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Tendencias y patrones de la migración internacional en América Latina y el Caribe

Tendencias y patrones de la migración internacional en América Latina y el Caribe




Por: Miguel Villa y Jorge Martínez Pizarro


(CEPAL/CELADE)


Presentación

La generación de conocimiento para explicar la migración y diseñar políticas exige datos apropiados, relevantes y oportunos. Las limitaciones que afectan a otras fuentes hacen que los censos de población sean el principal recurso disponible para enfrentar aquellas exigencias en la región. El Proyecto IMILA (Investigación de la Migración Internacional en Latinoamérica) del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), División de Población, reúne datos recabados por los censos nacionales que posibilitan cuantificar la migración y caracterizar a los migrantes. No obstante su utilidad, esta información adolece de restricciones, pues los datos se refieren sólo a los stocks acumulados de migrantes y no a los flujos; tampoco permiten identificar con claridad a los migrantes indocumentados ni a los que se desplazan temporalmente.


Los datos del Proyecto IMILA permiten identificar tres grandes patrones migratorios. El primero corresponde a la inmigración de ultramar hacia América Latina, cuya intensidad declinó durante los últimos decenios: la no renovación de las corrientes, los movimientos de retorno y los efectos de la mortalidad han reducido los stocks de inmigrantes. Un segundo patrón es el de la migración intrarregional, alimentada por factores estructurales —desigualdades de desarrollo económico y social— y coyunturales; el stock de estos migrantes se duplicó en los años setenta, tendiendo posteriormente a estabilizarse.Argentina y Venezuela, en América del Sur, y Costa Rica, en Centroamérica, han sido los principales países de destino de esta migración; en el Caribe se observa una intensa circulación de personas entre los países insulares. El tercer patrón es el de la emigración de latinoamericanos y caribeños cuyo principal destino es los Estados Unidos, donde el stock de inmigrantes latinoamericanos y caribeños se duplicó entre 1980 y 1990.


El examen de la información disponible en el Proyecto IMILA pone en evidencia la marcada heterogeneidad de las características de los migrantes y sugiere que los factores asociados a la migración han adquirido una creciente complejidad. En este documento sólo se analiza la composición de la migración según género y a la participación de personal calificado. Con relación a las repercusiones generales de la migración se establece un contrapunto entre efectos de signo opuesto a escala estructural e individual.


La sección final del documento incluye algunas reflexiones especulativas sobre las tendencias de la migración en el contexto socioeconómico contemporáneo. Una somera exploración de las relaciones entre la migración y las tendencias del desarrollo permite destacar las potencialidades que deparan los esfuerzos en favor de un esquema de regionalismo abierto y de integración en el ámbito más amplio de la globalización. Se enfatiza que las políticas en materia de migración requieren establecer concertaciones a escala internacional. Además, se indica que tales políticas ganarán en efectividad y eficacia si son concebidas como componentes de las estrategias de desarrollo.


1. Debilidades y potencialidades de la información existente

Los complejos problemas de la "indocumentación". La migración internacional constituye uno de los factores de mayor importancia en la explicación de como evolucionaron las sociedades de América Latina y el Caribe. Más allá de la profundidad de sus raíces de merecido reconocimiento en la historia¾ la persistencia y los sucesivos cambios de la migración no parecen haber encontrado una dedicación igualmente sostenida entre los decisores públicos de la región. El tema emerge a la luz cada cierto tiempo y como respuesta a la percepción de que alguno de sus efectos o características está configurando un problema de relevancia social. Así, con una frecuencia cada vez mayor, se alzan voces para expresar aspiraciones o visiones críticas sobre el tipo de inmigrantes que cabe estimular, aceptar o rechazar; ello suele conllevar el diseño o la reformulación de las normas que rigen los desplazamientos de personas a través de las fronteras.


La pérdida de recursos humanos calificados, la conformación de redes sociales y el papel de las remesas se encuentran entre los elementos que despiertan interés por la emigración. Diversos episodios, a menudo dramáticos, de poblaciones desplazadas en forma forzosa a raíz de convulsiones sociopolíticas contribuyen a reavivar la preocupación por la migración y sus repercusiones sobre el desarrollo.


Sin embargo, el conocimiento científico ¾como las acciones que de él se deriven¾ no puede construirse sólo sobre la base de percepciones, aspiraciones, inquietudes y preocupaciones, en especial si no tienen un claro sustento empírico. La ausencia de fundamento sólido inhibe el examen riguroso de los comportamientos y tendencias, la predicción de cambios y la evaluación de las consecuencias de la migración internacional.


La falta de información apropiada, oportuna y relevante que conspira en contra del conocimiento de la migración internacional y de la posibilidad de actuar sobre ella¾ se origina principalmente en las limitaciones de las fuentes de datos, que configuran la esencia de la "indocumentación" en este campo. Como se reconoce en un documento de la División de Población de las Naciones Unidas, "…en todos los debates sobre la migración internacional hay tres denominadores comunes: la falta de datos sobre la migración, la falta de una teoría coherente que explique la migración internacional y una comprensión muy inadecuada de la compleja relación entre la migración y el desarrollo" (Naciones Unidas, 1997, p.8).


Si bien en la mayoría de los países de la región se dispone de registros de entradas y salidas por sus puertos internacionales, los problemas de esta fuente son serios. Como el propósito de estos registros es dejar constancia de los cruces de frontera, que suelen ser muy numerosos, la identificación de los migrantes propiamente tales se convierte en una tarea difícil; la cobertura de entradas y salidas suele diferir entre los diversos lugares de control; los antecedentes recabados de las personas que ingresan o egresan de los países son escasos y presentan un reducido potencial analítico; los datos recopilados no siempre son procesados de manera adecuada y, cuando ello ocurre, su publicación sufre retrasos.


Además, y pese a los esfuerzos por establecer criterios comparables, las modalidades de registro de entradas y salidas no son similares entre los países. Las limitaciones que afectan a otras inscripciones administrativas —como las referidas a pasaportes, visados, extranjeros presentes o permisos de trabajo— no son menores.


