóctono”, puesto que el 43 por ciento de los pacientes de malaria confirmados no habían salido de Tuntunani en los tres años previos a 1998 y tampoco recibieron transfusión de sangre. Para Aparicio, esto demuestra que el vector ya se encuentra en la región. Eso explicaría otros 10 casos registrados en 1999, uno en 2001, los dos del año siguiente y los últimos tres de 2005. Datos que constatan que la enfermedad se ha incrustado en la zona.

 

El mito tuntunaneño

El ingreso a Tuntunani cuenta con un camino inhóspito tras pasar el poblado de Escoma. Un sendero pedregoso que declina de una serranía. Media hora antes de la llegada, la ruta obliga a parar a los coches en Saphia, comunidad con más de 100 afiliados a su sindicato. Cuando Domingo la visitó a fines de septiembre, su población infantil recién se curaba de una epidemia de papera. “Se hincharon los cuellos de los niños. Uno de ellos ha contagiado a todos. Ha traído la enfermedad de su colegio de Tacani. Los hemos curado sólo con hielo y cáscara de papa”, relata el secretario general Félix Guamán.

 

Otro lugareño, Rosendo Flores, no olvida lo sucedido en 1998. Tuntunani se ha convertido en una leyenda. Además, para los saphieños hay algo que no admite dudas: la muerte aún vuela por los valles aledaños. “Hasta ahora dicen que esa enfermedad está ahí abajo, donde hay más calor. Los bichos se meten en las frutas que ahí cultivan. Aquí es más frío, por eso no nos atacan”. Saphia no ha conocido casos de malaria. Los tuntunaneños y sus enfermos frecuentan este poblado. Es que allí se erige la única posta sanitaria de la región.

 

El centro de salud está bajo tuición de un auxiliar de enfermería, Juan Troche Silva, quien excede los 50 años. Sus pies son los únicos medios de transporte que emplea cuando el deber lo convoca de urgencia a las comarcas cercanas. Él es cauteloso al hablar del tema. “En 2004 vinieron bastantes personas con temperatura y temblor. Por ello, sacamos muestras de sangre en Tuntunani, Mollebamba y Sehuenquera. Pero los resultados de los análisis no llegaron desde La Paz, aunque me aseguraron que ninguno salió positivo de malaria”.

 

La única flota que viaja a la zona, entre jueves, domingo y lunes, se queda en Saphia. Tuntunani no figura en su mapa. El último trecho hacia el mítico villorio está casi vedado para los automóviles. Las casas están desperdigadas por los pequeños montes. Son rústicas, construidas de adobe y calaminas. En la comunidad no hay indicios de luz eléctrica ni de agua potable. Los tuntunaneños se dedican al cultivo de maíz, durazno, tuna, lacayote… El punto de reunión vecinal es la cancha. Allí se encuentra el terreno de la familia Mamani Chura.

 

Dámaso Mamani informa que unas 200 almas habitan su pueblo. El Secretario de Justicia asegura que la malaria aún está incrustada en Tuntunani por culpa de los chujchus (nombre con el que los campesinos designan a todo lo desconocido), mosquitos que fueron encontrados hasta en la vivienda del promotor de salud. “La enfermedad no hace aguantar ni una semana a los mayores. Los mata rápido”. Su cuñada, Rosa, coincide con él en que los bichos han reaparecido. “Son más grandes. Salen de noche y se entran a las camas en las mañanas. Hacen levantar granos. A los niños les da calentura y con orín les hacemos pasar”.

 

Los dirigentes de la Junta Escolar Cruz Chura y Jaime Yucra comentan que Isidro Cala es el último afectado. “Está enfermo —dice Chura—. No come. Está con temperatura y escalofríos. Parece que tiene malaria. Habita una casa al comienzo del pueblo”. Yucra subraya que los chujchus han armado sus nidos en los domicilios, árboles y hasta en el colegio, que alberga a casi 70 niños que cursan los niveles de primaria. Ambos lugareños revelan que la situación es más preocupante en Mollebamba y Sehuenquera. “Más adentro hay más calor —declara Chura—. A nadie le interesamos. Ni el auxiliar de Saphia viene cuando lo necesitamos”.

