El Chagas, agazapado, sabe que es solo cuestión de tiempo

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Autor: 

Juan Ignacio Manchiola

País: 
Argentina
Datos del medio donde fue publicado el trabajo
Tipo de Medio: 
Internet
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El Chagas en Argentina ya no es una enfermedad de los pobres. Es mucho más. Afecta, sí, a aislados pueblos de casas de adobe en el norte. Pero se ha afincado en las ciudades, como San Juan (al oeste), donde hay edificios céntricos tomados por las vinchucas. Donde -por ahora- las palomas son el principal banquete de este vector hematófago.

Igual que Eduardo, un salteño de 30 años con síntomas avanzados de la enfermedad, algunas personas entienden porqué se ahogan de noche. Otras no tienen ni idea, víctimas de un mal que sabe esperar en silencio.

El Chagas, dice un experto, refleja la actitud del hombre, que insiste en modificar la naturaleza. Con el cambio climático, agrega otro, ya no habrá límites: en un país que poco hace en sus áreas endémicas, nadie sabe qué ocurrirá cuando el sur también sea invadido. Ya en 1997 un trabajo advertía que el alto riesgo de transmisión vectorial, en ese entonces radicado en Formosa, “pasaría a ocupar la mitad del territorio argentino si ocurriera un incremento de 4 grados centígrados”, producto del cambio climático global.

En los últimos tres años “hay un estancamiento manifiesto” en las acciones contra esta enfermedad transmitida por la vinchuca, advierte a este medio el doctor Mario Zainderberg, jefe coordinador nacional de vectores del ministerio de Salud de Nación, con sede en la noroccidental provincia de Salta.

Argentina presenta todas las condiciones (ecológicas, climáticas y socioeconómicas) para la aparición y multiplicación del vector en provincias norteñas como Chaco, Formosa y Salta, en alguna porción de la céntrica Córdoba y de la occidental San Juan, y en “grado de altísimo riesgo” en Santiago del Estero (al noreste). Y “no hay dudas de que podemos esperar una extensión de la infestación hacia provincias del sur del país, porque la vinchuca se irá desplazando en su hábitat, ya que habrá más temperatura en regiones que por ahora son aún frías”, alerta Zainderberg.

El doctor Andrés Mariano Ruiz, director del Instituto Nacional de Parasitología “Dr. Mario Fatala Chabén”, dependiente del Ministerio de Salud de la Nación, define al Chagas como el resultado de la actitud del hombre al modificar situaciones de la naturaleza. “Se están produciendo desmontes en cantidad nunca pensada y es de pensar que los insectos que allí viven se irán desplazando a las ciudades”, amplía, en diálogo con RENA.

El vector siempre fue asociado a un hábitat rural, pero las cosas han cambiado. “Hay casas de material con vinchucas que ingresaron por los caños de la luz que fueron mal tapados. El panorama, de no actuar con programas sistemáticos y de lucha en varios frentes, es catastrófico”, arriesga el experto del centro de referencia nacional. La enfermedad de Chagas-Mazza es producida por un parásito unicelular microscópico: el Tripanosoma Cruzi. Se lo halla en la sangre y en los tejidos de las personas y animales enfermos. Se multiplica en el interior de las células de algunos órganos, por ejemplo el corazón, a los que daña seriamente.

En la cadena de transmisión hay un intermediario que es el eslabón obligatorio: el insecto vector. En América se conocen varias especies capaces de transmitir la infección a través de sus deyecciones; en la Argentina, la única de importancia epidemiológica es la denominada Triatoma Infestans (la vinchuca o “chinche gaucha”).

Dentro de los tipos de transmisión, la más preocupante es la vectorial, porque es más difícil de detectar. Por eso hay subregistros de Chagas agudo, ya que el 95 por ciento de los casos que aparecen son asintomáticos. No se da cuenta ni la madre, ni el enfermo, ni siquiera el agente sanitario. La transmisión vertical es más fácil de detectar, a partir de la madre, si se sabe que es chagásica.

La enfermedad también puede propagarse por las transfusiones de sangre o los transplantes de órganos (en Estados Unidos, un país que ha tenido que acostumbrarse a este mal que le era ajeno, hace tres años se produjo un multitrasplante cuyo donante era chagásico: infectó a tres personas).

