Numero: 
264
Fecha: 
Junio 2, 2010

De: La Iniciativa de Comunicación

Donde la comunicación y los medios son parte esencial del desarrollo social y económico de América Latina

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Este número del Son de Tambora hace parte de nuestra serie especial de análisis. En esta ocasión, publicamos la ponencia de Juan Camilo Jaramillo, asesor del Ministerio de Educación de Colombia, para el "Tercer Foro, Ciudad Comunicada, Región y Mundo" (Medellín, Colombia, 29 de Abril de 2010). De acuerdo con Jaramillo, se trata "de explorar en qué se concreta la íntima y profunda relación entre ciudad y comunicación" y dónde habría que poner los énfasis para construir una política pública que le apunte no sólo a "ciudades comunicadas (con la infraestructura necesaria para hacer posible la comunicación entre múltiples actores), sino también a "ciudades comunicadoras" (que facilitan la construcción de "sentido de identidad y pertenencia, de interacción y participación, de ejercicio de derechos...de disfrute de la ciudad y de ciudadanía activa").

 

CINCO PISTAS PARA IMAGINAR UNA CIUDAD COMUNICADA Y COMUNICADORA
(Acerca de una política pública de desarrollo cultural)

 

Que la ciudad, por su propia índole pública y colectiva es un lugar de comunicación, es una verdad axiomática y un asunto sobre el cual han reflexionado teóricos, intelectuales y artistas, con marcado énfasis en la segunda mitad del siglo pasado, motivados por el arrollador, caótico y desordenado pero siempre inquietante y provocador crecimiento de las grandes urbes.

 

La de la comunicación es una dimensión que abarca múltiples planos de la ciudad, que van desde su trazado físico y arquitectónico, hasta su infraestructura mediática tanto masiva y comercial como comunitaria, la diversidad y complejidad de actores que participan de su esfera pública, la robustez o debilidad de sus contra públicos (Frazer, 1997), la densidad o dispersión de su tejido social y sus redes o la forma de actuación y de manejo de la información de sus instituciones públicas y privadas.

Las múltiples instancias que hacen la vida cotidiana en la ciudad mantienen un animado e incesante intercambio de símbolos, mensajes y contenidos, que hace parte de y a la vez interviene la cultura que la habita en su compleja retícula de estratos, niveles, grupos y  tribus. Prácticamente todas las manifestaciones de la vida colectiva tienen su referente o su manifestación en expresiones comunicativas, la ciudad habla permanente a sus habitantes, a través de ellos y entre ellos, como lo hacen en el nivel masivo los interlocutores de la propaganda, el marketing, la publicidad y el discurso mediático.  

El semiólogo colombiano Armando Silva, la visualiza como una "red simbólica en permanente construcción y expansión" (1996) y el arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión, la entiende como un "foro de comunicación y usuarios" (1996), así que, sin ir más lejos, de lo que se trata es de explorar en qué se concreta esta íntima y profunda relación entre ciudad y comunicación y dónde habría que poner los énfasis de una política pública que le apunte a la construcción de visiones compartidas, a la consolidación de la inserción de la ciudad en un mundo globalizado, al fortalecimiento del talante democrático de los ciudadanos y al bienestar colectivo y el desarrollo con equidad.

1. Ciudad comunicada y comunicadora

Algo va, para empezar, del concepto "ciudad comunicada" que parece sugerir como hilo conductor de la relación la apuesta por la infraestructura, por supuesto no solamente tecnológica  sino también relacional, dedicada a hacer posible que los múltiples actores puedan comunicarse entre sí y con otros interlocutores a través de estrategias como la ampliación de cobertura de la conectividad o el impulso a medios comunitarios, a la idea de una "ciudad comunicadora" que alude a la responsabilidad que le cabe a la ciudad, y por consiguiente a sus actores públicos y privados, de utilizar esa infraestructura para construir sentido  de identidad y pertenencia, de interacción y participación, de ejercicio de derechos y disfrute pleno de la dimensión pública citadina, de responsabilidad frente al cumplimiento de deberes, de goce de la vida y crecimiento personal, en últimas, de disfrute de la ciudad y de ciudadanía activa.