 

Troche niega ello. “Entro cada 15 días a los pueblos. Pero este año no hubo ningún paciente con síntomas de malaria. Si así pasara, le doy Paracetamol para la temperatura y empiezo el tratamiento de cuatro días con los fosfatos de Primaquina y Cloroquina”. El auxiliar muestra los frascos que contienen estas pastillas; están vencidas. “Las cambiaré en el Sedes —alega—. El año pasado las entregué a unas dos personas. Si se sienten bien, no se les insiste que las sigan tomando. Los doctores dicen que la malaria puede propagarse aquí en cualquier momento, por eso estamos muy alertas”.

 

A pesar del estado de emergencia, el Estado no otorga capacitación sobre el asunto a Troche ni a los estantes de las aldeas amenazadas. Casto Navia sostiene que el Sedes hace lo que puede, aunque admite que ésta es una debilidad de la red de salud que lidera, ya que Tuntunani requiere “bastante intervención en salubridad”. Además, explica que la situación no mejora porque hay limitaciones en “capacidades y personal”, y poca colaboración de la comunidad implicada.

 

Al respecto, el profesor de la escuela de Tuntunani, Samuel Mayta, dice que los lugareños tienen mucha culpa por sus problemas de salud. “No van al médico. Prefieren los remedios caseros”. Su opinión tiene sustento. Aparte del orín, comenta Yucra, el pasto geronilla y la hoja de tuna son empleados contra la temperatura. “Así nos curamos de la malaria que de nuevo está apareciendo. No sabemos por qué”.

 

El Programa Nacional de Cambios Climáticos parece tener la respuesta a esta interrogante. Con el objetivo de verificar el brote de malaria en una zona no tradicional y situada a gran altura, entre 2004 y 2006 el PNC realizó una evaluación integral de la región de Carabuco y Moco Moco, específicamente en las comunidades de Huillacunca, Sehuenquera, Ambaná, Calderas, Yahuarquilla, Mollebamba y Tuntunani. Trabajo desarrollado por un equipo de profesionales en diferentes disciplinas, explica la consultora y coordinadora Marilyn Aparicio. La información obtenida quiebra los argumentos científicos que ligan a la malaria con la altura.

 

Félix Trujillo, del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi), estableció que la temperatura media de la zona, particularmente de Tuntunani, subió en 30 años —entre 1960 y 1990—0,3 grados. Un fenómeno que se presenta de manera global como efecto de los cambios climáticos, cuyo registro en la temperatura del planeta es de 0,8 grados centígrados de aumento, de acuerdo con los reportes científicos más recientes.

 

La evaluación epidemiológica fue emprendida por el Programa Nacional de Cambios Climáticos y las redes de salud 2 y 3 de Carabuco, para lo cual realizaron un test clínico a los pobladores de la región: 59 de ellos presentaron las sintomatologías de la enfermedad (fiebre, temblores, cefaleas, entre otros). “Ésa fue la muestra con la cual se hicieron los trabajos —explica Aparicio—. Las pruebas de sangre fueron sometidas a análisis, desde la más simple, de la gota gruesa, hasta la más sofisticada, como el optimal test”. El cuadro final determinó el hallazgo de 10 personas portadoras de malaria, las cuales pertenecen a Mollebamba, Sehuenquera y Tuntunani.

 

Eso sí, la especie de parásito hallada en el área de estudio fue el Plasmodium vivax, que a diferencia de su “pariente”, el Falciparum vivax, no causa la muerte a menos que no se siga un tratamiento o éste se lo empiece tarde. “Ahora hay casos positivos que no tienen la severidad del año 1998 —aclara Aparicio—, pero de todas maneras, al existir el vector y el parásito en la región, la enfermedad se está volviendo habitual en ella, sin embargo todavía actúa de manera esporádica e inestable”.

 

Aparte, no faltan los lugareños infectados por sus frecuentes viajes a los Yungas de La Paz (donde la malaria es común) para ganar algo de dinero en los trabajos mineros y agrícolas, sobre todo en los cocales. Por ejemplo, en Saphia, el auxiliar Juan Troche ya se ha acostumbrado a entregar pastillas de Cloroquina y Primaquina a una persona que viaja al norte paceño y regresa, generalmente, con escalofríos y temperatura.

 

“Tiene aproximadamente 25 años y vive en la localidad de Acopata. Más arriba de Tuntunani. Viene siempre mal de los Yungas y le doy las pastillas para que se sienta bien. Pero cuando no le doy su tratamiento, se pone mal de nuevo. He llevado su prueba de sangre a La Paz y no me han entregado los resultados. Le dije que vaya a un hospital paceño, y no va por miedo. Este año ha venido al consultorio una sola vez”.

