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Autor

Luis Enrique Duarte

Experiencia periodistica

14

Breve CV

Sus primeras publicaciones como estudiante fueron en Barricada, desde 1996 escribe para La Prensa como reportero de planta o colaborador. Estudió periodismo en la Universidad Centroamericana de Managua, con énfasis en prensa escrita y en la Universidad Libre de Berlín Ciencias de la Comunicación con énfasis en Periodismo y Estudios Latinoamericanos.

Nombre del medio

Magazine/La Prensa

Tipo de medio

Revista

Dirección del medio de publicación

Km. 4 1/2 Carretera Norte

Tema

Prueba de VIH

Ciudad

Managua

Género periodístico

Reportaje

País

Nicaragua

Sección donde se publicó

Reportaje

Fecha de Publicación

14/10/2007

Teléfono

++505 2556767

Nombre del Editor

Fabián Medina

Correo electrónico del Editor

Sinopsis

Una mujer pasó seis años creyendo tener el mortal VIH y sufriendo la discriminación. Al conocer la verdad revela las deficiencias increíbles del sistema de salud, el maltrato a los portadores y la poca información que aún tienen los nicaragüenses sobre el SIDA

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VIH negativo

El hospital Victoria Motta de Jinotega le debe el nombre a una maestra jinotegana de mediados del siglo XX que para el cuidado de los enfermos pidió el galerón de una fábrica de aguardiente estatal abandonada después de caer en banca rota.

Jinotega no tenía donde cuidar a sus enfermos, por eso Motta fue de casa en casa por todo el pueblo y visitó a cada benefactor posible para comprar tijeras y acomodar a los primeros pacientes en la galera de la antigua destiladora. Tomó fotos de los primeros pacientes para que la Junta Beneficiaria se conmoviera y donara la propiedad.

Al edificio original se le agregaron después nuevos pabellones, pero la fábrica de aguardiente en forma de ele se conserva intacta en una esquina del centro de Jinotega. Es uno de los pocos edificios antiguos con cierto aire de “aquellos tiempos pasados” y se puede ver de vez en cuando su imagen en las artesanías que se hacen para los turistas nacionales y extranjeros que de pronto aparecen y se hospedan en uno de esos tantos hoteles inaugurados en la última década.

Es un hospital amplio de varios corredores que unen la encrucijada de pabellones, entre ellos los de Neonatología, Pediatría, Labor y Parto. Josefa Rivera señala con la boca y dice “ahí” con aires de dolor. Luego se aparta porque pasa alguien con una camilla rodante que casi estrella con todo y paciente contra un barril colocado bajo una gotera.

La puerta señalada es la “sala de infectados”. Ahí estuvo ella recluida hace seis años pocas horas después de alumbrar su quinta hija, cuando alguien dijo que tendría como máximo ocho años de vida.

En el segundo piso del edificio principal, frente a las oficinas del director y subdirector hay una placa conmemorativa donde se lee “Hospital Victoria Motta amigo de la niñez y de la madre”.

Adrián Salinas fue nombrado director del hospital un par de años después del suceso y explica que en este caso como en todos, sólo puede orientarse a lo escrito en el expediente clínico de la paciente y ahí no hay ninguna prueba del contagio con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH).

Tal examen nunca existió, asegura el galeno y de todos modos la identidad de los afectados es secreta, por eso defiende al personal médico que el seis de enero del 2002 no quiso atender a la mujer por miedo a contagiarse y la dejó sola durante el parto y post-parto.

--¿Por qué pasaron seis años y nadie del hospital le dijo que estaba sana?

--No tuvo contacto con nosotros. Aquí las puertas están abiertas.

--Le negaron esterilizarla días después de alumbrar y tuvo que ir a Profamilia donde tampoco la aceptaron. Mientras dos personas de este hospital que eran de su total confianza le informaron a ella y su familia que estaba enferma.

--Si ella menciona personas, tendrá sus razones. Aquí entra cualquiera. Nosotros no manejamos información de los pacientes con SIDA, el único que podría saberlo es el director de epidemiología-- afirma el director del hospital.

Mayling Castro, es la enfermera que recibió a Rivera cuando llegó con contracciones de parto a las tres de la mañana del seis de enero del 2002. Ella abrió el expediente como era correspondiente y dice que en el hospital le rechazaron su esterilización porque no quiso hacerse la prueba de enfermedades venéreas.

