Muchas Voces y Todos los Ecos en el Jardín –Identidad y Multiculturalismo


Por Ana Maria Machado


A continuación el texto pronunciado por la Escritora brasileña ganadora del premio Hans Christian Andersen, considerado el Nóbel Infantil, durante la primera sesión plenaria del 4ª Cumbre Mundial de los Medios para niños y Adolescentes, llevada a cabo durante los días 19 a 23 de abril en Rio de Janeiro.


Es un honor estar aquí abriendo las discusiones de un encuentro que examina las relaciones de los medios con los niños en el mundo de hoy. Estoy muy agradecida por la invitación. Mas sé perfectamente que lo que se espera de mí no es que encare esto como un homenaje y, sí, que acople el motor y dé la partida para un trabajo de alta calidad. Por lo tanto, que levante temas para debates, sin miedo de ser polémica y procure ofrecer algunas oportunidades de reflexión sobre la práctica de los medios contemporáneos y sus reflejos sobre los niños y adolescentes.


Para los que no me conocen, me presento. No soy exactamente especialista en estos temas. Fui periodista muchos años, trabajé para periódicos, revistas y radio, aquí en Brasil, en Francia e Inglaterra. Pero ahora mismo soy artista creadora, una escritora que viene contando historias para todas las edades en más de 100 libros, completando este año una trayectoria de 35 años de actividad constante. Es desde ese territorio que hablo, por lo tanto. Desde el ángulo de alguien que conoce por dentro una redacción y la forma como los medios trabajan en el día a día, pero, principalmente, a partir del punto de vista de quien dedica la vida a trabajar con textos, niños y adolescentes.


Insisto en señalar este punto de partida porque explica mi enfoque. No tengo la pretensión de señalar caminos. Hablo apenas a partir de mi experiencia, con una visión forzosamente personal. Y ese enfoque pasa por el arte y por la literatura, cosas que los medios procuran cada vez más apartar –lo que es bastante comprensible. A fin de cuentas, es propio de la creación artística constituirse en la expresión de una individualidad, de una subjetividad -muchas veces, de lo que es único, atípico, de una excepción.


Y los medios se enorgullecen de su racionalidad, de querer ser objetivos, medianos, comunes, globales –tanto en el lenguaje de los medios, accesible a todos e inmediato, como en los temas abordados y los puntos de vista con que son tratados. En otras palabras, los medios tienden a una homogenización creciente y reductora, mientras el camino del arte valoriza lo original, lo diferente, lo heterogéneo, lo otro. Uno busca fortalecer lo que muchos podemos tener en común. Otro procura preservar lo que cada cual tiene de único y diferente.


Y es innegable que el alcance de los medios puede ser mucho mayor y alcanzar más gente, contribuyendo así para distribuir la información y el conocimiento para el mundo, posibilitando la democratización de las sociedades, pero también es verdad que ese proceso será enteramente frustrado si no se garantiza la posibilidad de que muchas voces sean oídas y si no se sabe aceptar que esas voces diferentes puedan parecer disonantes. Disonantes e incluso desafinadas. No sólo en los temas que tratan, también en las luces que lanzan sobre ellos y lo que permiten en la sombra, en el ángulo que escogen para observar lo real y narrar lo que ven, pero sobre todo, en el lenguaje con que lo hacen.


Ése es el aspecto más enriquecedor de la convivencia de muchas voces. En el fondo, esa es una cuestión artística, de manifestación estética, de aceptación de elementos de ruptura y también de lenguaje simbólico de lo otro, de vocabulario y sintaxis ajenos. Unos medios que utilizan un lenguaje único para expresarse están ejerciendo, en la práctica, una forma de censura – lo que acostumbro llamar censura del sí, que no prohíbe pero sí obliga a aceptar sólo un modelo. Así mismo reducen cualquier intercambio cultural por la aceptación de patrones meramente técnicos, incluso cuando se escapan de lo francamente comercial.