 

Viviendo con los chujchus

Jaime Yucra dobla las mangas de su camisa y entra en los flamantes baños del establecimiento educativo de Tuntunani. “En este sector hay hartos chujchus”. Se sube a uno de los inodoros y señala a la pared blanquecina. “Ahí está uno de ellos”. Un mosquito espigado con patas alargadas sobresale en el muro. “Allá hay otro, y allá otro. Descansan en el día. Eso no es nada, aquí en el desagüe hay más”. El dirigente señala a un pozo pequeño. En el interior hay más insectos como el anterior, y también larvas oscuras que flotan en el agua.

 

Para los lugareños, éstos son los portadores de la malaria. No obstante, para los científicos no todos los bichos poseen la propiedad de picar a una persona que tiene la enfermedad y trasladar el parásito a otra para que le vaya consumiendo los glóbulos rojos. Por ejemplo, están los zancudos (culex), que tienen el mismo aspecto. La enfermedad tiene que ver con un personaje que pertenece a un género singular: los Anophelinos, y el diagnóstico de los biólogos de la Colección Nacional de Fauna halló especímenes adultos en Huaycayapo, Mollebamba y Tuntunani, comenta el director de esta institución científica, James Aparicio Effen.

 

Los bichos fueron encontrados dentro de las viviendas, y sus larvas, en las pozas domiciliarias y vecinas a los ríos, arroyos y quebradas e incluso en las cunetas de los caminos. Los investigadores determinaron la presencia de la única especie en valles interandinos: Anopheles pseudopunctipennis, el transmisor de la malaria tradicional en Bolivia. “Hay variaciones (para la llegada de este vector a la zona) que pueden responder a las modificaciones del ecosistema por el cambio climático, permitiendo la presencia de la malaria en esa altitud”.

 

Los Anopheles adultos comienzan su actividad normal a las 18.30 y se prolonga durante toda la noche. James Aparicio resalta que su hábitat tradicional se encuentra en áreas húmedas, sobre todo en las pozas o charcos de agua generalmente no muy cristalina y que hasta puede contener algas verdes, o sea, “una mínima vegetación circundante y la presencia de individuos aislados”. Lo importante es que estas especies halladas pueden tolerar bajas temperaturas.

 

Todo concuerda con las quejas anteriores de Rosa Mamani. En consonancia, el secretario general de Tuntunani, Quintín Rivera, ratifica que los chujchus inundan el ambiente nocturno de la localidad. “Creíamos que se habían ido, pero sus nidos han aparecido en otros lugares. Hay enfermos de malaria que se curan en sus casas. Igual otros no avisan por miedo y por flojera de ir a los hospitales de La Paz, Moco Moco o Carabuco. Más abajo, en Mollebamba, hay más bichos, es más caliente y hay más casos. Nos da miedo sobre todo por los niños”.

 

Los chujchus cuentan con otros aliados para su estancia en la región. Las biólogas del Herbario Nacional de Bolivia Rosa Ísela Meneses y Teresa Ortuño encontraron el árbol de la especie Litahraea molleoides, la que proporciona alimento a los Anopheles pseudopunctipennis machos y es un sitio adecuado para el reposo de los insectos. Meneses señala que también se halló “al borde de los riachuelos y acequias afluentes al río Mullubamba” la gramínea Gyneriun sagittatun (un tipo de pasto que alcanza hasta un metro y medio de altura), que también crece en el Chapare cochabambino y “favorece el ciclo reproductivo del mosquito de la malaria”.

 

James Aparicio explica que la casi inexistencia de anfibios en el área estudiada, sumada a la falta total de peces, representa la ausencia de depredadores que reduzcan o controlen la proliferación de los Anopheles tanto en su etapa adulta como en la larvaria. Pero la instalación de este bicho no es la única variación en la fauna de la zona. La Colección Nacional de Fauna igual ha establecido que las alteraciones del ecosistema en Bolivia han provocado la migración a la altitud de dos variedades de murciélagos, incluso aves y hormigas…

 

Así visto, la malaria es una de las consecuencias del cambio climático. Y las ínfimas medidas salubres y sanitarias en Tuntunani y los pueblos cercanos de los valles interandinos son catalizadores para que lo ocurrido hace una década pueda repetirse. Vedia sentencia: “El peligro está en que en cualquier momento se puede, al igual que en 1998, producir una epidemia de malaria autóctona, no importada. Es decir que los casos se dan en el medio en el que están y con los mosquitos que existen. Al haber encontrado el vector y el parásito, entonces es cuestión de tiempo que se pueda producir ello”.