Una ciudad comunicada está conectada, una ciudad comunicadora sabe para qué se conecta; una ciudad comunicada le apuesta a la información, una ciudad comunicadora convierte la información en comunicación.

La propuesta de una ciudad comunicada es funcional, la de una ciudad comunicadora sistémica y estructural; además de responder al desafío tecnológico, la ciudad comunicadora asume un papel activo, se reta a sí misma y entiende su  responsabilidad de emprender acciones concretas y concertadas entre todos los sectores, público, privado y de la sociedad organizada, encaminadas a crear contextos pedagógicos y comunicativos, busca favorecer interacciones articuladoras de sentido entre sectores e individuos, no deja la consolidación de imaginarios colectivos al azar sino que interviene para proponer los que considera más enriquecedores, favorece la interacción comunicativa de grupos, tribus, voces alternativas y conversa con ellas, entiende la comunicación como un bien público que le compete y actúa en coherencia con esta convicción.

Si la pedagogía ciudadana  reclama una ciudad educadora (1) que se asuma como paideia donde se conjugan todas las formas de educación formal y no formal, pues como  afirma el comunicador Jahir Rodríguez (2001): "La ciudad no es sólo un fenómeno urbanístico; está constituida por las sinergias que se producen entre las instituciones y los espacios culturales, que nos brindan la posibilidad de aprender en la ciudad; entre la producción de mensajes y significados y que nos permiten, al propio tiempo, aprender de la ciudad y, también, de su pasado y su presente, muchas veces desconocido" (2), la comunicación pública demanda una ciudad comunicadora que movilice y construya sentidos que fortalezcan la conciencia de lo público y enriquezcan la vida cotidiana.

Y cuando hablamos de comunicación pública, por supuesto, no estamos hablando particularmente de la que se establece entre gobierno y sociedad, la que construye agenda pública desde los medios, la que se hace desde la política, la que protagonizan los movimientos sociales o la que practican las entidades del sector público, sino de todas ellas articuladas en su común condición de interpelar sujetos colectivos y no obedecer únicamente a interacciones interpersonales, transcurrir en la esfera pública y estar comprometidas con lo que le conviene a todos de la misma manera para la dignidad de todos (Toro, 1990).

Hace unos años, en un trabajo sobre la comunicación en las entidades del sector público, en compañía del comunicador Omar Rincón y otros especialistas, llegamos a la conclusión de que: "el concepto de  comunicación pública actualiza, en síntesis, la lucha de los sujetos por intervenir en la vida colectiva y en el devenir de los procesos políticos concernientes a la convivencia con "el otro" y por participar en la esfera pública, concebida ésta como el lugar de convergencia de las distintas voces presentes en la sociedad. En este sentido (decíamos), la comunicación pública denota la intrincada red de transacciones informacionales, expresivas y solidarias que ocurren en la esfera pública o el espacio público de cualquier sociedad (McQuail, 1998)" (3).

La definición me parece especialmente útil ahora, para entender que cuando hablamos de ciudad comunicada y comunicadora nos referimos a una ciudad que reconoce la validez de esa lucha de las personas por intervenir y participar en la vida colectiva y por poner a circular su propios sentidos y encontrar una forma de convivir con "el otro" y orienta su trazado y se organiza para que ello pueda suceder en condiciones de igualdad e inclusión.

A la ciudad le corresponde crear las condiciones, facilitar los procesos, constituir un entorno comunicativo que propicie y beneficie interacciones cargadas de sentido del individuo con su entorno inmediato y con el conglomerado al cual pertenece y en el cual transcurre su experiencia vital.