Sin un espacio para la creación individualizada del arte no hay medios democráticos. Me gustaría que la memoria de esa observación guiara nuestras reflexiones en este momento. Ya he contado, en otras ocasiones, un episodio que trae un comentario ejemplar. Poco después del 11 de septiembre, el mundo entero, aturdido, asistió a una exigencia de las autoridades americanas que presionaban a Pakistán para que entregase inmediatamente sospechosos afganos que podrían estarse refugiando en campamentos de su territorio. El hijo de una conocida mía, de 9 años, escuchó esa información en un noticiero de televisión y comento que, con toda certeza, ese Bush nunca había leído las historias de las Mil y una Noches.


-Ni estuvo en un mercado oriental –dice la madre- porque sino, sabría que nada es así, nada tiene un precio predeterminado, todo tiene que ser regateado, negociado, en varias conversaciones en la que los dos lados van cediendo.


El niño, que nunca había viajado pero que tenía intimidad con el lenguaje simbólico oriental, también tenía razón. Si quien da el ultimátum hubiese leído aquellas historias de sultanes, califas y caravanas de mercaderes, sabría que nada se gana con pedir a un musulmán que desacate las leyes de la hospitalidad. Basado en su experiencia de lector, el niño recordó que, en las historias, toda vez que un viajante llega a un lugar extraño y pide abrigo es acogido con todos los honores. Y que cuando Morgiana descubre a los 40 ladrones escondidos en grandes barriles de aceite en el patio de la casa y se libra de ellos, la primera reacción de Alí Babá es pelear con ella, porque el jefe de la banda era huésped de la casa.


Ese niño lector tal vez tuviese más información sobre una cultura diferente que muchos adultos expuestos a los medios varias horas al día. Pero siendo así, no sé si en la mayoría de los países del Hemisferio Norte habría tenido acceso hoy en día a una lectura de obras provenientes de otras culturas, tal es la fuerza que conlleva homogeneizar todo para el mercado. En los Estados Unidos, por ejemplo, entre los cerca de 6000 nuevos títulos de libros infantiles publicados por año, menos del 1% fueron escritos originalmente en una lengua diferente al inglés. Y de esos, casi la totalidad fue escrita antes del siglo XX. No existe una mirada sobre lo otro –a no ser en las historietas o los dibujos animados que muestran el resto del mundo como "nativos" o gente de costumbres risibles, exquisitos en tanto bárbaros. Incluso en las excepciones de gran calidad –como documentales sobre otros países exhibidos en TV por suscripción- son, casi siempre, hechas por equipos de países ricos, con una mirada desde la metrópolis, por más que muchas veces parezcan solidarias.


Daniel Barsamian hace diez años ya llamaba la atención para el hecho de que ninguna universidad de país musulmán incluía una cátedra de estudios occidentales, porque no interesa mirar hacia lo otro. Imaginemos entonces una información de niños y adolescentes sobre lo que existe fuera de sus fronteras. Incluso en Europa, donde las culturas son un poco más abiertas, el panorama no es muy diferente en lo que se refiere a la producción cultural dirigida a los niños. El norte tiende a cerrase para todo el sur de un modo general y así mismo para lo que es mediterráneo y latino. De hecho, basta ver cómo la percepción general de la latinidad es desfigurada. Se confunde América Latina con América española, a tal punto que varias universidades extranjeras consideradas de primera línea, en sus departamentos de América Latina no tienen profesores que lean portugués ni incluyen Brasil en sus estudios.


Y el sentido común de lo que es latino (y que cotidianamente es transmitido a los niños) no recuerda a la latinidad como el resultado de la disolución del Imperio Romano y la presenta con clichés de pobreza, ignorancia y alegría irresponsable. No asocia a esa cultura con nombres como Leonardo da Vinci o Napoleón, hechos como el descubrimiento de la radioactividad o los vuelos del Concorde, sólo apenas una vaga "tierra de mañana" donde bigotudos indolentes duermen al sol junto a un cactus.