 

El Sedes aún duda

¿Cómo evitar el pronóstico brindado por Vedia? El Programa Nacional de Cambios Climáticos ha iniciado una tarea conjunta con la Red Número 3 de Salud del Servicio Departamental de Salud y la socialización de los resultados del estudio a los municipios involucrados con las comunidades en peligro: Carabuco y Moco Moco. Los proyectos de prevención y adaptación son la meta. Sin embargo, en criterio el vicepresidente del Concejo Municipal de Carabuco, Alberto Kela Mamani, aún falta incorporar un acápite especial sobre cambios climáticos en los planes de Desarrollo Municipal, para que las alcaldías destinen dinero y consigan financiamiento específico para este rubro.

 

El director del PNCC, Óscar Paz, arguye que es la hora de que el sistema nacional de salud empiece a considerar la presencia de afecciones como la malaria en todas las regiones y de que se brinde capacitación a los operadores públicos del ramo, sobre todo a los que se encuentran en el área rural. El especialista asegura que las políticas estatales en la materia se encuentran en manos del Ministerio de Salud, dado que se habla de enfermedades. “Es una tarea de todos, el programa a mi cargo trata sólo de arrancar con el proceso”.

 

Casto Vedia informa que en febrero de este año se tomó la decisión de desarrollar un sistema de vigilancia epidemiológica que se halla en fase de implementación. Los primeros pasos llevan al entrenamiento del personal de salud y la organización de entidades que puedan colaborar en algún momento de contingencia, como las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica, las ONG, profesores y municipios de la región, y un trabajo de educación en las comunidades que puedan adquirir un brote de malaria, incluida la de Saphia.

 

La coordinadora de la investigación del Programa Nacional de Cambios Climáticos, Marilyn Aparicio, comenta que los datos conseguidos son sólo un botón de muestra de que los daños causados por el cambio climático son reales. “Un ejemplo de ello es la ‘malaria de altura’ encontrada, que también apareció en la anterior década en países africanos, como Uganda o Kenia”. Por ello, recomienda que las autoridades implicadas preparen las medidas de adaptación idóneas para que los efectos no sean tan severos con la salud de la población.

 

En Tuntunani, Dámaso Mamani ya está resignado al acoso y la convivencia con los chujchus. “La verdad es que nadie se preocupa de nosotros”. El “general” Quintín Rivera también luce un gesto sin esperanzas. “Sabemos que hay peligro en Tuntunani, hemos pedido ayuda de médicos, pero nada. Sólo nos cuidamos nosotros. Un señor mayor (al parecer Isidro Cala) ha aparecido con fiebre en su casa. Parece que va a morir. Su esposa dice que es malaria. Vamos a tratar de curar. Estamos preocupados. Si nos llega de nuevo la malaria, va a arrasar como hace años con los viejitos”.

 

A pesar de lo esgrimido, el encargado del Programa de Enfermedades Transmitidas por Vectores del Sedes, Félix Cruz, asegura que no tiene reportes de la presencia de malaria en la zona estudiada, aunque sí recibió denuncias. Ante esto, pedirá un informe a Casto Vedia y visitará las aldeas en cuestión para hacer su propio levantamiento de datos. En La Paz, según un informe de su repartición, las áreas de la enfermedad se ubican en el norte: Apolo, Caranavi, Guanay, Ixiamas, La Asunta, Mapiri, Palos Blancos, San Buenaventura, Tacacoma, Teoponte y Tipuani. Y los casos, entre 1991 y 2007, bajaron de 1.420 a 532. En el primer semestre de este año hubo 62 pacientes de malaria; en septiembre fueron siete, los cuales “importaron” la enfermedad de otras regiones.

 

El auxiliar de enfermería de Saphia, Juan Troche, al respecto, reniega de la falta de apoyo prefectural y estatal en la región. “Los empleados del Ministerio de Salud no saben ni dónde es Tuntunani. Hasta ahora no hay nada para evitar los problemas de enfermedades que se dan en esa población. Sólo me dejaron pastillas, y ya están vencidas”. Mientras tanto, otro mal ha vuelto a azotar a la comarca, se trata de la tuberculosis, que se ha llevado el año pasado la vida de otros dos integrante de los Mamani Chura, Benedicto y Sofía Mamani (leer apoyo).

