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Fundamentos Eticos de la Gestión del Riesgo

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Gustavo Wilches-Chaux estudió Derecho y Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad del Cauca, Colombia, en donde se graduó en 1977 con una tesis laureada sobre Derecho Ambiental. Como resultado de su experiencia como Director Regional del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA en el Cauca, en donde estuvo encargado del diseño y dirección del programa de reconstrucción comunitaria llevado a cabo con posterioridad al terremoto que en 1983 destruyó a la ciudad de Popayán, escribió el libro "Herramientas para la Crisis: Desastres, Ecologismo y Formación Profesional" publicado por el SENA en 1989, y obtuvo la beca "James Rook", otorgada por el Consejo Británico. Con esa beca estudió producción de audiovisuales en Bristol y Manejo de Desastres en Oxford.

 

 

Ha trabajado con instituciones como el Servicio Nacional de Aprendizaje -SENA, la Corporación NASA KIWE, Ecofondo y la Fundación para la Comunicación FUNCOP CAUCA en Popayán. Es uno de los miembros fundadores de LA RED (Red de Estudios Sociales sobre Desastres en América Latina). Autor y coautor de varios libros publicados en Colombia y en el exterior, actualmente trabaja como consultor independiente, profesor universitario, conferencista nacional e internacional sobre temas de desarrollo sostenible, ecología y gestión del riesgo.

Resumen: 

El ser humano se puede considerar “la obra maestra” del Universo conocido, teniendo en cuenta que cada uno de los más de seis mil millones de seres humanos que habitamos este planeta, poseemos en nuestros cerebros una cantidad aproximada de cien mil millones de neuronas (el mismo número de estrellas que posee nuestra galaxia y el mismo número de galaxias que posee el Universo), las cuales conforman la estructura más compleja de que puede dar cuenta la ciencia. Cada organismo humano es el resultado de la interacción de varios trillones de células, cada una especializada en cumplir una función específica.

 

 

Durante su proceso de gestación, el cuerpo humano repite en “cámara rápida” (por lo general en nueve meses) el proceso de aparición y evolución de la vida en la Tierra, desde hace cuatro mil millones de años, hasta cuando los primeros seres humanos comenzaron a caminar sobre la superficie de nuestro planeta. Una vez nacemos, los seres humanos comenzamos a recorrer, también en “cámara rápida”, la historia de la cultura (el conjunto de las distintas expresiones del impacto de nuestra especie sobre el cosmos, incluyendo el conocimiento que poseemos sobre ese mismo cosmos y sobre nosotros mismos). Los seres humanos, por otra parte, somos los creadores de una estructura que puede llegar a ser más compleja que el cerebro humano: la “noosfera” de que hablara Theilard de Chardin, conformada por los cerebros humanos interconectados entre sí en tiempo real y cuya primera “versión” conocemos hoy como la world wide web. Pero al mismo tiempo que todos y cada uno de nosotros y nosotras, los hombres y las mujeres que habitamos este planeta, somos una expresión de ese prodigio del cosmos que es el ser humano, debemos reconocer que en los cuatro mil millones de años que lleva la vida de existencia sobre la Tierra, nuestra especie se ha convertido en la peor de cuantas plagas han azotado a este planeta.

 

 

Algunas de las razones sobre las cuales sustentamos la anterior afirmación son las siguientes:

 