Una iniciativa de cooperación regional: el Proyecto IMILA. A raíz de las agudas deficiencias de las fuentes alternativas, llos censos nacionales de población son la principal vertiente de información para el estudio de la migración internacional. Dadas su universalidad y la amplia gama de datos demográficos y socioeconómicos que reúne, el censo de población presenta ventajas todavía insustituibles. Con todo, la información censal de un país no se presta para estimar —por lo menos de modo directo— la emigración de los nativos de un país. Es aquí donde estriba el mérito del Proyecto de Investigación de la Migración Internacional en Latinoamérica (IMILA) puesto que, gracias al intercambio de información entre países, permite organizar los datos sobre la población empadronada en los censos de países diferentes al de su nacimiento.[1]


En su expresión más simple, el Proyecto IMILA permite la construcción de una típica matriz de origen y destino de los migrantes entre países. La calidad migratoria se especifica ¾dependiendo de las preguntas contenidas en los censos nacionales¾ según el lugar de nacimiento de las personas, el año de llegada al país y el lugar de residencia en una fecha previa a la del censo. Merced a la combinación de los datos disponibles, los países pueden disponer de diversas estimaciones sobre inmigración y emigración. Así, las personas registradas como inmigrantes en el censo de un país serán también emigrantes en sus países de origen. Si la información sobre migración se obtiene mediante la pregunta sobre el lugar de nacimiento, se asumirá que el fenómeno ocurrió una sola vez a lo largo de la vida de los individuos; en cambio, si se dispone de la pregunta sobre el año de llegada al país ¾o de aquella relativa al lugar de residencia en una fecha fija anterior al censo¾ la migración podrá estudiarse por períodos.


Cuando los datos censales sobre períodos de migración se refieren a toda la población empadronada, es posible calcular la inmigración de nativos del país que (por haber residido en el exterior) alguna vez fueron emigrantes; esta migración de retorno se obtiene identificando los nativos según el año de llegada o el país de residencia en una fecha fija anterior a la del censo. La emigración de personas nacidas en el exterior (inmigrantes) puede estimarse comparando los datos sobre el país de nacimiento en dos censos sucesivos y descontando los efectos de la mortalidad (mediante el uso de relaciones de supervivencia) y de la inmigración de extranjeros en el período intercensal.


En procura de propiciar una utilización más intensa del caudal de información suministrado por los censos, los organismos nacionales de estadística entregan al CELADE los registros de personas nacidas en el extranjero.[2] Con ellos se generan tabulados especiales, incluyendo características biodemográficas (sexo, edad, fecundidad, mortalidad infantil) y sociodemográficas (estado civil, educación e inserción laboral) de tales personas. Además de proporcionar insumos para preparar proyecciones de población, la información del banco de datos del Proyecto IMILA se utiliza en numerosos estudios sobre la migración internacional latinoamericana, que abordan tanto los posibles factores determinantes como las eventuales consecuencias de la migración (CELADE, 1999; Martínez, 2000, 1997 y 1992; Pellegrino, 2000, 1995 y 1993).[3]


Los límites posibles con los datos de IMILA

La información reunida en el banco de datos del Proyecto IMILA tiene limitaciones, inherentes a la naturaleza de la fuente básica. En primer lugar, muchos censos presentan omisiones diferenciales en cantidad y calidad entre el total de la población y los migrantes internacionales. En países que tienen proporciones elevadas de migrantes indocumentados (o en aquellos donde los extranjeros perciben riesgos de discriminación), es posible que algunos eludan el empadronamiento o se declaren nativos o transeúntes (Jaspers-Faijer, 1987). Esa omisión tenderá a ser más frecuente entre los que no pertenecen a un hogar, como sucede con los inmigrantes que dejan tras de sí a su familia.


Un segundo tipo de limitación se refiere a la comparabilidad de los datos a escala internacional. Además de las diferentes interpretaciones del concepto de residencia entre los censos de facto y de jure ¾y de los distintos grados de cobertura de la población¾ las boletas censales de los países no siempre incluyen las mismas preguntas. Ello incide tanto en la especificación del concepto operativo de migración (que exige elementos de referencia temporales) como en la evaluación de las características demográficas y socioeconómicas de las personas. También es sabido que la periodicidad de las operaciones censales no obedece a un calendario regular sino que cada país las realiza en fechas diferentes.


Un tercer orden de limitaciones de los datos censales es de índole metodológica y conceptual. Todo censo empadrona la población existente en un país en un momento dado y, por lo mismo, sólo brinda una imagen del stock de migrantes acumulados hasta aquel momento. Tal stock comprende únicamente al número de migrantes sobrevivientes y también a los que no volvieron a migrar antes de la fecha del censo, y no a las migraciones ocurridas a lo largo del tiempo (Pellegrino, 2000), implicando que se pierde de vista la condición de proceso que tiene la migración internacional. Tal restricción hace que el censo sea un instrumento inapropiado para registrar la movilidad estacional y cíclica de las personas y que dificulta la identificación de los desplazamientos coyunturales. El hecho de que no sea posible identificar a las personas que participan en estos movimientos de corta duración representa un obstáculo importante en una época de creciente apertura económica internacional e integración de mercados y en la que adquieren fuerza los estilos de flexibilidad laboral (puesta en evidencia por las diversas formas de segmentación temporal en la utilización de la mano de obra).


No obstante las limitaciones señaladas, el Proyecto IMILA es, sin duda, una iniciativa de gran importancia para lograr un conocimiento aproximado de la migración internacional de los latinoamericanos. Algunas de esas limitaciones podrán superarse a medida que progresen las metodologías y prácticas censales de los países y otras restricciones como las relativas a aspectos particulares de la migración o a sus rasgos específicos a escala local puedan enfrentarse mediante estrategias de investigación que complementen el tipo de información reunida por dicho Proyecto. También es posible confrontar las estimaciones directas que se obtienen de los datos de IMILA con las que se deducen de procedimientos indirectos, como los diseñados para cuantificar la emigración mediante preguntas sobre el lugar de residencia de parientes. El Proyecto IMILA es, entonces, una valiosa experiencia de cooperación regional que puede constituirse en un punto de partida sólido para propiciar la formación de sistemas de observación permanente de la migración.


2. Grandes patrones del mapa migratorio de la población de la región

Una revisión de las tendencias de la migración internacional registradas en América Latina y el Caribe a lo largo de la segunda mitad del siglo XX permite identificar tres grandes patrones: la inmigración de ultramar, la migración intrarregional y la emigración hacia el exterior. No obstante su coexistencia, la importancia relativa y las características de estos patrones han variado con el curso del tiempo.


La inmigración de ultramar

En el período comprendido entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX la inmigración de ultramar fue bastante intensa, aunque fluctuante, y ejerció una decisiva incidencia, cuantitativa y cualitativa, en la configuración de varias sociedades nacionales de la región, especialmente en los países de la vertiente atlántica, que poseían condiciones favorables para la inserción social y económica de personas migrantes que, en su mayoría, venían del sur de Europa. La inmigración europea se relacionó estrechamente con las zonas más integradas a los circuitos económicos internacionales que, amén de disponer de "espacios vacíos", experimentaron un rápido proceso de modernización productiva (Pellegrino, 2000); la expansión económica de estas zonas posibilitó la generación de puestos de trabajo y salarios superiores a los imperantes en los países de Europa meridional, hecho que contribuyó a una rápida movilidad social ascendente.


Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, Europa fue escenario de una vigorosa transformación económica, que comenzó en las naciones del norte y occidente y que más tarde se extendió al amparo de los mecanismos de integración a los países del sur de ese continente. Tales cambios contribuyeron a afianzar la retención de población en su origen. De modo concomitante se fue ensanchando la distancia entre el grado de desarrollo socioeconómico de las naciones europeas y el de los países de América Latina y el Caribe. Todo ello redundó en una disminución sustancial de las corrientes migratorias destinadas a esta región a la vez que sirvió de estímulo a la migración de retorno al viejo continente.


A contar de los años sesenta y en virtud de la escasa renovación de los flujos, los inmigrantes de fuera de la región sufrieron un sostenido envejecimiento; en este contexto, la mortalidad y la migración de retorno resultaron en una gradual merma del stock de aquellos inmigrantes, que disminuyó de unos cuatro millones de personas en 1970 a menos de dos y medio millones en 1990.Si bien la inmigración originada en el exterior de la región no cesó totalmente -pues todavía se registran flujos menores, procedentes principalmente de Asia- es manifiesta la declinación de su intensidad en los últimos decenios, cuando las tasas de cambio del stock se hicieron negativas. Como resultado, declinó la proporción de personas de origen extrarregional entre los inmigrantes registrados por los censos de los países latinoamericanos: en 1970 representaban más de las tres cuartas partes del total de los inmigrantes y en 1990 eran apenas poco más de la mitad. Esta evolución descendente permite sugerir que el tradicional carácter atractivo de América Latina para la población de otras regiones mostró claros signos de agotamiento en la segunda mitad del siglo XX.


El patrón migratorio intrarregional. Los países latinoamericanos y caribeños se distinguen por la frecuencia de los desplazamientos humanos a través de las fronteras nacionales, fenómeno fuertemente enraizado en la histórica heterogeneidad económica y social de los territorios de la región. Facilitadas por la vecindad geográfica y la proximidad cultural, las corrientes migratorias intrarregionales encuentran su destino preferente en aquellos países cuyas estructuras productivas son más favorables para la generación de empleos y que, por lo común, detentan mayores grados de equidad social.


Además de los factores de tipo estructural, la evolución de este patrón migratorio han influido tanto las coyunturas de expansión o retracción económica como las contingencias sociopolíticas (Pellegrino, 2000, 1995 y 1993). Así, por ejemplo, las instancias de ruptura y restablecimiento de las formas democráticas de gobierno han repercutido en la formación de virtuales oleadas de exiliados y "retornantes" entre naciones con fronteras comunes.


La motivación para estudiar la migración que tiene orígenes y destinos dentro de la región se ha visto acrecentada en años recientes y la merma de los flujos provenientes desde fuera de la región, el incremento de la denominada migración fronteriza y los esfuerzos de integración económica han contribuido a este creciente interés. Ello ha permitido advertir que la sostenida persistencia de algunas corrientes intrarregionales se asocia con mecanismos de articulación de los mercados de trabajo entre países vecinos, por lo que se asemejan a la migración a escala intranacional. Otras corrientes, afectadas por fluctuaciones temporales, se vinculan con cambios de orden más bien coyuntural.


Durante los años setenta se advirtió un notable aumento de la migración intralatinoamericana; junto a la persistencia de los factores estructurales, las alteraciones sociopolíticas acaecidas en ese decenio llevaron a que el número de migrantes se duplicara, para llegar en 1980 a casi dos millones de personas (cuadro 1). En cambio, a lo largo de los años ochenta y a raíz del impacto tanto de la crisis económica y de los subsecuentes programas de reforma estructural ¾que se hicieron sentir con especial fuerza en las principales naciones de destino¾ como del restablecimiento de las normas de convivencia civil en varios países, el crecimiento del stock de migrantes dentro de América Latina fue más modesto: el total acumulado sólo aumentó a 2.2 millones de personas.[4]


Si bien la información de los censos de la ronda de 1990 sugiere una estabilización del número absoluto de migrantes intralatinoamericanos, algunos indicios señalan que en los años previos se habría acentuado la tendencia al reemplazo parcial de la migración tradicional por otras formas de movilidad. Estas últimas presentan rasgos de reversibilidad ¾puesto que incluyen desplazamientos de duración temporal variable y no involucran el traslado del lugar de residencia¾ que parecen revelar una ampliación de los espacios de vida de una parte creciente de la población, fenómeno consonante con los nuevos modelos de estructuración territorial de las economías de la región.


No obstante los cambios del contexto socioeconómico y político, los orígenes y destinos de las corrientes migratorias dentro de América Latina no se alteraron mayormente, lo que revela una consolidación del escenario territorial de esta migración. Casi dos tercios de los latinoamericanos que en 1990 residían en países de la región distintos al de nacimiento se concentraban en Argentina y Venezuela.


Argentina ha sido el destino tradicional de numerosos contingentes de paraguayos, chilenos, bolivianos y uruguayos; atraídos por las posibilidades de trabajo en la agricultura, la manufactura, la construcción y los servicios, esos inmigrantes se hicieron más notorios a medida que disminuyó la inmigración europea. En Venezuela, bajo el alero de una economía incentivada por la bonanza petrolera, la principal afluencia de migrantes en el decenio de 1970 fue la de colombianos, seguida por la de personas del cono sur forzadas a dejar sus países de origen.


Durante la llamada "década perdida" de 1980, Argentina y Venezuela experimentaron una ostensible disminución de la intensidad de la inmigración: los datos censales de la ronda de 1990 revelan una disminución del stock total de inmigrantes en ambos países. Sin embargo, el número de personas procedentes del resto de América Latina aumentó ligeramente. Un ejercicio de estimación indirecta permite apreciar que en los años ochenta Argentina y Venezuela experimentaron una no despreciable inmigración neta desde otros países latinoamericanos.[5] En el mismo lapso, algunos países tradicionalmente emisores de población registraron una importante migración de retorno. La expansión económica de Paraguay en los años setenta, a raíz de los efectos asociados a la ejecución de grandes obras hidroeléctricas y de un intenso proceso colonizador, motivó el retorno de emigrantes nacionales desde Argentina y el aumento de la inmigración originada en los países vecinos. En años recientes, junto a la migración de retorno, en Chile se aprecia una inmigración de personas originarias de otros países de América Latina (CEDLA y otros, 2000; Martínez, 1997).