 

Avanza

De la mano de los cambios en el clima se ha comenzado a ver proliferación vectorial en ciudades como San Juan y Mendoza, ambas en el oeste cordillerano. La más afectada es San Juan, donde según el testimonio de Ruiz hay una enorme proliferación de palomas en el casco urbano, con inmediata repercusión en el número de vinchucas que se alimentan de su sangre. En edificios abandonados de la peatonal del centro sanjuanino hay enormes nidos que las palomas construyen con su guano. Si se escarba en ellos “salen cientos de vinchucas”. Las más pequeñas se meten entre las plumas de las aves y se esparcen por toda la ciudad. “Por suerte hay palomas, porque sino irían a buscar alimento en los seres humanos, perros u otros animales domésticos, les chuparían la sangre y seguirían infectando hasta el infinito”.

Según el especialista, el cambio climático ha producido migraciones de la enfermedad. “La vinchuca fue siempre asociada a un hábitat rural, hoy ya no es tan así. Hay casas de material con vinchucas que ingresaron por los caños de la luz que fueron mal tapados. El panorama de no actuar con programas sistemáticos y de lucha con varios frentes es catastrófico”. En la provincia de Buenos Aires hace rato que hay vinchucas. Allí la transmisión no es vectorial, sino por migración de personas que llegan infectadas de otras provincias endémicas y de países también endémicos como Bolivia. El gobierno de la Capital Federal desde hace un poco más de dos años trabaja para combatir esta enfermedad, que ha tomado por asalto su antes virgen territorio.

En el Fatala Chabén concurren anualmente unas 15 mil personas a hacerse test serológicos empujadas por diversas razones (laborales, con síntomas). La seropositividad ronda el 40 por ciento, pero entre los bolivianos que habitan la ciudad de Buenos Aires crece a 7 de cada diez personas.

 

La ciencia alerta

Un trabajo realizado diez años atrás por el doctor David Gorla, Director del CRILAR e Investigador Principal del CONICET, entre otros colegas, analiza el efecto de la temperatura sobre la distribución del Triatoma Infestans y el riesgo de transmisión vectorial de la enfermedad de Chagas en la Argentina. Los resultados, aunque se advierte que deben ser tomados con cuidado, son claros sobre las consecuencias de un eventual incremento de la temperatura de 2 a 4 grados centígrados, como consecuencia de un cambio climático global.

Según el estudio, las temperaturas históricas muestran que durante el invierno las poblaciones no crecen, excepto en Formosa. En los escenarios simulados, la distribución de la tasa de crecimiento poblacional durante el invierno no muestra mayores cambios, excepto una pequeña expansión del área en que las poblaciones pueden crecer para el caso de un incremento de 4 grados.

Para enero (verano), los datos históricos muestran que las poblaciones pueden crecer en prácticamente todo el país, excepto en el extremo sur patagónico, con un máximo valor para Formosa, oeste de Chaco, norte de Córdoba y este de Santiago del Estero.

En los escenarios simulados, el límite de distribución sur se desplaza hasta cubrir parte de Santa Cruz, pero muestra fuertes cambios en el potencial de crecimiento en la región central de Argentina.

La tasa de crecimiento anual calculada con los datos de las isotermas históricas muestra que las poblaciones de Triatoma no pueden persistir naturalmente en la región Patagónica, sur de Buenos Aires y suroeste de Mendoza, y presentan potencial de crecimiento máximo en Formosa, oeste de Chaco y este de Santiago del Estero.

Pero en los escenarios simulados, la región donde este podría persistir se desplaza hasta cubrir el norte de la región Patagónica, con un fuerte aumento del potencial de crecimiento en la región central y norte del país.

Según el modelo de cálculo usado, el máximo riesgo de transmisión vectorial para 1997 se presentaba en Formosa. Ese mismo valor de riesgo “pasaría a ocupar la mitad del territorio argentino si ocurriera un incremento de 4° C”.

 

De golpe

Eduardo vive en Salta capital, pero nació en Orán. A este hombre de piel oscura, producto de cientos de horas de trabajo bajo el sol, la enfermedad, como a tantos otros, lo tomó por sorpresa. “Nunca sentí nada, pero el año pasado empecé a sentirme muy mal. Pensé que era gripe y los médicos me decían que era normal, pero sentía ahogos en la noche, como si alguien me estuviera pisando el pecho, no podía respirar y me asustaba. Tampoco podía correr y a la noche me levantaba tres o cuatro veces, me agarraba el pecho y creía que me iba a morir porque no podía respirar. Pensaba que me iba a morir en la cama, rebuznaba como un burro”.

Hasta que dio con Zaindenberg, quien le hizo muchas preguntas y estudios y comprobó que tenía Chagas”. “Estoy con tratamiento ahora y me siento más tranquilo porque el doctor me dijo que no voy a pasar de largo”, recuerda. “Pero si me muero, tengo miedo porque tengo una hijita de dos años y capaz que tiene lo mismo, aunque me dijeron que no, que la infección es de madre a hijo y no de padre a hijo”.

