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Teorías del desarrollo a principios del siglo XXI

Por dheimann
Creado 2003-05-30 00:00

Por: Amartya Sen

Catedrático universitario de Lamont y profesor de economía y filosofía de la Universidad de Harvard.


La evolución de las ideas no sigue el curso de los siglos. Es más, en el transcurso del siglo XX hemos presenciado cambios radicales en lo que a teoría del desarrollo se refiere.

Ni siquiera es indispensable definir los siglos de acuerdo con la clasificación del calendario, de cero a noventa y nueve. En su célebre discurso del 8 de mayo de 1942, Henry Wallace afirmaba que "el siglo que estamos por vivir puede y debe ser el siglo del hombre corriente", pero no hablaba del siglo XX o del XXI. El hecho conocido de que nos hallamos en los años postreros del siglo XX no significa que éste sea necesariamente tiempo de revisión; y esto es igualmente válido para la propuesta de reevaluación de nuestra teoría del desarrollo.


Y a pesar de todo, la coyuntura actual nos proporciona un momento idóneo para replantear la cuestión, por lo que la tarea que me ha sido asignada me parece muy apropiada. Desde que surgiera por vez primera la cuestión del "desarrollo" al término de la segunda guerra mundial, han tenido lugar muchos cambios tanto en el ámbito de la experiencia como en el de la teoría del desarrollo. Algunos sucesos recientes han justificado el replanteamiento, evaluación o revisión de nuestras primeras observaciones acerca de la naturaleza del desarrollo económico y social. Las conclusiones que extrajimos entonces nos conducen ahora a nuevas reflexiones. Este es un momento tan bueno como cualquier otro para preguntarnos qué dirección está tomando la teoría del desarrollo.


La experiencia y sus enseñanzas


En el mundo de la posguerra se dieron "experiencias de desarrollo" muy notables y variadas, entre las que cabe destacar las siguientes:



Aunque no podamos analizar aquí cada uno de los fenómenos citados, no faltan sin duda experiencias concretas y diversas, de las cuales extraer algunas enseñanzas. Así, la teoría del desarrollo evolucionaba ya sea obedeciendo a su propia dinámica interna, o en respuesta directa a observaciones empíricas. En todo caso, no se puede negar que nuestra comprensión de los procesos de desarrollo es mucho más completa ahora que hace cincuenta años.


Sin embargo, a la vez que perfeccionábamos nuestra comprensión del desarrollo, adoptamos algunas generalizaciones sesgadas y demasiado simplistas. Existen supuestas "enseñanzas" cuya validez reside más bien en el empleo de información selectiva (y, en ocasiones, en la fuerza de su enunciado) que en un examen crítico de las mismas.


Un buen ejemplo de ello es la aseveración, bastante generalizada, de que las experiencias de desarrollo han demostrado la irracionalidad del intervencionismo estatal en contraste con las virtudes incuestionables de la economía pura de mercado, y de que el requisito indispensable para el desarrollo es el paso de "la planificación (económica) al mercado". Es indudable que la experiencia observada en muchos países ha puesto de relieve la extraordinaria fuerza del mercado, los numerosos beneficios que puede reportar el intercambio entre diferentes naciones (así como dentro de las mismas), y los desastres que suelen resultar del cierre de los mercados, en vez de obtenerse la equidad ideal (equidad que suele esgrimirse como razón de tal cierre). Pero el hecho de reconocer las virtudes del mercado no debe inducimos a ignorar las posibilidades, así como los logros ya constatados, del Estado, o por el contrario, considerar al mercado como factor de éxito, independiente de toda política gubernamental.


De hecho, muchos países de Europa occidental han logrado proveer una amplia seguridad social, cubriendo tanto la educación pública como la atención de la salud, por vías hasta entonces desconocidas en el resto del mundo; en Japón y Asia oriental, el gobierno ha tomado las riendas en la transformación de su economía y su sociedad; la educación y la atención de la salud han desempeñado un papel central en los cambios sociales y económicos del mundo entero (y bastante espectacular en el caso del este y el sudeste asiático); y la formulación de políticas pragmáticas se ha inspirado tanto en instituciones del Estado y/o del mercado como en organismos que no responden a ninguna de estas categorías, como son las llamadas organizaciones comunitarias.


Si bien puede constituir un error fomentar la hiperactividad y el intervencionismo del Estado (tenemos muchos ejemplos que así lo demuestran), un gobierno, por el contrario, inactivo u ocioso puede resultar igualmente pernicioso (también disponemos de numerosos ejemplos a este respecto). Más aún, podemos hallar casos que confirman esta impresión dentro de un mismo país. Tomemos como ejemplo la planificación económica de la India, que el autor ha podido analizar recientemente (ver Drèze y Sen, 1995) y que ilustra perfectamente el fracaso de ambas posturas: la tremenda hiperactividad que se desarrolló para controlar el sector industrial, minando los beneficios derivados del comercio y desincentivando la competitividad; y la ociosidad soporífera desplegada en el ámbito de la enseñanza, la atención de la salud, la seguridad social, la equidad en materia de género y la reforma agraria. La capacidad que ha demostrado tener la India para derrotar al unísono a Escila y Caribdis hubiera dejado a Ulises atónito.


Podemos aprender mucho de lo que ha sucedido en el mundo y de lo que, siendo por todos anhelado, nunca llegó a suceder. Y si bien es necesario matizar las generalizaciones existentes, no sería conveniente presentar nuestras conclusiones en términos de "confrontación" entre el mercado y el Estado.


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Fuente

Documento incluido dentro de la Biblioteca Digital de la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo



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