 

Incluso los nidos de los Anopheles han sido encontrados en poblados de áreas más altas de la región. Así lo asegura la internista del Centro de Salud de Ambaná, Patricia Cahuaya. Eso no es todo. De acuerdo con Navia, se han hallado otros mosquitos que están adquiriendo la capacidad de “transmitir la malaria. No son los vectores clásicos. Se están adaptando a los cambios”. La sombra de este mal abarca cada vez más espacio en la zona. Los más de 3.500 metros sobre el nivel del mar de Tuntunani ya no son una garantía contra la enfermedad, y sus habitantes están conscientes de ello.

 

Apoyo 1.

La región igual lidia con la tuberculosis

Martha Chura Mamani luce demacrada a sus 20 años. Se cubre la boca con un pequeño pañuelo cuando tose, entre cada dos y tres minutos. Tiene los ojos algo hundidos y la tez pálida. Acarrea estos síntomas desde fines del mes de agosto. Ella vive en Mollebamba, población situada en la parte más baja de los valles interandinos de la provincia Camacho de La Paz, a cuarenta minutos de caminata de Tuntunani. El auxiliar de enfermería de la posta sanitaria de Saphia, Juan Troche, sospecha que la joven padece de tuberculosis. El estado de Martha empeora porque recién tuvo a su primera hija. Está débil. El 28 de septiembre, Domingo trasladó a la cholita al hospital de Saphia.

 

La región no sólo convive con la malaria, sino que está siendo azotada por la tuberculosis. “Ahora estamos buscando esta enfermedad —afirma Troche—, el año pasado mató a una persona”. En Tuntunani, relata Rosa Mamani, ya fallecieron dos de sus familiares a causa de este mal, su padre, Benedicto, y su hermana. No lograron salvarse porque se les detectó la afección “demasiado tarde. El médico nos ha dicho que ya no se podía hacer nada”. Dámaso Mamani, secretario de Justicia de la localidad, comenta que “entre familiares nos estamos contagiando”. Un dato que confirma las deficientes condiciones salubres y sanitarias en la zona.

 

El gerente de la Red Número 3 del Servicio Departamental de Salud, Casto Navia, sostiene que se tomaron acciones para controlar la tuberculosis en Tuntunani. “En julio se recabaron las muestras de saliva a los habitantes de la región y ninguno dio positivo”. No obstante, Troche y los tuntunaneños se quejan porque aún no conocen los resultados de estos análisis. Ante los casos presentados, Navia adelanta que su repartición volverá a intervenir en la comunidad. “No se desecha que este mal haya sido importado desde los Yungas de La Paz”.

 

El responsable del Programa Departamental de Tuberculosis, Jhonny Ayllón Cayetano, anuncia un relanzamiento del programa. “Muchas epidemias se las conoce primero por la prensa que por los reportes de los centros sanitarios”. En La Paz, este año, ya hubo 608 casos. La preocupación de la autoridad es que el mal está cambiando de conducta. “Se está presentando en personas de entre 15 y 25 años, eso quiere decir que el problema se está volviendo más del hogar, antes era laboral”. Sobre Tuntunani, Ayllón pedirá un informe al municipio de Carabuco.

 

Apoyo 2

“Ahora es tarea del Ministerio de Salud”

El coordinador del Programa Nacional de Cambios Climáticos (PNCC), Óscar Paz, establece en esta charla con Domingo que es turno del Ministerio de Salud de adoptar las políticas para luchar contra la llegada de la malaria a la altura.

 

—¿Qué implicaciones tiene esta investigación que encontró malaria en la altura?

Darnos cuenta de que estamos ante un brote de enfermedades en áreas en las cuales no existian antes. Eso implica que todo el sistema de salud nacional empiece a considerar este tipo de males en todas las regiones y que capacite paulatinamente a los médicos y los que brindan las atenciones en salud para que tomen en cuenta esta nueva variable en zonas donde la malaria no se producía.

 

¿Qué hará el programa a su cargo al respecto?

No puede directamente realizar una acción en el Ministerio de Salud; es esa entidad la que tiene que asumir y comprender que éste es un nuevo reto al que se enfrenta el país por el cambio climático y asumir un trabajo sistematizado, uno que oriente sus acciones y políticas hacia estas enfermedades en estas regiones. El Ministerio tiene que estudiar las formas de trabajo para reducir estos impactos negativos.