Por eso creo que debemos apostarle a ambos conceptos: una ciudad comunicada que sea a la vez ciudad comunicadora. Comunicada porque democratiza la infraestructura conectada con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, porque impulsa y protege expresiones y manifestaciones comunicativas de vocación comunitaria, popular y alternativa al tiempo que fortalece los medios de comunicación públicos y ofrece condiciones confiables para la iniciativa privada generadora de medios masivos competitivos y de calidad, porque abre sus puertas a la cultura y el arte y porque promueve el deporte y las expresiones comunicativas de sus habitantes. Y comunicadora porque busca movilizar, fortalecer imaginarios colectivos proactivos y dignificantes, facilitar la interacción y el encuentro entre las personas, construir identidad desde la estética y  la cultura y convertirse en un lugar donde la gente quiera vivir y pueda ser feliz.

2. Una ciudad que conversa

Una ciudad comunicada y comunicadora es una ciudad movilizada, una ciudad movilizada es una ciudad que conversa, que debate y construye acuerdos fundados en imaginarios de pertenencia y reconocimiento.

La construcción de sentido compartido solamente es posible en democracia, donde se puede disentir sin condenarse, donde todas las voces tienen un tiempo y un espacio para expresarse en los momentos trascendentes pero también en el día a día. Porque la movilización es producto de una actitud, de una cultura participativa que concurre en libertad, apasionada y públicamente a la construcción de lo público (Toro, 1990) y que se disciplina a sí misma para poner en juego los argumentos y los intereses, para concertar y asumir compromisos de manera corresponsable (Jaramillo 2006).

Esta cultura participativa se construye en el barrio, en torno al corrillo de amigos que conversan y deciden emprendimientos en forma consensuada y solidaria, en las reuniones de vecinos, en la resolución cotidiana de conflictos por la vía de la argumentación y la negociación, en la lectura del día a día que se comparte generosamente y en el valor social que se le da a la palabra.

Por eso es imperativo promover la oralidad en nuestras ciudades, porque ella es el entrenamiento básico del discurso participativo y, por la misma vía, de la interacción comunicativa. La ciudad debe propiciar lugares y espacios de conversación, tanto en la política, la academia, el arte y la cultura, como en el espacio público. Los bulevares y cafés donde se puede pasar la tarde después de la jornada de trabajo son tan importantes como las salas de conferencias o los teatros y auditorios. La idea de la conversación pareciera pertenecer, sin embargo, a un pasado nostálgico impensable en el acelerado mundo de hoy en el que las personas  no encuentran la manera de hacerle trampa al tiempo para reunirse a conversar, o lo hacen aparentemente, monologando apenas o comunicándose a base de monosílabos porque el estruendo del entorno está pensado para  oír y no hablar.  

Afortunadamente los jóvenes  exploran otras formas de encuentro cuyo impacto en la construcción de lo colectivo apenas empezamos a vislumbrar y cada vez más reclaman del espacio público la opción de acogerlos para estar juntos y conversar. Deberíamos aprender de su manera de enredarse instalados en sitios públicos que sin publicidad o marketing terminan convertidos en epicentros de confluencia y encuentro de convocatoria  más eficiente que la de cualquier movilización institucional o mediática.

Creo que hacen falta más espacios y escenarios pensados desde la planificación de la ciudad y desde una política pública de desarrollo cultural para el encuentro y la conversación, más restaurantes y cafeterías al aire libre, más parques de barrio cálidos y amables, mayor complicidad del espacio y del entorno urbano para "charlar" y "arreglar el país".

La fabula de Momo es la fabula del robo del tiempo. Lo que vacía de sentido la vida de los hombres grises es que siempre están tan activos, siempre tan ocupados, que nunca tienen tiempo para ellos mismos. El ocio, el tiempo para mirarse y "matar el tiempo" es un principio de vuelta hacia sí mismo que ayuda a recuperar el sentido. Y sí lo es en el plano individual, con mayor razón en el plano colectivo.

