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Autor

Elizabeth Reyes Le Paliscot

Experiencia periodistica

7

Breve CV

Desde 1999 trabajo en prensa escrita en el periódico Vanguardia Liberal. Al año me nombran coordinadora de una separata dedicada a temas culturales. En el 2003 me traslado a Bogotá y trabajo haciendo prensa sobre exposiciones de arte y colaborando ocasionalmente para el diario El Tiempo. También trabajo con la Editorial Escuelas del Futuro como autora de textos escolares. Regreso a Bucaramanga y actualmente coordino en Vanguardia Liberal una separata dedicada a la crónica y el reportaje.

Nombre del medio

Vanguardia Liberal

Tipo de medio

Prensa

Dirección del medio de publicación

Calle 34#13-42

Tema

Alcoholismo juvenil

Ciudad

Bucaramanga

Género periodístico

Crónica

Sección donde se publicó

Séptimo Día

Teléfono

57-7-6800700 Ext.1190

Nombre del Editor

Sebastian Hiller

Correo electrónico del Editor

Sinopsis

Es la historia, escrita en primera persona, de un joven de 18 años que inició a consumir alcohol desde los 11, influenciado por sus familiares. La historia deja ver la destrucción de la vida del joven y la de su familia hasta que los resultados de un encefalograma le cambiaron la vida. El texto se enmarca en las preocupantes cifras de a lcoholismo en los jóvenes de la ciudad de Bucaramanga, Colombia.