Ideas de superioridad cultural y etnocentrismo se disfrazan y sobreviven de modo muy fuerte en diferentes sociedades. Igual cuando, aparentemente, hay intereses por otra cultura, la actitud casi siempre es de paternalismo o de valoración de lo exótico. Cuando no recae simplemente en compartir el correcto orden…


Alguna vez estuve en una Feria internacional del Libro Infantil en los alrededores de París en la que el tradicional país homenajeado de aquel año fue más que un continente: toda América Latina y el Caribe. Y en las innumerables mesas redondas, lecturas y sesiones culturales se sucedían los autores europeos que habían escrito sobre nosotros. Una única mesa dedicó sus 50 minutos a escucharnos, reuniendo una autora argentina, de los más contemporáneos (Graciela Montes), un chileno, un mexicano y yo –detrás, claro, de dos periodistas franceses que habían estado viajando por estas tierras. Ese reducido tiempo compartido entre tantos y un intérprete, sin embargo, no sirvió para que el público tuviese la oportunidad de conocer la obra de ninguno de nosotros o tener una visión panorámica de nuestras literaturas. Como si nuestra producción no mereciese al menos la atención para poder ser mostrada o discutida, el tema de la mesa redonda fue sobre todo político, social y económico –sobre los chicos de la calle. Algo equivalente a que trajésemos a una Bienal en Rio o Sao Pablo cuatro grandes romanticistas europeos y diésemos a cada uno apenas algunos minutos, pidiendo que todos discutieran sobre, por ejemplo, el tratamineto de los inmigrantes en Europa.


Nadie nace con un preconcepto. Este se adquiere, poco a poco, inculcado por la sociedad. Es cultural, no es natural. El crítico francés Roland Barthes cierta vez llamo la atención para el hecho de que la ideología que transmite tiene su canal privilegiado en las producciones estereotipadas. El estereotipo inyecta preconceptos en los corazones y en las mentes. Y pocas áreas culturales están tan llenas de estereotipos como todo lo que es transmitido por los medios, o lo que es distribuido a niños y adolescentes. Siempre con las disculpas de la necesidad de simplificación y de la intención educativa. Esa es la premisa que debe ser abandonada.


Toda vez que los medios se limitan a repetir y reproducir productos estereotipados (en ficción, en las imágenes de la cobertura periodística), y rechaza los productos culturales que trazan visiones y lenguajes diferentes, está forzando actitudes y comportamientos prejuiciosos futuros, principalmente cuando son dirigidos a niños y adolescentes. En términos de la teoría de la comunicación, podríamos decir que, entre más redundante el mensaje, (más estereotipado, por lo tanto), más prejuiciado será, más cargado ideológicamente en el mantenimiento de clichés. Y viceversa, cuanto mayor sea la carga de información, más nueva, más inesperada… menos conformista será, menos prejuiciosa. Una vez más, vale recordar algo que estoy diciendo con otras palabras: los medios buscan la homogeneidad y tienden a la hegemonía y al monopolio. Es natural, y propio de su carácter, pues buscan una distribución y un consumo masivo, grandes números, gusto medio, consumo uniformizado que permita economía de gran escala y abaratamiento de costos.


Para que no se convierta en un instrumento de reducción de las diferencias, sería necesario abrir brechas para la cultura creadora individualizada. Para que se proteja el derecho de expresión de los diferentes, sería preciso hacer un esfuerzo consiente para garantizar oportunidades de transmisión, distribución y consumo de lo que es producido en la periferia. Quien estuviera realmente preocupado con eso en relación con los niños, debe tener cuidado de mantenerse informado sobre esas producciones aparentemente marginales y asegurar condiciones para que ellas puedan –al menos mínimamente- filtrarse en dirección al público. Tener una actitud curiosa y respetuosa para con filmes, historias, libros, documentales, entrevistas, videos, canciones generadas en otra cultura –y hoy en día hay tantos, de tan buena calidad… Reservar espacio para abrigar la invención y apostar a la creación artística.


Ya que no es posible desmontar la inmensa máquina concentradora de los medios, que se procure al menos aprovechar las oportunidades que ella permite, y ampliarlas para disminuir lo que Edward Said bien resumió como "patrón abarcador de dominación, desenvuelto por una cultura fuertemente centralizadora en una compleja economía incorporadora". Si se observa por esas brechas se escucha la voz del otro y se intenta entenderlo.