Castro y Rivera son primas, miembros de una familia numerosa muy conocida en Jinotega. “Pueblo chiquito, infierno grande”. Ambas familias viven casi frente a frente en el barrio Benjamín Zeledón desde hace tres años y anteriormente también eran vecinos en el 20 de Mayo.

Aunque la madre de Rivera prefiere no hablar con los periodistas, testificó al Ministerio Público y es el principal soporte legal de su hija en este caso porque habló con su sobrina en enero del 2002 para preguntarle si era cierto que había una prueba positiva.

--¿Le dijiste que tenía SIDA?

--Yo le dije ‘lo ignoro tía, si usted está dudosa hable con ella, que se lo haga (la prueba del VIH), yo como enfermera me lo hago cada año porque uno no sabe que trae un paciente’-- afirma Castro.

Marjourie Rivera también afirma “vino mi prima y me contó, después lo fue declarando a todo el pueblo”. Después de enterarse de los rumores sobre Josefa Rivera, los padres le dijeron que si era mentira le pagarían un abogado, pero si era cierto, era mejor que se fuera para que no contaminara al resto de la familia.

Josefa Rivera salió a pedir posada, pero ningún pariente quiso darle albergue por su enfermedad.

 --Fue donde una tía para que la hospedara y le dijo que con mucho gusto le daba comida, pero posada no, por la vida que llevaba ella. Tal vez la familia no la quería por sus antecedentes-- asegura su prima Mayling Castro.

--¿Antecedentes policiales?

--Me refiero a los factores de riesgo, tenía cinco niños y tres (de ellos) prematuros, múltiples parejas…

Castro ha negado a todos los medios entrevistas, pero sobre su prima dijo a Magazine que “debería hacerse un test social, aquí en Jinotega muchos la conocen, es la madre de cinco hijos que no preguntan qué comen o visten. Quien los cuida es su madre con cáncer”.

--¿Por qué no le dijo que no tenía nada en seis años? --Somos distantes, tengo mi trabajo, hijos, poco tiempo. Tenía tres niños en esa época. Yo tampoco oí decir que ella tenía esa enfermedad, sino, una depresión post-parto por lo que buscó a una sicóloga-- asegura Castro.

Algunas personas recuerdan a Josefa “La Chepa” Rivera en su época alegre cuando bailaba y tomaba. Eso se acabó cuando le anunciaron su muerte. Jinotega es una ciudad-pueblo de apenas 51 mil habitantes y las mujeres que se dan ciertas licencias son presas fáciles de una cultura conservadora, especialmente cuando son madres jóvenes.

“Aquí en Jinotega siempre que alguien con conducta de riesgo sale enfermo, se maneja que tiene SIDA”, dice Iván Jarquín, director de Profamilia en Jinotega y agrega: “(Josefa Rivera) era una muchacha con comportamiento de riesgo”.

El primer portador detectado en la ciudad fue de un señor “Socorro” que murió hace algunos años y provenía de Honduras. Con él tuvieron que hacer “un trabajo detectivesco” entre el jefe de la policía, el SILAIS y un sicólogo, quienes prácticamente lo sentaron e incriminaron para que se dejara controlar, reveló Jarquín.

Pero Rivera nunca tuvo el virus en su sangre, aunque sí los síntomas al ser víctima de las especulaciones y los mitos que tiene el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). Perdió mucho peso, tuvo depresiones y se le caía el pelo. Desde que supo que no tenía nada, Rivera aumentó 20 libras.

El vuelco de sus seis años de penurias fue prácticamente casual, en mayo de este año comenzó a sentirse extremadamente mal y tuvo depresiones, entonces inició una fiebre que parecía anunciarle la fase final de “su enfermedad”.

Su sicóloga Martha Zúñiga, con quien había tenido terapias post-parto, le había dicho que en la etapa terminal del SIDA necesitaba estar bajo tratamiento médico constante, le dijo también que tendría unos ocho años de vida.

Nunca tomó los medicamentos porque significaba entrar al mundo del SIDA por completo y prefería esperar sola a la muerte. Cuando pensó que su hora llegaba tuvo miedo de tener una muerte dolorosa y acudió a la sicóloga privada Aura Lydón, que trabajaba también en Profamilia para que le recomendara una institución que le ayudara con el tratamiento.