Copie aquí texto completo

Un niño de borrachera en borrachera El consumo de alcohol entre los jóvenes va en aumento. Y como para la mayoría de los colombianos es un hábito aceptado, la sociedad se pone de espaldas frente a las graves complicaciones médicas que genera el alcoholismo, incluso desde edades tempranas. En los estratos altos, un niño o adolescente que sufre esta enfermedad, raramente recibe ayuda en medio del temor de sus padres a que se descubra el problema. Por ELIZABETH REYES LE PALISCOT VANGUARDIA LIBERAL Julian* tiene dos horas libres antes de la siguiente clase en la universidad. Llega sudando pero decidido a contar la historia de su problema de alcoholismo. Luego de ocho años de andar de borrachera en borrachera, hace mes y medio los resultados de un encefalograma le cambiaron la vida. Desde ese día no se toma ni un solo trago. Poco a poco ha disminuido esa tristeza que lo invadía, se han borrado su
s enormes ojeras y ha empezado a subir de peso. Empecé a tomar desde los once años,porque en las reuniones familiares mis tíos siempre me decían: usted es mi sobrino, todo un varón. Me ofrecían cervezas y yo me las tomaba. Siempre lo hacía con mis tíos y luego, cuando cumplí los 13, empecé a hacerlo con mis amigos del colegio. Nos emborrachábamos con nada. Mi primera borrachera fue a los doce años. Estaba en el club con unos amigos y cada uno se tomó cinco cervezas. Nos reíamos por todo, eso es lo único que recuerdo. Al otro día, mis papás simplemente me dijeron: El niño tiene guayabo, ya está creciendo. Yo sentí como si me lo hubieran celebrado. Mi papá también tomaba pero le tocó dejar el alcohol porque se enfermó de la vesícula. En cambio, mis tíos… ellos sí que eran alcohólicos. Mi hermano mayor, que me lleva cuatro años, también empezó a tomar por esa época. Lo veía grande y yo también quería ser grande, quería tomar como él. Mi pap
á iba seguido a Venezuela y traía petacos de cerveza que yo poco a poco iba desocupando. Nunca se daban cuenta porque como era el niño de la casa, estaba protegido contra cualquier acusación. Ahora que lo pienso, así fue como empecé a robar. Recuerdo mucho el grado de colegio de mi hermano. Ese día sobraron muchas botellas de whisky que yo fui cogiendo poco a poco. Era tanta la ansiedad que tenía de tomar, que no me importaba robármelas. Después me to-có empezar a empeñar cadenas y relojes porque no me alcanzaba la plata que me daban para tomar todo lo que quería. Mis amigos y yo éramos niños bien y fue muy duro decidir meternos al centro a empeñar una cadena. Como no teníamos cédula, buscábamos a un adulto para que nos hiciera el favor de empeñar las cadenas y de comprar el trago en Sanandresito. Por trago vendimos la ropa y hasta los libros del colegio. Las lagunas Con mis amigos empezamos a jugar en casinos donde nos regalaban cerveza. Las hora
s se nos iban echándole monedas a las máquinas. También robábamos para poder jugar. Entonces empecé a tener muchas lagunas: me emborrachaba, peleaba, insultaba a todo el mundo y llegaba a mi casa a romper vidrios y espejos. Cuando me levantaba estaba cortado y ensangrentado y no sabía porqué. A veces llegaba en bóxer a la casa y ni siquiera me acordaba de si me habían robado o si era que yo mismo había empeñado las cosas para tomar más licor. Hasta me echaron del colegio por un robo que hice. Me tocó meterme en un colegio donde los jóvenes eran de otro ambiente y me la montaban de ‘gomelo’ porque llegaba en carro. Allá me pegaron y se burlaron de mí, pero aprendí mucho porque empecé a valorar las cosas que tenía. Cambie un poco, pero luego terminé en otro colegio de ‘gomelos’ y ahí si fue la tapa. Robaba a mis propios amigos. Me quedaba en sus casas y mientras ellos se iban a bañar, yo miraba qué me podía sacar. Ya no respetaba condición. Estaba
perdido en el alcohol y cuando entré a la universidad la cosa se complicó mucho más. Empecé a juntarme con guajiros que me invitaban a ‘mamar’ ron. Tomé todos los días durante seis meses, perdí el semestre, a mi novia y la confianza de mis papás. Tomaba lo que fuera y mezclaba lo que fuera. El más aguantador Vino una época en que tomaba tanto que no me emborracha con nada. Me alcanzaba a tomar un litro de whisky yo solo y no me emborrachaba. Entonces me sentía invencible y quería tomar más y más. El guayabo ya no era el típico dolor de cabeza, luego se convirtió en una sensación de tristeza, en sentimiento de culpa por haberla embarrado y encima de todo, de no acor-darme de nada. Me sentaba frente al computador, llenaba un vaso con alcohol y hasta desayunaba con los ‘cunchos’ que me quedaban de la noche anterior. Mis papás me miraban con desilusión. Entonces lo que yo hacía era irme de la casa desde temprano y ponerme a tomar. A mí ya no me i
mportaba nada. Mi cara empezó a parecerse a la de un viejo y bajé 16 kilos. En la calle, borracho, me agarraba a pelear por robarle el trago a la misma gente que estaba conmigo. Los provocaba, empezaba ha cogerle la cola a las novias de mis amigos y le pegaba correazos al que se me atravesara. Hasta con la Policía me metí: les rompía los radioteléfonos, amanecía en cualquier CAI y hasta ter-miné apuñalado. Mis amigos empezaron a alejarse, me decían que los estaba ‘curtiendo’. Sin importarme me fui a otros barrios a buscar amigos que fueran como yo. Sentía que sin el alcohol no era nadie. Y es que en las fiestas yo no recuerdo cómo era bailar bueno y sano; siempre lo hacía borracho. Me volví tímido, me sentía como chiquito y apenado por todo. Enfrentar el problema Llegó el momento en que mis papás decidieron que me iban a internar para desintoxicarme. La fecha era el 24 de diciembre pasado. Mi mamá me propuso que si era capaz de controlarme durant
e las fiestas, ella intercedía para que no me fuera. Yo me controlé delante de ellos, pero por detrás me tomaba mis tragos. Y como creía que ya no me iba, decidí celebrar el 3 de enero. Fue tanta la borrachera que llamaron a mi mamá porque yo andaba como un loco gritando por las calles. Un médico nos sugirió que me hiciera un encefalograma, porque mis comportamientos no eran normales. Incluso en una ocasión tuve un intento de epilepsia, pero no le pusimos cuidado. Yo me sentía con corazón de hierro y por eso acepté. Los resultados decían que tenía disritmia cerebral (alteración eléctrica que puede provocar convulsiones), causada por el alcohol. El médico me dijo que no era el fin del mundo, pero que por ningún motivo podía volver a tomarme un solo trago en toda mi vida. Usted se puede morir, me decía el médico mientras se me aguaban los ojos. Así que era yo o yo el que tenía que salir del hueco. Julián toma una droga que lo ayuda con la disritmia cere
bral. No ha vuelto a sus andanzas. Ahora cuando mira a sus amigos borrachos, se siente ridículo de sólo pensar en cómo se comportaba. Los monta en un taxi y los manda para la casa. Antes pensaba que no valía ni un peso, ahora ha descubierto que voluntad es lo que le sobra. *Nombre cambiado por petición del protagonista. Aumenta el consumo * Según el Fondo Nacional de Prevención Vial, en un informe que presentó este mes bajo la asesoría de la Corporación Nuevos Rumbos: El 82% de los jóvenes universitarios y el 56% de los alumnos de colegio, se han emborrachado alguna vez. Los jóvenes toman 7.5 tragos en promedio y la cerveza es el licor que más consumen los jóvenes. Le siguen el aguardiente y el ron. * Según un análisis del Centro de Investigación y Gestión del Riesgo, CINGER, que realizó bajo el auspicio del Fondo Nacional de Estupefacientes en el 2005: 46 de cada 100 estudiantes de la capital santandereana ha probado el alcohol. Los jóvenes de Bu
caramanga, Barrancabermeja y San Gil, comienzan a consumir alcohol entre los 10 y los 14 años. * La Secretaría de Salud de Bucaramanga, según un estudio de Consumo de Sustancias Psicoactivas en la población escolar, estableció que en el último año, la población rural tuvo una prevalencia del consumo de alcohol en un 15.91%, frente al 11.33% de los estudiantes urbanos. Pasos del alcohólico El psiquiatra Germán Duarte Hernández, explica en fases, el duro camino que recorre el alcohólico. 1. Fase prealcohólica: La persona afirma con orgullo que se volvió fuerte para beber porque no se em-briaga fácilmente, a pesar de que toma en exceso. Esto se debe al fenómeno de tolerancia que desarrolla hacia la bebida. 2. Fase sicosomática: Aparecen las lagunas alcohólicas. La persona no recuerda nada de lo que ha hecho cuando está embriagada. 3. Fase crítica: La persona es incapaz de dejar de beber, aunque quiera hacerlo. Pierde el control sobre el licor. 4. Fas
e crónica: El alcohólico ingiere alcohol desde la mañana y durante todo el día. Permanece embriagado varios días, semanas, meses y a veces años. Se deteriora física, psíquica, económica y socialmente.


Puesto en el sitio CILA - Febrero 02 2006
Última Actualización - Octubre 09 2007

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