Tiene seis hermanos y los médicos temen que también sufran el mal. La posibilidad es cierta. Su madre también es chagásica. Hasta los 16 años, Eduardo vivió en Orán, en una casa muy humilde con el entorno propicio para contraer la enfermedad. Por esa razón podría tratarse de un chagásico vectorial y no vertical.

A pesar de su poca instrucción, sabe que el mal que lo aqueja es grave (tiene una cardiopatía seria y avanzada) y que lo acompañará durante toda su vida. Insiste en que sus hermanos se hagan tratar como él “pero no sienten nada, capaz que cuando empiecen a sentir algo ya sea tarde”.

 

Deudas

En 2005 se reunieron en Córdoba todos los jefes de Chagas del país, se hizo un diagnostico de situación y se les pidió que elaboren planes de acción. Se dio forma a un Plan Trienal para toda la Argentina. Hubo tropiezos y dilaciones y el plan llegó finalmente a manos del ex ministro de Salud Ginés González García, quien promovió el llamado Programa Federal de Chagas. “Un engendro”, según Zaindenberg.

El calificativo responde a la superposición de tareas entre la Dirección de Epidemiología, de la cual depende la coordinación general del Control de vectores, y las subsecretarías que también trabajan sobre el tema. “El plan se desvirtuó porque hay un lío mayúsculo de actividades y funciones”.

El desastre llegó a niveles inconcebibles. Entre 2004 y 2005 no hubo medicación disponible y, por lo tanto, tampoco tratamientos. ¿La causa? El laboratorio Roche, que vendía la droga, dejó de hacerla y “hasta hubo que rever los vencimientos de algunas partidas para poder usarlas”, recuerda Ruiz.

Faltaron insumos, nafta para movilizar vehículos, y actualmente “el plantel de agentes sanitarios están al borde de la jubilación, están todos cerca de los 60 años”, alerta el experto. Entrenarlos para rociar viviendas con insecticidas no es fácil.

En las décadas de 1980 y 1990 se fumigaron unas 800 mil casas y bajó la prevalencia de la infección. Pero no hubo continuidad ni consistencia en las acciones y sólo se dieron algunas esporádicas, inútiles para atacar la enfermedad. Hasta que se mantuvo el servicio militar obligatorio, hubo un mejor control de la enfermedad, porque se analizaba a los conscriptos y en base a ello se pudieron hacer diagnósticos por zona de origen. Así, según Ruiz, en 1993 la prevalencia disminuyó en relación con los años ‘60.

En los últimos tres años hubo un intento de activar el Programa Federal de Chagas, con un aumento de presupuesto. Además, se lo incluyó en los llamados Fondos Esenciales de Salud Pública (recursos internacionales prioritarios para el país).

 

Excluidos del sistema

Ruiz no quiere hablar del Chagas como una enfermedad de la pobreza. Cree sí que va en paralelo con la pobreza, pero es un mal de la exclusión sanitaria. “La sufren quienes no están incluidos en el sistema”.

“Hay que tener en cuenta el componente de desarrollo territorial. Respetar las culturas sí, pero incluirlos en el sistema sanitario. Sacan a la gente de su hábitat natural y la llevan a otro desconocido, pero no están ni allá ni aquí. Por eso vemos en el Chaco tanta tuberculosis, leshmaniasis, desnutrición, lepra, chagas”, grafica.

Con urgencia- reclama- debe eliminarse la oferta del parásito en la naturaleza, con la detección precoz del infectado. “Sobre todo a los menores de 6 años y también a las embarazadas chagásicas para evitar la transmisión vertical”. También, controlar los bancos de sangre en las ciudades.

 

El hotel de las vinchucas

En Salta hay una alta prevalencia de Chagas en el norte, oeste y centro (zona Capital), pero el norteño departamento de Rivadavia (de 25 mil km2), que desde un aspecto ecológico pertenece al Chaco salteño, “es un hotel 5 estrellas para las vinchucas”, según metáfora de Zaindenberg.

En ese lugar prácticamente inaccesible y caluroso, con caminos de arcilla que se tornan intransitables con las lluvias que caen entre octubre y febrero, y que en la seca se vuelven de polvo, convive población criolla y aborigen. En el censo de 1999, el índice de necesidades básicas insatisfechas llegó al 80 por ciento.

Hay también mucho viento, que lleva a las vinchucas de un lugar a otro. Sus aguas están contaminadas con arsénico. El sustento es pobre: agricultura casera, chivos, chanchos, gallinas. La mayor parte de la gente vive de los planes sociales. Unos pocos trabajan en la policía, en el “hospitalito”, en las escuelas.