Por lo tanto, no toda la migración intralatinoamericana encuentra su destino en Argentina y Venezuela. Así, en otro ejemplo de esta relativa diversidad de los países de destino, las graves alteraciones sociopolíticas que afectaron a la subregión de Centroamérica en los años setenta y ochenta —aunadas a las históricas insuficiencias estructurales en materia de desarrollo— dieron lugar a que el stock de inmigrantes nicaragüenses y salvadoreños aumentara considerablemente en Costa Rica entre 1973 y 1984. Durante el mismo período, México se convirtió en importante receptor de corrientes también originadas en los países centroamericanos, en especial Guatemala y El Salvador. Algo similar ¾con cifras menores pero con efectos de mayor envergadura en las esferas económicas, sociales y culturales¾ puede decirse respecto de Belice.


En el conjunto de la emigración intrarregional alrededor de 1990, los colombianos registraron la mayor magnitud absoluta: algo más de 600 mil fueron empadronados en los censos de otros países de latinoamericanos (90% en Venezuela). Por ese entonces, los emigrantes chilenos y paraguayos, con un total cercano a los 280 mil (más de tres cuartas partes de ellos censados en Argentina), compartían el segundo lugar entre los emigrantes intralatinoamericanos. No obstante su magnitud absoluta, estas cifras representaban —salvo en Paraguay— menos del 3% de las poblaciones de los países de origen. Un caso especial es el de la emigración uruguaya —que se orienta principalmente a Argentina— cuando a comienzos del decenio de 1970 alcanzó una intensidad similar a la de la mortalidad en el país de origen (Fortuna y Niedworok, 1985).


La migración en la Comunidad del Caribe anglófono muestra un sello peculiar: la intensa circulación de personas entre los países de la subregión —favorecida por la cercanía geográfica— se compone de una proporción relativamente reducida de traslados de residencia y de otra mayor de movimientos de tipo recurrente (Simmons y Guengant, 1992). Algunos de estos movimientos conllevan el retorno a los países de origen y otros se realizan por etapas, que incluyen estaciones de parada como parte de un proceso de traslado a un destino fuera de la subregión.[6] Algunos estudios recientes sugieren que la migración dentro de la Comunidad está alcanzando un nuevo umbral de dinamismo, vinculado con la elevación de los niveles de vida y el aumento de la demanda de fuerza de trabajo -propiciada, en parte, por la gran expansión de las actividades turísticas- en algunos países y con las menores oportunidades de empleo en otros. Como resultado, algo más de la mitad de la inmigración de la Comunidad en 1990 procedía de la misma subregión y su monto equivalía a casi el 4% del total de la población comunitaria (tabla 4 del anexo) (Mills, 1997).


La situación descrita no es compartida por todos los países caribeños. En Trinidad y Tabago, Islas Vírgenes de los Estados Unidos y Barbados que se encuentran entre los cinco con mayores stocks migratorios se advertía un predominio de inmigrantes provenientes de la subregión; en cambio, en Jamaica y Bahamas los dos restantes del grupo con mayores stocks los inmigrantes originarios del exterior de la subregión eran una mayoría (gráfico 1). A su vez, la incidencia relativa de la inmigración llegaba a su máximo en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos, donde ese stock equivalía a un tercio de la población total. Como contrapartida, se estimaba que los emigrantes representaban cerca de un quinto de la población nacida en Granada, Guyana y San Vicente y las Granadinas. En estas condiciones, la migración internacional ejerce una repercusión fundamental sobre la dinámica demográfica de los países del Caribe.


El patrón migratorio extrarregional. A la par de la merma de la inmigración de ultramar y de la relativa estabilización del patrón intrarregional, la emigración fuera de la región adquirió un papel protagónico. Aunque el destino de esta emigración es diverso, ya que se advierte una creciente presencia de nativos de la región en Australia, varios países de Europa y algunos de Asia, la gran mayoría se encuentra en los Estados Unidos y, en menor medida, en Canadá.


Así, en términos generales, este patrón constituye un caso de migración sur-norte, que entraña múltiples repercusiones para los países de América Latina y el Caribe, entre las que cabe destacar la pérdida de recursos humanos calificados y la exposición de los emigrantes al riesgo de no lograr una efectiva inserción en los lugares de destino; esta migración implica, también, la formación de comunidades transnacionales de migrantes ¾que pueden redundar en mayor migración y la generación de un potencial económico asociado a las remesas que los emigrantes envían a sus lugares de origen.[7]


No obstante que la emigración de nativos de la región, especialmente de México y el Caribe, a los Estados Unidos es un fenómeno de larga data con fluctuaciones asociadas tanto a las coyunturas económicas y sociopolíticas como a los cambios en la legislación migratoria estadounidense lo novedoso es su fuerte incremento en años recientes; no menos novedosa es la diversificación de los países de origen, puesta de manifiesto por las corrientes procedentes de América Central y de Sudamérica, que comenzaron a cobrar intensidad a mediados del siglo XX (cuadro 2, gráficos 2 y 3 y tablas 1 a 3 del anexo). El stock de latinoamericanos y caribeños en los Estados Unidos se duplicó entre 1980 y 1990, alcanzando un total cercano a 8.4 millones de personas, que representaban un 43% del total de la población extranjera censada en aquel país en 1990.[8] Algo más de la mitad de esos 8.4 millones de personas procedía de México y una cuarta parte del Caribe (principalmente, de Cuba, Jamaica y República Dominicana); el cuarto restante se distribuía en proporciones similares de centroamericanos y sudamericanos.


Si bien en 1990 los mexicanos censados en los Estados Unidos superaban los 4 millones —cifra que duplica la registrada diez años antes y que equivalía a más de un quinto del total de la población extranjera en ese país—, la tasa de crecimiento más elevada correspondió a los salvadoreños que, con 470 mil personas, quintuplicaron su número en los años ochenta. No mucho menos considerable fue el aumento relativo de otros centroamericanos: las cifras de los nicaragüenses y guatemaltecos aumentaron más de tres veces, mientras que la de los hondureños se multiplicó por un factor de 2.8; una expansión similar experimentaron peruanos y guyaneses.


Asimismo, el número de personas nativas de Haití, Bolivia, Paraguay, República Dominicana y Brasil más que se duplicó. A diferencia de los casos anteriores, el aumento de los nacidos en Cuba fue pequeño, no obstante lo cual ¾con cerca de 737 mil personas ocupan el segundo lugar entre los oriundos de los países de América Latina y el Caribe y presentan la más alta proporción de nacionalizados en los Estados Unidos.