Doy otro ejemplo. Para gran parte del mundo, si hay elecciones en una república y un candidato tiene más votos que el otro, él es el vencedor. Sin duda. Después de lo que aconteció en la Florida en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, el mundo hizo un esfuerzo para entender que en algunos países puede no ser necesariamente así. Pero ese país tiene unos medios fuertes para transmitir su explicación de lo que a los otros parecía un mal entendido inexplicable: que los menos pueden ser más. Es fundamental, en nombre de la humanidad, que otros países tengan también oportunidades semejantes, de explicar cómo funcionan sus instituciones y su cultura, con sus propias palabras, en el ámbito internacional.


Lo mismo también sucede a nivel interno de cada sociedad. Que voces diferentes sean escuchadas, realidades diversas sean mostradas. En Brasil hemos asistido últimamente a una extraordinaria revelación de nuevas visiones en el cine, en la explosión de documentales. En la música, que siempre fue muy fuerte en el país, ahora sectores periféricos toman la escena, en un fenómeno interesante de reelaboración de influencias externas y en los medios intencionales, a tal punto que esos sectores, antes silenciados y marginales, corren el riesgo de ocupar todos los espacios y absorber a los otros.


A esta altura, quiero también introducir otro elemento en la discusión y debatir un poco más estrechamente la noción de multiculturalismo. Porque percibo que, muchas veces, usamos la palabra en Brasil con un significado que para nosotros es obvio, mas no es exactamente ese el sentido que ella tiene en otros países. Y me parece conveniente que como punto de partida, en un encuentro en el que esos conceptos estarán a todo momento siendo referidos, tratemos de deshacer posibles equívocos generadores de mal entendidos.


Para nosotros, hablar de multiculturalismo tiene que ver con la convivencia de muchas culturas mezcladas. En otros lugares, no siempre es así ni casi nunca es así. Por el contrario, lo que se defiende con ese término, en general, es el respeto y la coexistencia de varias culturas que no se mezclan. De esa forma, se refuerza la idea de que cada cultura que hace parte de una sociedad debe expresarse aisladamente y debe garantizar el respeto de esa compartimentación.


No voy a entrar aquí en el debate de cuál debe ser el mejor sentido para ese término o la mejor actitud para la convivencia entre esas culturas diferentes. Quiero sólo llamar la atención para esos dos sentidos, luego del inicio de nuestro trabajo, para que no se use un mismo término con sentidos distintos. Tal vez fuera preferible llamar "interculturalismo" a esa interrelación, o de "pluriculturalismo" de nuestra esencia brasilera, que diferentes artistas también han llamado "antropofagia cultural" (termino de los modernistas de 1922) o "jalea general brasilera" (término de los tropicalistas de 1968). Consiste en dejar venir lo que viene, la llamada "mistura-e-manda". Ahí la gente traga todo, deglute, digiere, crea un nuevo tejido y la transforma en carne propia, adquiere nuevas energías.


Tal proceso cultural ha sido expresamente defendido en nuestra sociedad por artistas y pensadores. El reconocimiento de su existencia y funcionamiento es fundamental para comprender quiénes somos y cómo somos. Nuestra identidad es ser plural –pero mezcla plural, no plural segregado en compartimentos estáticos. Sólo una mirada que incorpore eso puede entender la religiosidad brasilera, por ejemplo, con sus santos, mestizos, viejos negros fundidos en tal sincretismo que en ocasiones resulta difícil decir dónde acaba lo africano y comienza lo europeo o lo indígena. O nuestra música. O la lengua que hablamos. O la forma más popular de comida hoy en día en nuestras ciudades – la comida a kilo, donde espaguetis conviven con suchi y fríjol en el mismo plato y al mismo precio.

Y puede ser que este sea para mí un buen momento para traer un cierto aval académico y compartir un poco la palabra con algunos de nuestros pensadores sobre la cuestión cultural, que están lanzando una mirada sobre esos temas de identidad y pluralidad de culturas.