 

—¿El PNCC tiene sus propios proyectos en el tema?

Lo que hace el programa es generar las capacidades sobre el entendimiento de este problema en los sectores, algunos programas iniciales que sirvan de muestra para el Ministerio de Salud, para que posteriormente sea éste el que asuma su rol correspondiente, porque estamos hablando de enfermedades.

 

—Cuando habla de capacidades, ¿a qué se refiere?

Capacidades fundamentalmente de que la gente comprenda las implicaciones que hay entre el cambio climático, el brote y el rebrote de enfermedades. Que se den cuenta de que éstas se hallan presentes por elementos climáticos.

 

—En el ámbito nacional, ¿qué es lo más apremiante en cuanto a cambios climáticos en materia de salud?

Creo que la malaria y el dengue. Pero se tiene que seguir estudiando, por ejemplo, el mal de Chagas, las enfermedades respiratorias agudas que van a ir cambiando incluso de intensidad, de acuerdo con las condiciones climáticas que ya se vayan haciendo más estables en las diferentes regiones. Lo que vemos como necesidad es que en las políticas de salud se incorpore la cuestión del cambio climático.

 

—¿En el marco de las investigaciones ya hechas?

En el marco de las que están y de las que tienen que venir. Y también ellos tienen que apoyar. Nosotros estamos tratando de incentivar estas averiguaciones con recursos económicos de que disponemos. Queremos fomentar la investigación de las universidades sobre este asunto, que reaccionen.

 

—¿Qué actores más deben integrarse a este trabajo?

Es tarea de todos. El PNCC trata de arrancar el proceso, y así lo hemos estado haciendo con nuestro plan quinquenal en otros sectores, de a poco y queriendo entender de principio cuáles son las causas de estos problemas.

 

Apoyo 3

¿Qué es el cambio climático?

Es un fenómeno provocado por la emisión de gases que “atrapan” el calor desprendido por los rayos del Sol dentro de la atmósfera terrestre. Son varios los gases que contribuyen al calentamiento global y el cambio climático, entre ellos el dióxido de carbono, el metano, los óxidos de nitrógeno, los clorofluorocarbonos (CFC) y los halocarbonos (sustitutos de los CFC). La emisión de dióxido de carbono se debe al uso de combustibles fósiles para conseguir energía (por ejemplo, el petróleo). Los efectos de este problema incluyen desplazamientos en las zonas climáticas, cambios en las épocas de lluvia, ascenso del nivel del mar, sequías, pérdidas en los ecosistemas y aumento de la temperatura terrestre.

 

Actualmente se observan como impactos el efecto invernadero; el agujero en la capa de ozono (aproximadamente 25 millones de kilómetros cuadrados); la subida del nivel del mar (dos milímetros por año); los casquetes polares se derriten, lo mismo que los glaciares de la cordillera de los Andes; cambios en los comportamientos de los animales (en Rusia, los seis osos del parque de Rostov del Don hibernaron tres meses después de su fecha habitual); aumento de las temperaturas (en el hemisferio Norte, en 2006, ésta subió hasta 0,58 grados centígrados, y en el sur, 0,26 grados). Algunas de las acciones tomadas para comatir el problema se suscriben al Protocolo de Kioto (1997), una iniciativa para reducir las emisiones de gases a la atmósfera.

 

Apoyo 4

El fenómeno también ataca en África

Un estudio de la revista Proceedings of the National Academy of Science sostiene que en las zonas montañosas del este del continente de África ha habido un incremento de temperatura de medio grado desde 1970 y, paralelamente, un incremento del número de mosquitos que transmiten la malaria mediante el parásito Plasmodium vivax. “Nuestros resultados no significan que la temperatura es el único o el principal factor que conlleva al incremento de la malaria”, afirma M. Pascual, investigadora de la Universidad de Michigan, “pero sí que es uno de los factores que debería ser considerado”, según publica la revista virtual Consumer.es Erosky de España.

 

En África se ha observado que los bichos se están desplazando a zonas inclusive más elevadas. En los últimos años, por ejemplo, la malaria ha emergido nuevamente en regiones montañosas al este de ese continente, donde la temperatura es unos grados más baja que en las tierras de la planicie. Los factores que pueden explicar eso son, entre otros, el desplazamiento de personas portadoras de la enfermedad, el incremento de resistencia a los fármacos y la pérdida de calidad de la atención sanitaria. No obstante, el cambio climático también se ha propuesto como explicación de estos problemas.