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AutorAdriana Segura Vásquez Experiencia periodistica1
Breve CVMédica de la Universidad Nacional, cursando actualmente la especialización en Periodismo en la Universidad de los Andes para trabajar en periodismo en salud. Ganadora del concurso de ensayos Dialogue among Civilizations de la ONU en el año 2001 y mención de honor en el Concurso de Ensayos por la Paz de la Goi Peace Foundation en el 2002.
Nombre del medioTerra.com.co
Tipo de medioInternet
Dirección del medio de publicaciónwww.terra.com.co
TemaPrueba del VIH y situación de la infección en Colombia
CiudadBogotá
Género periodísticoReportaje
PaísColombia
Sección donde se publicóTerra, salud, sexualidad
Fecha de Publicación28/11/2007
Teléfono6029898
Nombre del EditorJuan Carlos Jaimes
Correo electrónico del EditorSinopsisRealizarse la prueba del VIH es tomado por la mayoría de la gente como un evento vergonzoso y difícil. Dar testimonio de que se puede tomar sin graves consecuencias, con una mayor tranquilidad despues de conocer el resultado -sin importar cuál sea- y en un país con un alto nivel de subdiagnóstico, es esencial para estimular la realización del examen.
Copie aquí texto completoENFRENTANDO A UN ZANCUDO GIGANTE Cualquier conducta de riesgo en los diez años previos puede significar ser uno de los doscientos mil colombianos que hoy tienen el virus de inmunodeficiencia humana, VIH. No todo el que lo tiene está enfermo, y más del 70% de colombianos portadores ni siquiera lo sabe. Sin importar el resultado, para quienes nos hacemos el examen la prueba representa todo lo contrario a una condena de muerte. Una que otra canita al aire, los “cachos” que dolorosamente porté algunas veces, un par de cosas emergentes a través de dos condones rotos y el contacto accidental sin guantes con la sangre infectada de una paciente en mi época de estudiante, no habían sido razón suficiente para hacerme la prueba de VIH. Siendo médica, evadía mi prontuario con desdén y me preguntaba con un cinismo que rayaba en la estupidez: ¿Por qué habría de tener VIH? Fue en enero de este año, cuando me pinché un dedo con una lanceta olvidada en el consultorio, que tuve la motivación obligatoria para someterme al examen. No recuerdo cuándo fue la primera vez que oí hablar del SIDA –soy muy joven, me parece-, pero estoy segura de que por mucho tiempo creí que SIDA era lo mismo que VIH. En términos prácticos, al comienzo casi eran lo mismo. No había medicamentos contra el virus, y las enfermedades generadas por la falta de defensas que éste produce eran poco conocidas por los médicos. Inicialmente las personas con VIH llegaban enfermas al hospital: ya habían desarrollado el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (conocido por sus siglas, AIDS en inglés y SIDA en español). Muchos pacientes con SIDA tuvieron que morir sin saber por qué, y los primeros sobrevivientes cargaron con un pronóstico fatal. El virus apareció hace veintiséis años: es poco tiempo para derrotarlo, pero hemos aprendido bastante sobre cómo combatirlo. No existe una vacuna efectiva contra el virus, ni un método para erradicarlo, lo que convierte al VIH en un residente perpetuo en el cuerpo. Pero gracias a los medicamentos antirretrovirales se ha logrado controlar el daño que el virus puede causar en las células de defensa de los pacientes. Según el doctor Carlos Álvarez, vicepresidente de la Asociación Colombiana de Infectología, cada vez más personas con VIH tienen la opción de vivir hasta treinta o cuarenta años tomando a diario los medicamentos, pero sin desarrollar nunca el síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Incluso, muchas personas con VIH han tenido SIDA y se han curado. Por ejemplo, Marcelo Soltero, al borde de los cuarenta años, este bogotano administra un local comercial del centro y vive en un extremo de la capital. Todos los días se desplaza a su trabajo con la alegría de volver a vivir. El tratamiento lo levantó de la cama donde yacía, inmovilizado por una afección del sistema nervioso que el virus le produjo. Aunque casi todo el tiempo sonríe, una actitud severa delinea con líneas gruesas el rostro de Marcelo cuando afirma: “lo mío fue por mujeriego”. Tiene un par de sobrinos adolescentes que según dice, lo adoran. Le hacen preguntas todo el tiempo, suelen secarse con su toalla, gastar su jabón y llevarse de vez en cuando sus condones. “Me preguntan si puedo tener relaciones sexuales con una mujer que tenga lo mismo que yo, y yo les digo que cómo se les ocurre. Que por supuesto que no porque me puedo reinfectar”. Solo dos cosas han cambiado en la vida de Marcelo tras descubrir que tiene el VIH: ahora toma medicamentos juiciosamente, cada ocho horas. Y usa siempre preservativo: en parte para proteger a sus compañeras sexuales de la infección, pero también lo hace porque el virus de otra persona puede llevarlo otra vez al SIDA, pero en peores condiciones. Igual que Marcelo, el virus aprende de las experiencias y se defiende mejor. La familia de Marcelo sabe que él tiene VIH, pero sus vecinos no. Tampoco la mujer que fue su gran amor, con quien compartió sin ser fiel diez años de relaciones sexuales. Marcelo agacha la mirada para confesar con palabras rápidas que no ha tenido el valor para enterarla de su posible estado. Y por ahora descarta la posibilidad de cumplir el sueño de tener un hijo: “Yo sé que ahora no puedo –dice sonriente- pero confío en que la cura va a aparecer muy pronto”. Mientras Marcelo me hablaba de la mujer que no sabe que puede tener el virus, pensaba yo en los varios amores y aventuritas pasajeras de mi vida. Trataba de hacer un cálculo de cuántos de ellos podría ubicar en caso de tener yo misma el