La información proporcionada por la Encuesta Continua de Población (Current Population Survey) de los Estados Unidos, permite estimar que el número de inmigrantes de origen latinoamericano y caribeño ascendió a 13.1 millones de personas en 1997. Esta cifra, equivalente a poco más de la mitad del stock total de inmigrantes en ese país, implica que los inmigrantes regionales se incrementaron en un 40% entre 1990 y 1997. Esta fuente indica que los mexicanos con 7 millones de efectivos representan el 53% de los inmigrantes latinoamericanos y caribeños. Entre los principales grupos de personas nativas de otros países y presentes en los Estados Unidos en 1997 se destacan también los cubanos, dominicanos y salvadoreños, aunque sus magnitudes son inferiores al millón de personas (Schmidley y Gibson, 1999).


Estos datos parecen indicar que la región se ha convertido en expulsora neta de población; sin embargo, esta apreciación parece algo exagerada. Aun cuando la mayoría de los países registra un saldo migratorio negativo, y en varios ¾en especial, El Salvador, Guatemala y Nicaragua¾ se elevó considerablemente a contar de los años setenta, las estimaciones para la región en su conjunto indican magnitudes relativamente reducidas. Así, en el decenio de 1980, la tasa media anual de migración (negativa) de América Latina fue de sólo casi dos por mil; posteriormente, este indicador se redujo gradualmente hasta llegar a un valor (negativo) cercano a uno por mil en el segundo quinquenio de los años noventa (CELADE, 1998).[9]


3. Heterogeneidad de la migración regional: características y repercusiones

De acuerdo con la información sobre el país de nacimiento suministrada por los censos de la ronda de 1990, el total de inmigrantes y emigrantes involucrados en los tres patrones anteriormente identificados no superaba el 10% de la población en ningún país de América Latina y en la mayoría se situaba por debajo del 3%. Si bien una fracción de las personas que se encuentran en condición indocumentada en los países de destino y de aquellas que participan de movimientos temporales son omitidas en los empadronamientos censales, es probable que la incidencia relativa de la ‘'verdadera'' migración no sea sustancialmente superior a lo indicado. Los antecedentes reunidos por el Proyecto IMILA muestran que, además del crecimiento de su magnitud absoluta, la migración internacional de latinoamericanos y caribeños tanto entre los países de la región como hacia los Estados Unidos y Canadá experimentó cambios cualitativos.


Entre los factores que pudieron haber contribuido a la diversificación de las características demográficas y socioeconómicas de los migrantes de América Latina y el Caribe durante el decenio de 1980 corresponde destacar las persistentes tensiones económicas, agravadas por una profunda y prolongada crisis y por los efectos inmediatos de los programas de ajuste estructural, que repercutieron seriamente sobre el funcionamiento de los mercados de trabajo. No menos importante fue el impacto de las serias convulsiones del escenario sociopolítico que, en algunos casos, resultaron en la militarización de los conflictos, en la ruptura de las normas de convivencia civil y en persecución. Otro factor significativo es el cambio en las disposiciones normativas de los países de destino, que incidieron —de modo deliberado o no— en la configuración cualitativa de las corrientes migratorias.[10]


Especificidades de género en la migración internacional

Una dimensión fundamental de la migración internacional en tanto proceso social es la de género. La especificación según sexo de las matrices de origen y destino construidas con la información censal de los tres últimos decenios (1960, 1970 y 1980) permite estimar los índices de masculinidad de los migrantes de origen latinoamericano presentes en países diferentes al de su nacimiento (tablas 5 a 7 del anexo). Cuando estos índices se examinan a escala de todo el continente americano, se advierte el paso de una situación de predominio femenino (en 1970 y 1980) a otra de mayoría masculina. En lugar de una "feminización" de los stocks migratorios en los últimos años, la tendencia continental indica que la participación de las mujeres ha venido disminuyendo.


En cambio, si el análisis de los índices de masculinidad se restringe a la migración entre los países latinoamericanos, se aprecia una tendencia en la dirección contraria: esos índices han venido declinando de manera sostenida durante los tres decenios considerados; vale decir, a diferencia de lo observado a escala continental, la migración intralatinoamericana se caracteriza por una creciente "feminización". La aparente paradoja que surge del contraste entre las dos escalas de análisis se explica por la evolución ascendente de la participación masculina en el stock de inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos, cuyos rasgos están muy influidos por la corriente originada en México.[11]


Un análisis detallado de los índices de masculinidad indica una fuerte heterogeneidad en la composición según género de las diversas corrientes migratorias. Resulta difícil asociar esta variabilidad con algunos elementos convencionales de discriminación, como el origen, el destino o la distancia; no es claro, por ejemplo, que la participación de hombres y mujeres en una determinada corriente guarde relación directa con la vecindad geográfica. Ello obliga a buscar la explicación en otros factores, como la complementariedad entre los mercados de trabajo de los países de origen y destino, ya que algunos circuitos migratorios parecen verse afectados por la demanda laboral en determinados sectores de actividad y ocupaciones.


En las corrientes de mexicanos a los Estados Unidos y de bolivianos y chilenos a Argentina se aprecia un predominio masculino, presumiblemente originado en la fuerte demanda por trabajadores en las tareas agroextractivas de los países de destino. En cambio, los stocks de colombianos en Venezuela y de paraguayos en Argentina se distinguen por una mayoría femenina, atribuible a su inserción en actividades de servicios, incluidos los de tipo doméstico. En el caso de la migración dentro de la Comunidad del Caribe, los datos censales del conjunto de países presentan un ligero predominio femenino, tal vez asociado con las ocupaciones de la industria turística.


Con todo, es inapropiado imputar exclusivamente la preeminencia de mujeres en algunos flujos a su modalidad de incorporación en la fuerza de trabajo de las sociedades de destino; tampoco es válido suponer que tal incorporación represente una mejora efectiva de la condición social de la mujer (Lim, 1998). Otros factores, como las circunstancias catalizadoras de la migración, el funcionamiento de las redes y comunidades de migrantes o las expectativas de reagrupación familiar afectan también los índices de masculinidad de la migración.


La migración de personal calificado. En la literatura especializada se reconoce frecuentemente que la migración internacional tiene una base esencialmente económica, afincada en la desigual distribución de oportunidades laborales, ingresos y condiciones materiales de vida entre los países. Ello no sólo opera en relación con los potenciales migrantes sino también en el plano de la oferta en los países receptores; tanto la incesante innovación tecnológica como el mejoramiento de las condiciones de competitividad para lo cual la flexibilidad laboral se considera un requisito inciden en la atracción migratoria (CEPAL/CELADE/OIM, 1999; Escobar, 1998). Así, en las naciones de mayor desarrollo se registra un interés creciente por la importación de capital humano (Iredale, 1998).