Podemos partir, por ejemplo, de las palabras de un antropólogo contemporáneo, Hermano Vianna: "La diversidad es una de las principales características de la cultura brasilera, causa imprescindible de nuestra riqueza cultural".

También Sergio Buarque de Holanda, uno de los más notables pensadores que ayudaran a formular nuestro concepto básico de identidad nacional, comenta que la cultura portu-brasilera se distingue y es reverenciada "precisamente por sus cualidades universalistas, por su capacidad de acoger formas disonantes, acomodándose a ellas o acomodándolas sin perder su carácter". Otro sociólogo, Gilberto Freyre, siempre señaló esas características, mostrando la tendencia portuguesa de disolverse en otros pueblos a punto de parecer perderse en las culturas extrañas, y enfatizando cómo la cultura portuguesa, ya permeable y asimiladora por sí misma, en Brasil también acentúa esos trazos y se torna "plural y abierta a otras culturas".


Incluso con las reservas y correcciones que tales ideas pueden exigir, cuando aplicadas a aspectos más amplios de la sociedad, como las clases sociales o las relaciones raciales, tal concepción permanece innegablemente en lo que se refiere a la cultura de nuestro país, y ha sido reiterada, desarrollada y perfeccionada por pensadores contemporáneos de todos los matices.


El crítico Eduardo Portela, hace poco tiempo, llamaba la atención por el hecho de que aquello que identifica el proyecto cultural brasilero es una red de relaciones inesperadas –no sólo de las grandes líneas culturales, también de las microtecnologías de la vida cotidiana- y la grandeza del sociólogo Gilberto Freyre estuvo justamente en saber ser un pensador relacional capaz de entender la naturaleza pluricultural e intercultural del Brasil real, y de la diversidad cultural basilera. Más que eso, en un brillante análisis, Portela recuerda cómo el elogio de la diferencia, en la obra de Freyre, trae el sobresaliente reconocimiento implícito de cada uno ser "lo otro", sin que con eso la diferencia sea congénitamente disociativa o segregacionista, y sin que el diferencialismo sea predador.


De esa forma, "se torna evidente que los procesos emancipatorios solamente son llevados a buen término con una comprensión precisa de las diferencias inmunes al particularismo y a la uniformación de la uniformización". Esa negativa a vivir la diferencia como fragmentación y el deseo de incorporarla como amalgama es muy característico de la cultura brasilera y, para algunos, tal vez sea la principal contribución que podemos dar al mundo. Estudios de otros sociólogos (como Francisco Weffort, por ejemplo) ya acentuaban cómo nuestra sociedad, tan excluyente desde el punto de vista social, tiende a ser muy incluyente desde el punto de vista cultural. Más que eso, no limitándose apenas a presentar esa tendencia, vive ese ideal como punto de referencia, modelo a ser alcanzado. Aunque en la práctica no siempre se consiga, por lo menos tiene el deseo consciente de ser así y de llegar a transformar ese deseo ideal en uno de sus mitos. En un estudio de historia social y económica, esos ideales así formulados pueden también ser corregidos por el análisis de la práctica verdadera – y varios estudiosos han apuntado los rumbos de algunas posibles correcciones; Florestan Fernández, Raimundo Faoro, Antônio Cândido son apenas algunos de ellos. Pero en un examen de la cultura, vale enfatizar que la propia constitución de esa mitología nacional es significativa: podemos no ser tan bellamente integrados, pero es eso lo que soñamos, es así que nos queremos imaginar.


Ese es el aspecto que es interesante señalar y tener siempre en mente cuando oímos hablar de multiculturalismo en Brasil. Se trata de un pluriculturalismo integrador, de un interculturalismo, jamás de una construcción en que coexista una cultura hegemónica con varias minoritarias fragmentadas y llenas de barreras entre sí. En nuestra identidad, construida a lo largo de cinco siglos, hay una búsqueda natural de confluencias, asimilaciones, relaciones variadas, una aceptación tradicional de sistemas de red, de esto y aquello y más aquello, en vez de esto o aquello.