  1. Nuestra especie ha acabado con casi todos sus “enemigos naturales”, entendiendo por tales a las especies que a través de mecanismos de homeostasis o autorregulación, controlan el tamaño y el comportamiento de una población. Los pocos “enemigos naturales” que todavía tenemos se encuentran en el nivel de los virus (HIV, hepatitis B, etc), pero nuestra especie está dando pasos firmes hacia su eliminación o control.
  2. No existe ecosistema vedado para la especie humana: los seres humanos habitamos en la franja intertropical, en la zona templada, en los polos, en las costas, en ciudades a grandes alturas sobre el nivel del mar, etc. No habitamos de manera permanente ni los fondos oceánicos ni el espacio extraterrestre, pero el impacto de nuestra especie cada vez es mayor en unos y en otro.
  3. Hemos logrado evitar la acción de la selección natural sobre individuos de nuestra especie (incluido el autor de estas líneas) que seguramente no habríamos llegado a la edad adulta sin la ayuda de “medidas culturales”. La ciencia y la tecnología les permiten sobrevivir a individuos que de otra manera no lo harían y prolonga cada vez más la duración de la vida humana.
  4. Ninguna especie ha tenido la capacidad que tiene la especie humana para impactar la biosfera, hasta el punto de que hoy los seres humanos estamos en capacidad de manipular el software mismo de la vida a través de la ingeniería genética, con consecuencias en el mediano y largo plazo que todavía no somos capaces de prever en su totalidad. Así mismo, hemos intentando, aunque sin éxito, manipular el software del clima, lo cual puede traer consecuencias desastrosas cuando sea una realidad.
  5. Hoy habitamos este planeta más de seis mil millones de seres humanos “y si el periodo de duplicación se mantiene constante, dentro de 40 años (hacia el 2.040) habrá 12.000 millones; dentro de 80, 24.000 millones; al cabo de 120 años, 48.000 millones... Sin embargo, pocos creen que la Tierra pueda dar cabida a tanta gente.”3 Por supuesto que no todos los habitantes de la Tierra ejercen el mismo impacto sobre el planeta: los llamados a sí mismos “países desarrollados” producen un impacto mucho mayor que los países del llamado Tercer Mundo, al igual que los estratos de población con mayor capacidad de consumo al interior de cada país, ejercen un impacto mucho mayor que los estratos con menores ingresos. Es decir, que no es solamente el número de individuos que habitamos este planeta lo que determina nuestra condición de plaga, sino la manera de relacionarnos entre nosotros mismos y con nuestro entorno.
  6. La cultura, que en las llamadas “comunidades primitivas”, constituía un mecanismo de “regulación ecológica” que sustituía con éxito los mecanismos naturales que controlan a las demás especies en los distintos ecosistemas, se ha convertido hoy en una de las razones que más contribuyen a nuestra condición de plaga. Para citar un solo ejemplo, digamos que, de acuerdo con la cultura predominante en el mundo, para que una especie animal o vegetal tenga derecho a existir, debe demostrar su utilidad para el ser humano, especialmente en cuanto a su aporte a la competitividad en el mercado. Esto se hace extensivo en la práctica a culturas y comunidades humanas y a hombres y mujeres como individuos: el que no “compite” en el mercado, pierde su derecho a existir.

 

 

Fenómenos como el calentamiento global y sus efectos sobre fenómenos naturales como los huracanes o los fenómenos de El Niño y La Niña pueden interpretarse de dos maneras:

 

Una, como resultados del impacto de la actividad humana sobre los mecanismos de autorregulación de la biosfera y, más concretamente, como efectos del deterioro de esos mecanismos de autorregulación por causa de la acción humana. En palabras más sencillas, podríamos decir que los seres humanos “echamos a perder” la capacidad de autorregulación de la biosfera.

 

 

Pero, por otra parte, podemos considerar que lejos de haberse deteriorado, los mecanismos de autorregulación de la biosfera se encuentran en perfecto estado y, a través de fenómenos como el calentamiento global y su impacto sobre los fenómenos naturales descritos, están actuando para deshacerse de la plaga (tesis que personalmente suscribo en este momento).

 

 

Nuestro trabajo como actores (teóricos y operativos) de la gestión del riesgo, es evitar que los fenómenos naturales, socio-naturales y antrópicos se conviertan en amenazas contra los seres humanos y, en consecuencia, evitar que den origen a riesgos y desastres. ¿Estaremos, entonces, evitando que los mecanismos de autorregulación –el sistema inmunológico- de la biosfera cumpla sus objetivos? ¿Estaremos entonces favoreciendo a la plaga?

 

 

Personalmente considero que la única ética aceptable es aquella que tiene como objetivo último la felicidad humana. Nuestro reto, entonces, es trabajar en beneficio de la felicidad humana: de la seguridad humana frente a la dinámica de la Tierra y frente a nuestra propia dinámica. Pero también, garantizar que nuestra especie no se convierta en una amenaza contra los ecosistemas. Lograr lo anterior exige partir de una posición ética que, entre otras cosas, nos exija reconocer el derecho de la naturaleza a participar en las decisiones que la afectan. Los mal llamados “desastres naturales” constituyen expresiones de la voz de la naturaleza, protestando por las malas, por no haber sido oída y atendida por las buenas en el momento de tomar las decisiones humanas.

Fuente: 

Tomado de la página web de la Campaña Bogotá con los Pies en la Tierra.

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