La sicóloga le pidió la prueba por cuestiones burocráticas, porque sin comprobante no podría acceder a los fármacos que son muy fuertes. Rivera espero seis semanas para coger valor e ir a un laboratorio privado. Dejó que le hicieran la prueba en la mañana y por la tarde recogió el resultado.

Pensó que todo estaba en orden dada las circunstancias, efectivamente tenía “sangre venenosa”, pero el resultado en realidad decía “sangre venosa: pruebas VIH 1 y 2, negativas”. Rivera leyó esta última parte de nuevo y como no entendió regresó al laboratorio para que le explicaran, allá la recibió la jefa del laboratorio sonriente y le preguntó por qué no estaba feliz por el resultado. “Pero si dice que tengo la sangre venenosa”, le respondió.

Rivera y su familia se había acostumbrado a convivir con el VIH. Nadie podía tocar sus cosas, siempre caminaba con una botella de plástico para tomar agua, tenía sus artículos personales separados y lavaban su ropa con ácido.

Sus clientes rechazaban sus pastelitos porque la noticia de su enfermedad se divulgó como pólvora en toda la ciudad y cuando sus padres le pidieron que se fuera y dejara a sus cinco hijos a su cuidado, empezó a vivir de la caridad de amigos que le regalaban leche para sus niños, mientras una vecina amamantaba al bebé recién nacido porque tenía la esperanza de que no tuviera el virus.

Se fue a Managua donde nadie la conocía y trabajó como empleada doméstica hasta que su padre enfermó, a su madre le descubrieron un cáncer de mama y uno de sus hermanos murió de cirrosis.

En estos seis años ha tenido dos parejas. Su primer compañero la abandonó por temor a ser contagiado, pero declarará en el juicio contra el personal médico porque a él le dijeron que Rivera tenía SIDA, pero su segunda pareja convive con ella en Jinotega.

--¿Supuestamente tenías SIDA, lo sabían?

--Lo negué por miedo...

--¿Y tenías sexo con ellos?

--Siempre protegida.

Son las tres de la mañana. El frío matinal es por ahora irrelevante. La “Chepa” Rivera sólo quiere reventar. Ve a su prima Mayling Castro quien le pide aprovechar los exámenes del laboratorio y dar la muestra de orina y sangre para la del SIDA. “Y por qué no te la hacés vos”, le responde. En el expediente quedó escrito que le recomendaron hacerse la prueba del VIH, pero que no lo hicieron.

Pese a los improperios que le gritó Rivera a su prima enfermera, le pinchó un dedo con una muestra de sangre. “Ahora que me he hecho dos pruebas me doy cuenta que es un montón de sangre que le sacan a uno para eso”, expresa.

Dos horas después de su ingreso reventó la placenta mientras la doctora se estaba vistiendo y atendía una llamada, al parecer interna. Según Rivera, desde ese momento no fue tocada por ningún miembro del personal.

“Sentí que tenía al niño entre las piernas y me arrimé a la cama. Metí la mano para que la niña no se cayera, entonces me subí a la cama y me desmayé”.

Cuando volvió en sí, Rivera recuerda que la sangre estaba seca y sólo la enfermera Julieta Luna quiso limpiarla. “Ellos (el personal) llegaban, me miraban y se iban”, hasta que la llevaron a la sala de infestados, donde sólo estaban ella y una mujer tuberculosa.

Su hija estaba en el neonato y no la vio hasta el tercer día. Suponía que todo se trataba del examen de SIDA y “ese era el trato que se merecía” por estar contagiada.

Se fue irritada del hospital cuando un médico le sugirió hacerle una prueba de enfermedades venéreas a su recién nacida. Posteriormente, Mayling Castro llegó a la casa de su familia y les dijo que el examen de Rivera era positivo, reveló Marjourie Rivera.

Cinco días después la sicóloga que la atendió en el SILAIS cuando tuvo partos prematuros le pidió que llegara a su consultorio para informarle algo importante.

--Tenés SIDA y te vas a morir-- le dijo Zúniga, quien supuestamente tenía la prueba por autorización de un familiar.

--¡Dígame que es mentira, que sólo es una broma pesada!

--No. Es cierto, te vas a morir. Tenés que asumir las irresponsabilidades de tus actos.

--¿Y cuánto me queda de vida?

--Podés vivir ocho años en caso que no tengás enfermedades venéreas, sino, podrás durar seis años.