Tradicionalmente, los migrantes más calificados tendieron a trasladarse a países lejanos, fuera de la región, en tanto que las corrientes establecidas entre países limítrofes incluyeron personas con menores niveles de escolaridad. Pero este distingo ya no es nítido; es probable que el carácter masivo que adquirió la emigración —con importante presencia de grupos familiares— hacia el exterior de la región latinoamericana durante el decenio de 1980 repercutiera en una diferente composición de las corrientes. Los datos reunidos por IMILA ilustran algunos rasgos generales de esta participación y de sus tendencias entre 1970 y 1990.


Dentro del conjunto total de la migración latinoamericana en el continente se aprecia que el número de profesionales, técnicos y afines (PTA) se duplicó entre 1970 y 1980, hasta alcanzar un total de 220 mil personas; entre 1980 y 1990 se atenuó el ritmo de aumento de este conjunto de personal calificado, que llegó a poco más de 300 mil efectivos (tablas 8 a 10 del anexo). Además, la proporción de PTA entre los migrantes económicamente activos disminuyó desde algo más de 8% en 1970 a menos de 6% en 1990. Esta tendencia declinante aparece aun más acentuada en el caso de la migración de latinoamericanos a los Estados Unidos. En la migración intralatinoamericana la evolución es diferente, ya que la participación de PTA entre los migrantes económicamente activos aumentó de 6% en 1970 a 8% en 1990.


El hecho de que el personal calificado sea una fracción creciente de las personas que migran entre los países de la región latinoamericana es un asunto importante. Si bien esa proporción es todavía reducida, no es desdeñable que el número absoluto de PTA migrantes se haya triplicado entre 1970 y 1990. Amén de contribuir a valorizar este patrón migratorio y de poner en tela de juicio la percepción de que tales migrantes carecen de suficiente capacitación, esta tendencia pudiera servir de base para el diseño de esfuerzos de cooperación regional en el empleo compartido de este tipo de recursos humanos.[12]


Como ocurre con la dimensión de género, la composición de las corrientes migratorias específicas se distingue por su gran variabilidad. Así, en el caso de la inmigración latinoamericana a los Estados Unidos, los porcentajes de PTA entre las personas procedentes de América del Sur duplican las correspondientes a aquellas que provienen de México y algunos países caribeños y centroamericanos. Un distingo similar se aprecia en Argentina y Venezuela cuando se contrasta la proporción de personal calificado en las corrientes procedentes de las naciones limítrofes con aquellas originadas en el resto de América Latina.


En general, se observa que la participación relativa de PTA tiende a ser menor en los países de elevada emigración, con la excepción de Cuba; por el contrario, las naciones latinoamericanas de alta inmigración (Argentina y Venezuela) se distinguen por el alto grado de selectividad (en favor de personal calificado) de su emigración. A su vez, la migración cuyo destino son los países de la Comunidad del Caribe se distingue por un elevado porcentaje de personal calificado, y destaca el caso de la corriente recibida por Jamaica, pues algo más de la mitad de esos migrantes son profesionales y técnicos (Mills, 1997).


Explorando las repercusiones de la migración más allá de los datos. La descripción sumaria de los aspectos cualitativos de los patrones migratorios quedaría trunca si no se citan algunas de las repercusiones más generales de la migración. En muchos países de América Latina y el Caribe la emigración parece haber contribuido a aliviar el impacto de las tensiones entre las tendencias demográficas y la generación de empleo,de las originadas en conflictos sociopolíticos, étnicos y religiosos, y de las asociadas con formas agudas de degradación ambiental. A escala individual, la emigración se constituyó en una opción para buscar, fuera de los países de nacimiento, oportunidades laborales y de formación personal. Como correlato, estta emigración reporta una fuente de divisas —por medio de las remesas— para las comunidades de origen y, además, genera la posibilidad de establecer vínculos que favorecen la incorporación de tecnología y la inversión productiva.


No obstante lo dicho, la emigración conlleva un factor de erosión de recursos humanos, que puede tener consecuencias adversas para el desarrollo económico y social de los países de origen. En algunos casos, es posible que la emigración haya significado un aumento de la dependencia económica respecto de los ahorros externos (remesas). Asimismo, en un plano más individual, la emigración puede ser fuente de inestabilidad, frustración y trato discriminatorio.


Los países de inmigración han enfrentado problemas, como el de la indocumentación de las personas migrantes, situación resultante de las normas legales que rigen su ingreso y permanencia; ello suele ocasionar dificultades tanto en la condición de las personas como en las relaciones con los países de origen de los inmigrantes. Además, en algunos de los países receptores surgen percepciones negativas frente a los costos de la utilización que hacen los inmigrantes de servicios sociales subsidiados (salud, educación, salud, seguridad social).


Aun así, tales países derivan diversos beneficios de la inmigración, como el aprovechamiento de mano de obra barata o el empleo de personal altamente calificado, sin que para ello hubiese sido necesario una inversión en capacitación. En los Estados Unidos, la inmigración de latinoamericanos y caribeños indocumentados parece haber propiciado la flexibilización laboral, requerida para afianzar la competitividad de su economía (Escobar, 1998; CEPAL/CELADE/OIM, 1999); el carácter sostenido de la demanda por mano de obra barata, incluso en épocas recesivas, es interpretado como una muestra de la funcionalidad de aquella inmigración (Bustamante, 1994).


4. Una reflexión especulativa: incertidumbres y posibilidades

El panorama general presentado sintetiza la situación migratoria vigente en América Latina y el Caribe hasta comienzos del decenio de 1990. Como la información disponible se refiere a desplazamientos de personas que han cambiado de país de residencia habitual (migrantes propiamente tales), los datos no son útiles para identificar otras formas de movilidad internacional que pueden haber surgido o incrementado su importancia relativa en los últimos años. Junto a la creciente apertura de las economías nacionales, los cambios en la tecnología de los transportes y las comunicaciones —con la consiguiente reducción de las barreras impuestas por la distancia física y cultural— han contribuido a facilitar los movimientos de tipo temporal, cíclico o circulatorio, que no suponen traslados de residencia entre países. Dado que la falta de antecedentes empíricos apropiados impide evaluar esta tendencia, las reflexiones que siguen tienen un carácter más bien especulativo.


Si bien los efectos futuros de las reformas económicas liberalizadoras —aun en subregiones donde se verifican esquemas de integración— son difíciles de predecir, es probable que mientras se mantengan las grandes desigualdades en el grado de desarrollo relativo entre los países, la propensión migratoria tienda a crecer (Tuirán, 1998).[13] La mayor intensidad de las interacciones económicas y de la densidad de comunicaciones contribuirá a que tales desigualdades se hagan aun más visibles a los ojos de la población y a estimular la propensión migratoria; dentro de este contexto es posible que las redes sociales establecidas por los migrantes coadyuven a incentivar y materializar las expectativas de movilidad territorial (Alba, 1998).