En un momento en que la tecnología contemporánea llega con fuerza, haciendo converger para un único medio todos los mensajes, y los intereses de esos procesos se confunden con los del capital, la industria cultural y la infraestructura de telecomunicaciones; pasa a ser entonces más fundamental pensar en la valorización y defensa de las voces múltiples e individuales. De ahí la importancia fundamental de una reflexión urgente sobre la reglamentación de lo que se está llamando "convergencia digital" –como pedía recientemente el científico jefe de CESAR (Centro de Estudos e Sistemas Avançados do Recife) Silvio Meira. Nuestro desafío es garantizar mecanismos que protejan contra la masificación de la cultura, tal vez de forma análoga a como muchas sociedades tienen que hacer en economía, implantando una legislación antimonopolística, para garantizar los derechos de todos. Y, en mi opinión, esa preocupación deberá necesariamente pasar por un reconocimiento del papel de la cultura creadora –aquella que Alfredo Bosi ya caracterizó como siendo la única que consigue amorosamente hacer el puente entre la cultura erudita y la popular, la expresión individual y la cultura de masas.


En mi opinión, la fuente de esa cultura creadora tal vez sea la única salida fecunda. Con certeza, es la confianza en ella que no me deja ser apocalíptica al creer en una cultura de resistencia, incluso en una sociedad de cultura de masas. Las nuevas tecnologías multiplican las posibilidades individuales. Todos reconocen cuánto ellas aumentan la capilaridad para el consumo, alcanzando a los individuos en una escala nunca vista antes en la historia. Si la educación y los profesionales de los medios supieran estar atentos para aprovechar también el potencial de producción que esa capilaridad puede ofrecer, tendríamos una cantidad inédita de elementos creativos e innovadores. Los dictadores ya notaron esa fuerza y procuran limitar el uso de Internet, de forma que ganan. Usarla con responsabilidad y conciencia es también un acto de solidaridad y fraternidad.


A pesar del poder homogeneizante de los medios, la creación es un fenómeno individual. Pero se puede sumar al de otros individuos. En el caso brasilero (que me sirve de ejemplo por ser lo que más conozco, y pido disculpas) esa creación cultural colectiva todavía es razonablemente independiente de los medios en este momento, aunque los busque para legitimarse. Pero de alguna forma, se niega a ser de masas e insiste en ser del pueblo. Nuestra lengua refleja esto, cuando llamamos cultura popular a lo que está ligado a la creación del pueblo, de la población. En inglés, esa idea fue el pueblo, lo folklórico, mientras que lo pop (que sería la abreviación de popular culture) se define por el consumo popular, no por la creación.


Pocos ejemplos son tan elocuentes como el carnaval, renaciendo siempre. Retorna y me parece que un sector de esa manifestación sobresale demasiado para la vista del público, llama más la atención, y corre el riesgo de la homogenización mediática, se transforma en algo para uso externo, para que el turista lo vea. Inevitablemente en ese momento brotan y se destacan formas que estaban en segundo plano, que se anticipan y ocupan su espacio masificador y trasgresor. En general, nacen de la contaminación de culturas diferentes, sumando influencias externas, vestigios arcaizantes, elementos culturales eruditos y populares, extranjeros o regionales –generando una producción nueva, inédita, original. De esa dinámica intercultural surgen manifestaciones que refuerzan la identidad colectiva. Los bailes con desfiles de fantasía (que hace pocas décadas ocupaban los medios y el imaginario) cedieron el turno a las escuelas de zamba, éstas ahora están restringidas al sambódromo mientras muchedumbres y bandas se toman las calles cariocas, tríos se propagan por las plazas y laderas de la bahía. Al mismo tiempo, marchas, saltimbanquis, carnavales y banqueros con muñecos gigantes se toman los puentes y las avenidas de Recife. Enmascarados, clodoveos, partidos de fútbol; brotan por toda parte, el país se sorprende a todo instante con la fuerza local de mela-melas y cuadras de obscenidad, balnearios de mar para la fantasía y sosiego de la multitud. Y pienso en la tremenda dificultad que tendrán los traductores para intentar pasar todos estos matices a nuestros invitados extranjeros. Al final, se trata de elementos tan intrínsecos a nuestra identidad como las famosas decenas de palabras que los esquimales usan para referirse a su percepción de la nieve. Probablemente no es coincidencia que algunas expresiones cuyo uso la lengua asocia al carnaval tengan que ver con la identidad, de forma tan directa. De la pregunta a los enmascarados ("¿quién es usted?") al grito del director de zamba que se anuncia en Sapucaí ( "hey aquí estamos, mi gente…")