VIH: apenas a tres. ¿Cómo se los diría? Vinieron a mi cabeza todas las formas clandestinas, las estrategias médicas para dar malas noticias y las soluciones tecnológicas que existen para enviar un mensaje. Las personas con VIH tienen la obligación legal de informar a sus parejas en riesgo que también deben realizarse el examen. Una familia normal No todas las historias de amor terminan rotas después de saber que se tiene el virus. Esteban y su esposa tienen los dos hijos que Marcelo hubiera querido. Cuando esperaban el primero, ninguno de los dos sabía que tenían VIH, y así nació el bebé, sin tratamiento y por parto vaginal, con un 30% de probabilidades de infectarse. Con el estreno de la paternidad a cuestas, Esteban desarrolló los primeros síntomas y se realizó el examen. Como salió positivo, su esposa se hizo la prueba. “No sabemos cuál de los dos infectó al otro”, dice. El segundo hijo de Esteban nació bajo condiciones médicas controladas. Cesárea, medicamentos y cero lactancia materna, disminuyen al 8% el riesgo de infección del bebé. A pesar de que en el mundo cada día 1800 recién nacidos contraen el virus, ninguno de los niños de Esteban porta el VIH. Tampoco saben que sus papás lo tienen. El comienzo de la vida con VIH fue difícil. “Había mucho tabú por esa época: los médicos pensaban que el paciente se moría. El médico me aconsejó que disfrutara mis últimos años, como cargándome el cajón de una vez”. Han pasado doce años. A ninguno de los dos le ha dado SIDA, pero los riñones de Esteban se lesionaron con uno de los medicamentos. Bajo esa vieja concepción de que el VIH es lo mismo que la muerte, el riesgo quirúrgico y el costo médico de un trasplante tendrían poco sentido. Pero las cosas han cambiado mucho y este año Esteban se convirtió en el primer paciente con VIH que recibe un trasplante de riñón en Colombia. Espera, en el anonimato, vivir muchos años al lado de su esposa y ver crecer a sus hijos. Miedo a las agujas Ni Esteban ni Marcelo le tienen miedo a las agujas, pero yo si. Simpatizo con las enfermeras, pero cuando alguna me va a chuzar me parece un enorme zancudo blanco que se frota las patas y zumba palabras suaves para tranquilizarme. El piquete de la aguja duele un poco, y mientras uno trata de vadear el mar de sobresaltos que le inunda la cabeza, la enfermera revuelve más las aguas anunciando que el reporte estará listo al día siguiente. El doctor Álvarez afirma que el proceso en el laboratorio puede tomar unas pocas horas. En mi caso, las dos veces que me hice la prueba, fue un día completo el que tuve que esperar para obtener el reporte. Repetir la prueba es una conducta que el médico ordena con frecuencia, para verificar el resultado de la primera muestra. El reporte llega a manos de su dueño en un sobre, y siempre requiere de un consejero con quien interpretarlo, más allá del resultado positivo o negativo. La consejería, antes y después de realizar la prueba también es obligatoria en nuestro país, pero cuando fui al laboratorio Andrade Narváez para repetir el examen en octubre de este año, no la obtuve. El espacio de la consejería es indispensable para resolver las dudas y obtener un respaldo emocional al momento de realizar el examen. Lilia y María son, respectivamente, la psicóloga y la trabajadora social de la Fundación Eudes. Ellas hacen la consejería para la prueba del VIH desde hace varios años, y afirman que muchas personas -incluyendo algunas entre los profesionales de salud- ignoran aspectos básicos, tanto del SIDA como del VIH. “Acompañamos a nuestros pacientes en la hospitalización y hemos visto a médicos hablándoles con temor desde la puerta de la habitación”, dice María clavando en uno sus ojos, verdes que dan sed. Y Lilia ejemplifica con ternura: “Hace poco nos llamaron de fuera de Bogotá, era una familia que quería saber cómo internar a un muchacho porque le había salido positiva la prueba del VIH. Le pregunté a estas personas cómo estaba el muchacho, y ellas me dijeron que se sentía perfectamente”. Si fuera necesario internar a todas las personas con VIH que hay en Colombia se necesitaría una institución con doscientas mil camas, y debido a que más del 70% de estas personas no sabe que tiene el virus, la cifra sigue creciendo desproporcionadamente. Además, la última publicación de consenso de los expertos colombianos, “Infección por VIH- SIDA en Colombia, Estado del Arte 2000- 2005” en la que participó el Ministerio de Protección Social, calculaba que para el año 2010 el número estimado de casos en nuestro país podría pasar de 800 mil personas, de los cuales cerca de dieciséis mil corresponderían a menores de quince años de edad. Esto significa que apenas dentro de tres años, al menos uno de cada setenta colombianos tendrá el VIH. De todas formas, Colombia cuenta con un avanzado marco legislativo que está mejorando las condiciones en que las personas infectadas viven. La discriminación no ha cesado, por lo cual Marcelo y Esteban usan su derecho al anonimato y pidieron cambiar sus nombres. Pero ambos reconocen que el costo de su tratamiento es asumido por las EPS, y que la mayoría de medicamentos está cobijada en el Plan Obligatorio de Salud. Abrir el sobre y ver el reporte han sido uno de los momentos más angustiantes de mi vida. Como muchas de las personas con quienes convivimos todos los días, yo también me reservo el resultado. Se necesita valor para realizar la prueba y para tomar decisiones respecto a cómo cuidarse. Desde esa perspectiva, hacerse el examen implica una satisfacción a nivel personal que siempre ayuda y que aumenta las posibilidades de seguir viviendo sano, con o sin VIH. Puesto en el sitio CILA - Noviembre 28 2007 Última Actualización - Noviembre 29 2007 |