A más largo plazo, si las brechas de desarrollo se atenúan, la migración tenderá a hacerse menos intensa; el supuesto que subyace a esta apreciación es que la convergencia económica terminará por desestimular la migración a largo plazo. Con todo, algunos especialistas sostienen que los esquemas de integración de mercados pueden incentivar la migración, puesto que las oportunidades laborales que conllevan contribuirán a que las personas dispongan de medios para financiar su traslado; además, si esos esquemas de integración repercuten en una desarticulación de las unidades de producción intensivas en uso de mano de obra, tenderán a impulsar las propensiones migratorias (Working Group on International Migration, 1998).


Como aún no se advierten indicios sólidos de una disminución de las grandes desigualdades en el grado de desarrollo relativo de los países y las redes y comunidades de migrantes muestran un gran vigor en su accionar, todo hace prever que un eventual aumento de las oportunidades laborales (incluidas las mejoras de salarios) en un mundo más informado e intercomunicado servirá de acicate a las propensiones migratorias.


Así, el crecimiento económico de los países tradicionalmente emisores de fuerza de trabajo, al amparo de la inversión externa directa, puede contribuir a que se genere un ambiente propicio para la emigración (Alba, 1998; Rowlands y Weston, 1996; Tuirán, 1998; Working Group on International Migration, 1998).


En este sentido, la cadena lógica que enlaza mayor desarrollo con más migración y que, más tarde, desemboca en una reducción de la migración fue descrita hace tiempo mediante la figura de la joroba migratoria (migration hump), con la cual se alude a una transición de la migración que se generaría toda vez que las estrategias de crecimiento económico de los países se propongan incorporar el cambio tecnológico y superar las condiciones de bajos salarios y desprotección laboral (Ghosh, 1997; Stalker, 2000). Un corolario que se desprende de lo dicho es que, a largo plazo y siempre que se atenúen las brechas de desarrollo la migración podrá mermar en intensidad. Ello resulta más nítido en el caso de la migración sur-norte que en el de la intrarregional; la comprensión de las tendencias futuras probables de esta última exige análisis más pormenorizados, especialmente en lo que atañe a los grandes espacios de integración subregional.


Las observaciones precedentes sugieren que, por lo menos a corto plazo, la migración tenderá a seguir aumentando. Si este supuesto es efectivo, cabe reconocer una inconsistencia entre la creciente liberalización de la circulación de bienes y servicios y las restricciones administrativas rigurosas que se imponen al desplazamiento de las personas; a este último hecho se añade la existencia de un ambiente social negativo respecto de la migración. Frente a los procesos económicos contemporáneos, varios autores señalan que las políticas migratorias tradicionales basadas en controles parecen perder legitimidad y eficacia (Moulier-Boutang y Papademetriou, 1994; Escobar, 1998; Pellegrino, 1995).


En virtud del examen de la evolución de los stocks, flujos y sistemas migratorios, Tapinos y Delaunay (2000) concluyen que la falta de globalización migratoria en el mundo contemporáneo resulta de la existencia de restricciones (explícitas o implícitas) a la movilidad, las que se contraponen a la operación de las fuerzas del mercado (que propician la migración). Esta inconsistencia se hace especialmente notoria en el caso de la migración de recursos humanos de alto grado de calificación: aun cuando los países tradicionalmente receptores de migración establecen disposiciones en favor del ingreso de personal calificado (importación de "capital humano"), la defensa de los intereses de poderosos grupos de interés lleva a una aplicación tan extrema de la regla de prioridad que se impide el aprovechamiento efectivo de tales recursos humanos (Iredale, 1998).


La inquietud que despierta la migración, especialmente en las naciones desarrolladas, pudiera convertirse en un factor inhibidor de las potencialidades de la liberalización de los mercados para promover un desarrollo más equitativo a escala global. Esta misma inquietud parece explicar la hasta hace poco sistemática omisión del tema de la migración en las negociaciones conducentes a la suscripción de acuerdos multinacionales de mercados; tal omisión implica dejar de lado el reconocimiento de una realidad —el intercambio de recursos humanos— cuyas manifestaciones entrañan problemas que podrían abordarse mediante esfuerzos conjuntos, como los relativos a la mejora de las condiciones laborales. La migración, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado ¾cuando desempeñó un papel fundamental en la articulación económica y social entre numerosas naciones¾ parece haber sido excluida de la globalización (Tapinos y Delaunay, 2000).


En virtud de las expectativas e incertidumbres que despiertan las iniciativas en favor de la integración económica de los países americanos, de la experiencia acumulada en materia de acuerdos subregionales y del reconocimiento del marco de creciente apertura de la región al resto del mundo, cobran fuerza las propuestas para un regionalismo abierto.[14] Estas propuestas, que concitan la aceptación generalizada entre los gobiernos y actores civiles de las sociedades de la región, abren la posibilidad de abordar, de manera explícita, los problemas y las potencialidades de la migración internacional. Tal posibilidad se hará tanto mayor en la medida en que los esquemas de integración, en vez de circunscribirse a "una concepción mercadista", se encaminen a utilizar "todas las oportunidades económicas, culturales y políticas" involucradas (Di Filippo, 1998).


Además de beneficiarse de las ventajas de la vecindad —geográfica, económica, cultural y política y de contribuir a reforzar los regímenes democráticos, el regionalismo abierto puede alentar la articulación de intereses comunes frente a otras regiones, facilitando la suscripción de acuerdos en áreas como la transferencia de recursos humanos calificados, la reducción de las formas de indocumentación, el establecimiento de sistemas comunes de información, el resguardo de los derechos humanos de los migrantes, la armonización de las políticas migratorias y, en general, la formalización de convenios sobre el tratamiento de los migrantes.


El diseño de políticas en materia de movilidad de la población es una tarea aún pendiente, y su prioridad se evidencia en la dificultad para reconocer y enfrentar realidades que comprometen a la comunidad internacional. Tal tarea exige la cooperación y el esfuerzo mancomunado de los países para conducir adecuadamente los procesos migratorios en un contexto amplio de equidad social y esas consideraciones deben formar parte de los esquemas de regionalismo abierto.[15] Dentro del ámbito de los esfuerzos de integración, esta labor puede complementarse fortaleciendo mecanismos institucionales que propicien la armonización de las políticas nacionales de migración. Una señal de avance en esta dirección es la que brinda la Conferencia Regional sobre Migración (establecida en Puebla, México, en 1996), instancia de consulta y comunicación en que participan los países de América del Norte y Centroamérica; una iniciativa similar de los países de América del Sur se encuentra en vías de consolidación.