En la localidad de Salvador Mazza, pegada a Bolivia, hay otra situación de altísimo riesgo que por alguna razón es desconocida: la multirresistencia de la vinchuca al insecticida. De 100 viviendas monitoreadas, 99 están infestadas, un hecho inédito en América.

Se sabe que puede haber una resistencia natural, una incipiente y otra por fallas en el control (que es la más grave). Pero se ignora porque razón allí los vectores no mueren. En la zona suele recordarse un peligroso fracaso. Como el insecticida más popularizado (deltametrina) no hacía ni hace efecto, se echó mano al más antiguo, el que está compuesto por fosforados, de alta toxicidad para el hombre. Se pensó que funcionaría, en especial por su fuerte olor. No fue así. Tanto Zaindenberg como Ruiz suponen que allí ocurre lo mismo que con los antibióticos. Que habría “una resistencia adquirida por selección de la población”.

 

Otro tropiezo

Santiago del Estero es una provincia típicamente endémica, con una transmisión de la enfermedad mayormente vectorial. Según Zaindenberg, al asumir en 2005, el responsable del programa aseguró que no necesitaba ayuda de Nación para terminar con la infestación. Puso en marcha luego distintos experimentos, pero “desde el punto de vista sanitario, todo está descubierto en materia de Chagas. Hay normas escritas en el Plan Nacional. No hay que inventar nada”.

A fines de 2007 la misma persona lanzó un SOS desesperado para recibir colaboración y dar batalla al Chagas en los 25 distritos que lo sufren. Hasta el momento se desconoce el número de afectados. En la década del ´60 llegó a haber unos 200 casos agudos de Chagas vectorial.

Según los especialistas, en las demás provincias del país manejan el problema “como pueden”, merced “al apoyo político del gobierno que les tocó en suerte”.

 

Contra la costumbre

De acuerdo con los expertos, cambiar los hábitos familiares en zonas críticas es esencial. Muchas personas acumulan en sus casas bolsas, cueros, cajas, baúles, ropa vieja, que permanecen tiradas durante años en el mismo lugar y se transforman en nidos de vinchucas. Conviven con perros, gatos, gallinas, chanchos. Y en invierno se tapan con los perros por las bajas temperaturas.

Cuando estas personas piden a los agentes sanitarios que vayan a desinfectar es porque la situación no da para más: las vinchucas no los dejan dormir porque de noche se les caen sobre el cuerpo y les chupan la sangre. Suelen cambiar de casa pero llevan todo consigo y la historia se repite.

En Salta, el equipo de trabajo de Zaindenberg promueve el cambio de hábitos familiares a través de los chicos. Aprovechan la ascendencia de los maestros, porque en el campo “siguen teniendo tanto respeto e importancia como la palabra del cura y del médico”. Desde 2007, los maestros aprendieron cosas sencillas con cuadernillos caseros, con gente voluntaria que ayudó con ideas, dibujos infantiles. “Porque a nivel nacional no existía ningún material para trabajar contra la vinchuca en las escuelas”, revela Zaindenberg. “No había nada porque las prioridades estaban puestas en otras cosas”.

En esos cuadernos los chicos aprenden conceptos básicos, con figuritas alusivas que pintan y con juegos que asocian a la enfermedad. Se les enseña que una vez por mes “vamos con mamá y papá a mirar la casa, retirar ropas, mantas, sacudirlas, mirar debajo de la cama, detrás del ropero, limpiar muy bien toda la casa…”. A no dormir con el perro, ni tener las gallinas, gatos ni chivos dentro de la casa. Luego, los chicos lo replican en sus hogares.

“Es un trabajo difícil porque muchos padres lo aceptan pero otros no. No sabemos porqué”, explica el experto. Esas medidas simples constituyen un programa que no tiene antecedentes en el país.

La realidad es que se puede hacer un gran trabajo desde las escuelas, y hasta se pueden limpiar áreas infestadas y dejarlas libres de vinchucas “pero si no hay continuidad en los años siguientes con acciones de control, en tres años más volveremos a tener los nivel de infestación inicial”, advierte.

En lo que va del año se han hecho extracciones de sangre a unos 16 mil niños de menos de 15 años en la capital de Salta. Cerca del 1 por ciento dio positivo. Para Zaindenberg, los estudios deben extenderse a todos los chicos que viven en áreas endémicas, tengan síntomas o no, “porque podemos pensar, con razón, que en 30 o 40 años van a hacer cardiopatías asociadas al Chagas”.