A ello contribuyen múltiples factores  en torno a los cuales debe ser pensada la ciudad, desde la movilidad que puede resolver el drama de las horas inactivas y neurotizantes en el transporte público, hasta el ordenamiento territorial que puede visualizar zonas y lugares pensados para el encuentro, la conversación y la administración enriquecedora del ocio. El estandarte de la gran Metrópoli es la productividad aún a costa del ser humano, la insignia de la ciudad comunicada y comunicadora es el ser humano en pleno ejercicio de su capacidad de ser feliz y productivo.

3. Una ciudad incluyente

La comunicación pública habla de la lucha del sujeto por integrarse al colectivo, por hacer válidos para otros sujetos sus temas e intereses. Lo contrario a una ciudad comunicada es una ciudad excluyente, estratificada hasta el extremo del ghetto, tal vez la que con gran sentido de ironía y crudeza poética describe el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en "Angosta", con su dibujo implacable de "los dones en Tierra Fría, los segundones en Tierra Templada y los tercerones en la tórrida Boca del Infierno" (4).

La cuestión es que esa ciudad de ficción cercada y escindida milimétrica y fríamente por voluntad de un poder invisible, no se distancia mucho del trazado violento de diferencias y distancias que hacen de nuestras ciudades un reino de territorios en ocasiones irreconciliables y en general incomunicados. No es causal ni inocente, por ejemplo, que los comerciantes del encopetado y exclusivo parque de la 93 en Bogotá hayan decidido ponerle freno a su entusiasmo de decoración navideña y dejaran de hacerla, porque fue tal la avalancha de gente de «los otros estratos» proveniente de todos los confines de la ciudad ansiosa de conocer y disfrutar el parque "de los ricos" que empezaron a afectarse las ventas y a desanimarse los habituales, para nada interesados en darse una democrática pero poco cómoda y para ellos antiestética «ducha de pueblo».

¿Cómo conversan y se relacionan los niveles más pobres con los de clase media y ambos con los estratos más altos, si es que es posible entre todos ellos alguna conversación? En buena medida es la pregunta que debe responder un espacio público pensado para construir referentes comunes y hacer posibles encuentros en medio de la diversidad y la diferencia, porque la realidad es que muy en el fondo de nuestros corazones sentimos que tenemos derecho a la ciudad solamente en la medida y proporción de la microciudad que habitamos.

La estratificación no es un invento sino una realidad, las desigualdades y desniveles están ahí, pero la ciudad puede intentar construir escenarios y espacios para que esa realidad no se convierta en factor de exclusión. Creo sinceramente que una política pública de desarrollo cultural tiene el deber y la obligación de plantearse el problema y de asumir la noción de "ciudad incluyente" como uno de sus lineamientos no negociables.

4. Una ciudad que construye comunidad: el baño público.

Nunca es bueno poner todos los huevos en una sola canasta, pero a pesar de que es una verdad de Perogrullo que aprendimos de la abuela y de la tía Rosita, parece que nunca la asimilamos y cada día concentramos más la apuesta comunicativa de manera casi obsesiva en las nuevas tecnologías y particularmente en Internet.

Soy el primero en afirmar que es una dinámica de la cual no podemos sustraernos y cuya potencia que apenas intuimos ha partido en dos la historia de la humanidad, sin embargo me pregunto si no estamos "soltando demasiado rápido la liana sin haber agarrado la otra", es decir, si por la apuesta tecnológica que aún no está medianamente resuelta estamos descuidando otras alternativas comunicativas que construyen comunidad.