Si se acepta, como un principio básico, que el derecho de cada Estado a controlar el ingreso de extranjeros es sólo un aspecto de la migración internacional, y que ese derecho no se contrapone de manera absoluta con criterios de admisión comunes a los países de la región, es posible examinar la factibilidad de acuerdos sobre otros campos de la migración, como los relacionados con el mundo del trabajo, las prestaciones sociales y la reagrupación familiar (CEPAL/CELADE, 1995). Ello contribuirá a una mayor coherencia entre las normas nacionales y las orientaciones económicas y políticas del contexto internacional contemporáneo y facilitará un mejor aprovechamiento de las contribuciones de la migración al crecimiento económico y al desarrollo socialmente sustentable.[16] Por tanto, más allá de su dominio administrativo específico, las políticas en materia de migración deben inscribirse en el contexto más general de las estrategias de desarrollo (Mármora, 1997).




Referencias bibliográficas


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[1] El Proyecto IMILA se originó en el Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE) a comienzos de los años setenta, y su puesta en práctica a mayor escala ha sido recomendada por la Unión Internacional para el Estudio Científico de la Población (UIECP) y la División de Población de las Naciones Unidas. Diversas reuniones internacionales han estimulado el desarrollo de este Proyecto, que representa un claro ejemplo de cooperación horizontal.


[2] Si bien el Proyecto IMILA se concentra en los datos censales de los países de América Latina, el CELADE obtiene cifras sobre latinoamericanos empadronados en los censos de países de fuera de la región, en especial los Estados Unidos y Canadá. Análogamente, se dispone de datos sobre las personas nacidas fuera de la región que residen en los países de América Latina. Como el fundamento sobre el que descansa IMILA es la promoción del intercambio de información entre los países, el CELADE envía copia de los cuadros obtenidos con las bases de datos nacionales y proporciona antecedentes sobre los nativos de cada país que han sido empadronados los restantes. El CELADE publica periódicamente, en su Boletín Demográfico, algunos de estos datos, lo que facilita su divulgación; asimismo, esta información se ofrece en el sitio electrónico del CELADE en la página web de la CEPAL (www.eclac.cl).


[3] Con el reciente desarrollo del sistema WINR+, el CELADE abrió la posibilidad de que cada investigador opere directamente con las bases de datos censales y procese la información ¾incluso a pequeñas escalas geográficas de modo que se adecue a los objetivos de su investigación.


[4] El panorama observado alrededor de 1990 es el resultado neto de una multiplicidad de movimientos que tuvieron lugar durante el decenio previo y que comprendieron episodios de emigración y retorno.


[5] Mediante el uso de relaciones de supervivencia intercensales por sexo y edad, para el período 1980-1990, se obtuvo un saldo de 147 mil y 60 mil inmigrantes netos en Argentina y Venezuela, respectivamente.


[6] Bahamas, además de recibir un importante contingente de inmigrantes con fines de residencia, es destino transitorio de un gran número de personas provenientes del resto del ámbito caribeño, en particular haitianos.


[7] El examen de estas repercusiones debe considerar que los emigrantes configuran un todo heterogéneo en cuanto a sus características y a su situación migratoria. Por ejemplo, algunos residen legalmente en los países receptores y otros carecen de la documentación requerida para fijar su residencia o incorporarse al mercado de trabajo; asimismo, los emigrantes contabilizados en los censos incluyen trabajadores temporales, refugiados y desplazados.


[8] Cabe señalar que el fuerte ritmo de aumento del stock de latinoamericanos y caribeños en los Estados Unidos durante el decenio de 1980 se vio influido por la amnistía concedida por la Ley de Control y Reforma Migratoria adoptada por ese país en 1986.


[9] Las tasas mencionadas son inferiores a un décimo de la de crecimiento natural de la población regional y equivalen a una pérdida neta anual de 560 mil efectivos en el período 1980-1995 (CELADE, 1998).


[10] La aplicación rigurosa de estas normas parece haber otorgado una mayor más visibilidad de los fenómenos de "indocumentación" e incidido en un incremento de la reunificación familiar; también pudo contribuir a que algunos movimientos de tipo itinerante y recurrente se convirtiesen en traslados más definitivos.


[11] Esta situación aparece confirmada por los datos de la Encuesta Continua de Población de 1997 de los Estados Unidos (Schmidley y Gibson, 1999).


[12] Un examen riguroso de la migración de PTA exige tener en cuenta tanto sus especialidades como su inserción laboral en los países de destino; y también cabe evaluar el impacto de la migración de PTA sobre las existencias de tales recursos humanos en los países de origen.


[13] Se señala que, a corto plazo, el desarrollo de los países tradicionalmente emisores de fuerza de trabajo estimulará la emigración y que aun si el intercambio comercial ayuda a generar empleos, esta estrategia será insuficiente ¾por sí sola¾ para atenuar la emigración (Rowlands y Weston, 1996).


[14] El regionalismo abierto se concibe como "un proceso de creciente interdependencia económica a nivel regional, impulsado tanto por acuerdos preferenciales de integración como por otras políticas en un contexto de apertura y desreglamentación, con el objeto de aumentar la competitividad de los países de la región" (CEPAL, 1994, p.8).


[15] Entre los desafíos que la migración impone a los países cabe mencionar: la evaluación de sus determinaciones económicas (factores desencadenantes) y socioculturales (factores de perpetuación); la identificación de sus externalidades (transferencia de recursos humanos calificados, indocumentación, reagrupación familiar y flujos de remesas); el examen de sus distintas formas (tradicionales y novedosas); el análisis de las diversas opciones de intervención (fomento al arraigo, canalización de los flujos, segmentación temporal de los movimientos); la convergencia, en sentido amplio, de las políticas sociales.


[16] Así, por ejemplo, las políticas dirigidas a las transferencias internacionales de recursos humanos podrán convertirse en un medio útil para fomentar la difusión y la absorción del cambio tecnológico (propiciando un brain exchange en reemplazo del brain drain). Esta posibilidad cobrará fuerza si se avanza en la definición de un mercado común en materia de ciencia y tecnología, con la participación de agentes públicos y privados y con el auspicio de la cooperación internacional (OIM, 1993).


Fuente

Página Web de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, División Población y Desarrollo (CELADE)


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apesta!

excelente

esta muy bien esta pajina

ytessica yoseline

¿Qué es un patrón migratorio? ¿En qué se diferencia de un perfil migratorio?
José Luis Hernández
Zacatecas, México
jels_hs@yahoo.com.mx

Me parece interesantisimo el documento pero no encuentro nada sobre los colombianos con alta cualificacion intelectual y que emigran de su pais