Historias detrás del positivo.
Día Mundial de Lucha contra el Sida Ramón tiene 38 años, es desocupado y a simple vista parece una persona sana. Sus manos ásperas delata
n años de trabajo como electricista, oficio que debió dejar cuando, a los 24, comenzó un raid por distintos penales bonaerenses con un delito de robo calificado impreso en su legajo. La primera sospecha sobre su enfermedad se disparó cuando puso un pie en la Unidad N°1 de La Plata. Un examen de rutina le dio dudoso y, a partir de ahí, el fantasma del VIH empezó a sobrevolar sus largos días. La confirmación llegó en el 93, cuando recuperó su libertad. Adentro no viví tanto la paranoia social que había sobre el Sida, pero cuando salí me encontré con el problema: muchos de mis amigos habían muerto porque no tuvieron acceso a los medicamentos, explica. El VIH había dejado de ser una sospecha. Su pareja, embarazada de una beba, tenía el test positivo en su mano. Unos meses después, ella moría, la chiquita (que presume sana) fue adoptada por sus abuelos y jamás volvió a verla. Ramón era portador del virus, pero nunca conoció las causas del contagi
o. Pudo haber sido por usar drogas, por mantener relaciones sexuales... no sé, eso nunca se sabe del todo, evalúa. Me enfermé mal, dice Ramón, y relata esos días en los que perdió la vista por completo, en que no podía caminar, tenía cirrosis y una hepatitis muy avanzada. Había dos opciones, o tirarme y lamentarme o reconocer que estaba vivo y que podía hacer un montón de cosas, cuenta, y asegura que, por algún motivo, pudo volver a proyectar su vida. Mi decisión fue dar la cara y hacerme cargo de mi patología, explica. Hace cuatro años que está en pareja y, desde hace ocho, trabaja en la prevención del virus VIH Sida especialmente con usuarios y ex usuarios de drogas. Su tratamiento consiste en un cóctel de 15 pastillas diarias que comenzó a tomar hace doce años y que deberá consumir de por vida. Me acostumbré y las adecué a mi vida cotidiana: son tres tomas, dos veces por día, comenta. La medicación la provee en forma gratuita e
l ministerio de Salud de la Nación. En general no tienen problemas en la entrega, aunque hubo épocas donde tuvo que pelear para obtener el cóctel específico. Ramón espera que nunca se termine ese suministro, de lo contrario jamás podría acceder a esas pastillas: su único ingreso mensual, de 150 pesos, es el que percibe su mujer por cuidar a su suegro. A pesar de esto, debería percibir una pensión por discapacidad. Ahora quiero trabajar y seguramente agarraría cualquier laburo que otro despreciaría, remarca. Miguel tiene 43 años, es casado, separado, y hoy tiene tres hijos adolescentes a cargo. Su casita de la localidad de Moreno no tiene más ingresos mensuales que las magras sumas dejadas por changas de albañilería. Hace cuatro meses le dieron de baja de un plan social por falta de asistencia, pero él explica que tres años atrás había presentado carpeta médica porque convive con el VIH. Los primeros síntomas llegaron en el año 98. Mucho desga
no, cansancio físico y poco rendimiento al hacer las tareas de barrido, limpieza y mantenimiento que le exigía el plan social. Dice que cuando el análisis le dio positivo sintió una esperanza, porque ya empezaban los retrovirales y había posibilidades de prolongación de vida. La historia no fue igual para sus dos hermanos que murieron a los 25 y a los 34 como consecuencia del Sida. Ellos no tuvieron acceso a los cócteles de pastillas. Ésa es una razón. Pero el problema del más chico pasaba más por la cabeza que por la medicación: esta enfermedad te come por el tema del pensamiento y la depresión, que te baja las defensas, explica. Cuando Miguel tuvo el análisis se lo dijo a sus hijos -que hoy tienen 12, 14 y 16- y asegura que encontró el apoyo que buscaba. Sin embargo su vida cotidiana cambió radicalmente. Se suspendieron las trasnochadas y empezó a probar la alimentación sana. Todo esto condimentado con un cóctel de 13 pastillas que intercala con
las comidas. La enfermedad te sensibiliza un poco, disfrutás cada segundo de la vida y agradecés el hecho de levantarte, grafica. Él tampoco identifica en qué momento se contagió el VIH, pero se lo atribuye todo a la falta de información. Por eso ahora colabora con la difusión y la prevención primaria y secundaria de la enfermedad. Hoy se siente bien y dice que su misión es cambiarle la cabeza a la gente. Queremos que cuando alguien vea a una persona infectada no piense que es un puto o un drogadicto, finaliza.