Las alternativas que le ofreció Zúniga en ese diálogo sin testigos fueron: Tomar tratamientos gratuitos de la organización Xochiquetzal, leer un libro sobre los estados de la enfermedad, sólo relacionarse con enfermos, igual sexualmente, no tener contacto con sus hijos porque con su muerte iban a sufrir más y morir en un albergue en Managua donde estaban los recluidos en el estadio terminal de SIDA.

También le pidió a Rivera el nombre de los hombres con quienes había tenido relaciones sexuales, “porque era exigido”. Ella le confesó todo.

--Lo que no me explico es por qué tardó tanto tiempo para hacerse una prueba-- dice Iván Jarquín, de Profamilia en Jinotega que ha seguido por los medios el tema. Marjourie Rivera responde que “debió ser horrible” hacerlo, especialmente cuando su hermana estaba sola. La fiscal departamental Ana Isabel Sequeira considera que ocurre lo mismo con las víctimas de violación que no acuden a denunciar los delitos de inmediato. “Esa es una respuesta sicológica”.

Lo preocupante del caso es la falta de conocimiento del personal médico sobre las leyes de protección a las personas con VIH dispuestas desde 1996, explica Sequeira.

Tres personas de extrema confianza le dieron un veredicto de muerte y violentaron sus derechos como persona, pero también la ley de protección a los enfermos con SIDA, asegura Rivera: Su prima Mayling Castro fue la enfermera que la atendió y tomó la supuesta prueba de sangre que no está en los registros del hospital; la doctora Amelia Membreño que supuestamente se negó a atenderla y dejó que pariera a su hija menor de pie apoyada en una cama de Labor y Parto; y su sicóloga personal, Martha Zúniga que aconsejó alejarse de su familia, del pueblo y relacionarse sólo con portadores del virus.

Castro trabaja aún como enfermera en el hospital donde tiene 22 años al servicio. Asevera que su prima tenía características de una persona de alto riesgo por referencias conocidas como sus múltiples parejas, bajo nivel educativo, partos numerosos y prematuros.

Con su ex sicóloga es difícil hablar actualmente, se le ve muy poco en la ciudad y alguien se aventuró a decir que está en estado depresivo. Al buscarla en su trabajo en el centro de salud, tenía más de una semana de estar ausente y en su casa la madre afirmó primero que no estaba en el país, pero luego corrigió y dijo que estaba fuera de Jinotega.

Las únicas declaraciones que han dado a los medios la sicóloga y la médico que atendieron a Rivera después del parto fueron publicadas hace más de un mes en El Nuevo Diario, ambas negaban haberle dicho alguna vez a Rivera o alguien de su familia que tuviera SIDA, pero Rivera también negó todo el tiempo tener la enfermedad, explica su hermana Marjourie Rivera.

--¿Entonces cómo lo supo todo el pueblo?

--Al día siguiente (del parto) vino mi mamá llorando y dijo que quería ir donde Mayling para que me diga cómo es eso que “La Chepa” tiene SIDA. Se supone que el hospital 40 días después mandó una carta a Profamilia para decir que no la operaran (esterilizaran) por ese motivo.

¿Pero cuál fue el motivo real para inventar una cosa así? Entre las implicadas en este drama no existían disputas personales, por el contrario, Rivera tenía una relación formal de primos y vecinos con la enfermera Castro, mientras la sicóloga Martha Zúniga fue su terapista durante diferentes crisis post-parto, era prácticamente su confidente y había cultivado con ella una intimidad hasta el grado de amistad.

Versiones que circulan en Jinotega hablan de un error en la prueba, un examen de alguien que tiene la enfermedad y se confundió, pero también sostienen que fue un juicio por el comportamiento de esta madre o por celos.

--Vos tenías un novio que les gustaba o estabas con el marido de alguna.

--No, absolutamente-- dice Rivera algo sorprendida.

Quizá la querían matar del sufrimiento o del impacto, afirma Marjourie Rivera, pero Mayling Castro considera que su prima más bien se asustó al escuchar que le recomendaron un examen de VIH y creyó que le estaban diagnosticando la enfermedad. La fiscal Sequeira asegura que un motivo no es necesario, porque no justificaría un delito, en este caso, las lesiones sicológicas.

Josefa Rivera piensa que nada en su vida excusa una mentira de tantos años, aunque hubiera sido una prostituta “nadie tenía derecho de hacerme algo así”.


Puesto en el sitio CILA - Noviembre 23 2007
Última Actualización - Noviembre 23 2007

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