Me resta, por lo tanto, decir alguna cosa acerca de la identidad, antes de terminar estas palabras. Comienzo con una cita tal vez algo larga, pero auto-explicativa, del romanticista y ensayista Amin Maalouf, sobre su identidad:


"A los que preguntan, les explico con paciencia que nací en Líbano y allá viví hasta mis 27 años, que mi lengua materna es el árabe, que fue en traducción al árabe que leí a Dumas, Dickens y los Viajes de Gulliver, y que fue en mi aldea natal, la aldea de mis antepasados, donde experimenté los placeres de la infancia y oí algunas de las historias que más tarde inspirarían mis novelas. ¿Cómo podría olvidar esto? ¿Cómo puedo dejarlo de lado? Por otra parte, viví 22 años pisando el suelo de Francia, bebiendo su agua y su vino; todos los días mis manos tocaban sus piedras antiguas, escribo mis libros en su lengua, imposible considerarlo un país extranjero. ¿Seré medio francés y medio libanés? Claro que no. La identidad no cabe en compartimentos. No puede ser dividida en mitades, terceras partes o segmentos separados. No tengo varias identidades, tengo una sola, hecha de muchos componentes combinados, en una mezcla que es única, como para cada individuo.


Algunas veces, después de explicar eso detalladamente, alguien pregunta (…) "¿Pero cómo se siente usted, en el fondo?" Durante algún tiempo, echaba en gracia la pregunta, siempre repetida. Pero ya no me hace sonreír más, no tiene la menor gracia. Parece reflejar una visión de la humanidad bastante común, pero muy peligrosa. Como si hubiese alguna pertenencia fundamental, una esencia inmutable y que se tuviese que "asumir una identidad para ser restregada orgullosamente en la cara de los demás".


Y cierro con una remembranza de otro intelectual notable que ya cité aquí y también se dedicó a examinar estas cuestiones. Un profesor de literatura de la Universidad de Columbia, activista de paz, ciudadano americano nacido en Palestina y de ella expulsado en la pre-adolescencia con su familia cristiana cuando se creó el estado de Israel. Formado en el Cairo, post-graduado en Princenton, Doctor por Harvard, apasionado por la literatura, humanista completo, muerto hace pocos meses después de una larga lucha contra la leucemia – y lloré profundamente su pérdida, cuando supe la noticia, sola en un hotel de Suecia, la misma ciudad en que lo conocí muchos años antes… Porque Edward Said va a hacer mucha falta en este mundo insensato. Quiero recordarlo con algunas de las palabras del párrafo final de su libro Cultura e Imperialismo:


"Hoy en día, nadie es una cosa sola (…) El imperialismo consolidó la mezcla de culturas e identidades en una escala global. Pero su peor y más paradójico legado fue permitir que las personas creyeran que eran sólo, sobre todo, exclusivamente blancas, negras, occidentales u orientales. Sin embargo, así como los seres humanos hacen su propia historia, hacen también sus culturas e identidades étnicas. No se puede negar la continuidad duradera de largas tradiciones, de moradas constantes, idiomas nacionales y geografías culturales, pero parece no existir ninguna razón, excepto el miedo y el prejuicio, para continuar insistiendo en la separación y distinción entre ellos, como si toda la existencia humana se redujera a eso. La sobrevivencia, de hecho, está en la conexión entre las cosas. En los términos del poeta T.S. Eliot, la realidad no puede ser privada de "otros ecos (que) habitan el jardín".


Fuente

Página web de la 4ª Cumbre Mundial de Medios para la Infancia y la Adolescencia.(Haga click aquí para ver el documento en portugués).

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