Cada día me sorprendo más por la ansiedad obsesiva y casi neurótica de las empresas e instituciones que asesoro por descartar cualquiera otra opción diferente a hacer páginas web y dentro de ellas micrositios de todos los tamaños, colores y pelambres. Un alucinado, atiborrado y caótico espejismo virtual de interlocución con navegantes que según los indicadores más optimistas realizan visitas de minutos y que se mueven a la velocidad del rayo de uno a otro link, cabalgando ferozmente buscadores que les permiten echar ojeadas siguiéndole la pista a una palabra o a una necesidad sin importarles por donde pasan o a donde llegan. No conozco un indicador más iluso y poco elocuente que el contador de visitantes de un web site.

El consumo en aumento de estos medios no es garantía de densidad comunicativa. Ellos también pueden tener un efecto perverso que termina siendo factor de incomunicación. Un millón de solitarios soldados a los titulares de prensa en sus pantallas no hacen una comunidad que se reconoce, se ordena y tiene una opinión. De hecho, una de las grandes preguntas que tendremos que responder en un futuro no muy lejano, es cómo vamos a rescatar al ser humano de su celda de pantallas, audífonos, textos abreviados y comprimidos hasta exprimir tanto el jugo de su sentido que parecen pura cáscara con la mera apariencia de la fruta, marcas, códigos, lenguaje cifrado, automatización y anquilosamiento de nuestras facultades naturales para la interacción y el relacionamiento.

El hombre que empezamos a vislumbrar es onanista, se autosatisface en lo intelectual, lo emocional y lo lúdico. Conectado a la tecnología es solitario hasta en el sexo, se complace sin necesidad de una compañía real y física. La ciudad tiene que pensar y decidir de qué lado está; si refuerza y promueve este mundo de androides conectados a su entorno tecnológico autosuficiente, o si, aceptando que la sofisticación del entorno tecnológico es una dinámica necesaria e indetenible de la civilización que nos inventamos, asume la responsabilidad de contribuir al equilibrio y de intentar, en lo colectivo, promover otros escenarios a donde puedan llegar personas en busca de descanso de tanta autosatisfacción tecnológica para interactuar y encontrarse con otras personas.

Algo así como la playa o el baño público donde nos despojamos de tanta parafernalia y estrés y volvemos a ser los mismos de todas las épocas y todas las culturas, retozando felices y en grupo en el agua.

5. Una ciudad en acción para transformar imaginarios perversos

Unas palabras finales para referirme a un tema difícil e impopular por lo mismo que es tan querido por el Star Business y la industria del entretenimiento: los imaginarios impuestos y en ocasiones perversos que nos hacen mirarnos como lo que no somos pero aceptamos parecer.

El honor, por ejemplo, de ser "la capital de la moda" de Medellín, tal vez no sea compartido por la gente de a pie que no se siente ni tan a la moda ni tan de carátula de revista fashion, entonces excluye a los que no exhiben el ideal de belleza que se paga caro en pasarelas y discotecas y puede terminar generando problemas tan complejos como el aumento alarmante de la bulimia y la anorexia en jovencitas de todos los niveles y estratos seducidas por la ilusión del modelaje; o la imagen que vende Río de ser la capital del desenfreno sexual durante el carnaval que beneficia a la industria turística pero es una dolorosa y difícil ironía de cara a la cruda realidad y el desenfreno de la violencia que atormentan a la ciudad que habita más allá de Ipanema, Copacabana, Botafogo o el Arpoador.

Me refiero a aquellos imaginarios perversos que se le imponen a la ciudad desde cualquier lugar diferente a sus propias dinámicas o que ella misma compra y promueve pensando en el beneficio de unos pocos sin conciencia crítica del daño que pueden causar y lo poco que reflejan su verdadera realidad. La ciudad debería armarse de valor y combatir de manera abierta estos imaginarios, trabajar desde lo público, desde  su política pública de desarrollo cultural para consolidar y fijar imaginarios movilizadores, para generar orgullo en torno a lo que construye y no a lo que empobrece. La disyuntiva es simple: si uno no construye marca otros lo marcan, así de terrible y sencillo.

Juan Camilo Jaramillo
comunicacionpublica@hotmail.com

 

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