Cuando el alcohol se hace tradición
b> En la Sierra Tarahumara las comunidades buscan preservar sus fiestas de Semana Mayor pero la alcoholización gana terreno Patricia Peña Son dÃas coloridos por el tarahumara. DÃas que terminan cuando saludan al dÃa siguiente. DÃas de noches largas y madrugadas cortas con olor a alcohol y tesgüino, la bebida tÃpica hecha a base del fermento de maÃz germinado que hierve para la fiesta. En la Semana Mayor, abunda la bebida durante cuatro dÃas santos, cuando la euforia y el dolor bailan bajo el mismo cielo tarahuamara. Munérachi es el pueblo tarahumara con la celebración más autóctona del municipio de Batopilas, ubicado en el suroeste del estado de Chihuahua a 379 kilómetros de la capital. Para llegar hay que hacer una escala en el pueblo mestizo de Batopilas. El único camión que va para allá es un International modelo 1984 que parte de Creel. De Batopilas hay que andar dos horas en camioneta hasta Cerro Colorado; de ahÃ, cuatro horas a paso tarahumara por ve
redas que trazaron sus pisadas. Al llegar a Munérachi, un tarahumara tocaba un tambor con dibujos rojos sobre el cuero. VestÃa calzón de manta, camisa azul de mangas largas llenas de dobleces; cabello negro en melena recta. Dice que los tambores alegran la fiesta, pero tiene 40 dÃas tocando un son triste. Los tarahumaras llegan en grupo al centro de reunión en Munérachi, un templo rodeado de soledad: tres salones de clases sin alumnos, el albergue sin niños, el cuarto de salud en donde nunca ha habido un doctor. El único sonido es el del agua, a unos pasos se encuentran los arroyos de Chapétere y Chitivo. El viento cala y no refresca durante la Semana Mayor. Unos bajan de lo más alto de la sierra, otros suben de barrancos, pero ninguno tiene respuesta para explicar el significado de sus celebraciones: 'Asà es la tradición', contestan. El gobernador autónomo se llama Patrocinio Villegas Uripachi, un luchador contra el olvido. Habla a las familias antes de comenza
r la celebración: 'Queremos que la gente recuerde fiesta que no nomás sea puro tomar'. La bebida obtenida del maÃz fermentado cumple una tradición ritual, parental, mercantil, religiosa y social. El alcohol entre las comunidades indÃgenas en México ha sido una práctica antigua ya que a través de la historia fue mezclándose con las creencias, rituales y costumbres que prevalecen en las comunidades, según refiere la Fundación de Investigaciones Sociales (FISAC) de México en su cuaderno Alcohol y Comunidades IndÃgenas Ritual y PatologÃa. La cual considera que en algunos pueblos tarahumaras también fungió como enlace: 'El patrón de dispersión de las poblaciones no permite hablar de comunidades rarámuris (tarahumaras) propiamente dichas, y uno de los pocos mecanismos que vinculan a los poblados de estos ranchos o caserÃos muy distantes, unos de otros, es la red del tesgüino'. La comunidad tarahurama era sÃmbolo de pureza: 'Ellos son un desafÃo a este mundo
donde uno habla tanto de progreso porque sin duda pierde la esperanza de progresar', narró el siglo pasado en uno de sus libros sobre la Sierra Tarahumana el escritor francés Antonin Artaud. La castidad de la 'sierra pura' fue alterada por el alcohol. Las funciones de las bebidas fueron impuestas en un proceso histórico de dominación que data desde la conquista. En Munérachi el alcohol abunda no sólo durante la fiesta de la Semana Mayor. Como muchas de las tradiciones tarahumaras, el tesguino comenzó hace dos décadas a evaporar su esencia ritual para pasar del trago a la tragedia. 'Primero andan contentos pero luego se les pasa y se dan de chingadazos'. En la primera ocasión se les levanta un acta, después una multa 'muy alta, como de mil pesos'; en caso de no poder pagarla realizan trabajo comunitario durante seis dÃas, explicó Patrocino para quien lo único que la gente le da por ser gobernador son conflictos: 'se necesita tener buenas fibras para solucionar pr
oblemas'. Autoridades de Chihuahua, en coordinación con la Central Mexicana de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos, intentan armar desde marzo pasado un grupo de apoyo para disminuir el consumo de alcohol en la Sierra Tarahumara. El coordinador de Atención a las Adicciones de la SecretarÃa de Fomento Social de Chihuahua, Antonio Trespalacios, informó que se tiene en proceso un convenio para la creación de grupos en la región serrana ya que considera que las 'las bebidas son la droga lÃcita que más muertes ocasiona'. El Secretariado Técnico del Consejo Nacional contra Adicciones publicó este año un libro denominado Retos para la Atención del Alcoholismo, en donde aborda los esfuerzos en sus trabajos 'desde la perspectiva de la prevención de las adicciones para modificar la carga ideológica que está implÃcita en la valoración social del proceso de alcoholización'. El libro consta de 72 paginas en las que concluye que es necesario diseñar polÃticas
y acciones 'sensibles culturalmente' para lo que se requiere destinar recursos para programas que comiencen desde la propia investigación de 'indicadores precisos del nivel de alcoholismo (en los pueblos indÃgenas)'. Para las comunidades no son necesarias las estadÃsticas para saber que, en el proceso de alcoholización, al tesgüino se ha sumado el tequila, la cerveza y el alcohol adulterado. Patrocinio les ha dicho a los habitantes que la bebida enferma de 'wichowaka' (una planta alucinógena). De wichuwakas (locos) esta lleno el Centro de Readaptación Distrital localizado en Guachochi. El registro de junio pasado era de 209 internos de los que 168 eran indÃgenas. 70 por ciento de los internos está por homicidio, 20 por ciento por violación, cinco por ciento por violencia intrafamiliar, y el resto por delitos menores. Eustorgio Payán Bustillos director del Centro de Readaptación Distrital, no necesita hojear los registros para percibir el aroma del alcohol en cad
a caso: 98 por ciento de los delincuentes se encontraban ebrios al cometer el delito. 'Para los indÃgenas, su manera de resolver problemas es a golpes o con homicidios, pero no son dolosos, se dan en una borrachera, en una riña, principalmente tienen como armas objetos punzo cortantes, palos o pie-drasÂ… Se hacen tesgüinadas, todos comienzan amistosamente, el pro-blema viene cuando se emborrachanÂ…Aquà nunca hemos tenido problemas con los internos, el trato aquà es bueno, sobrios son buenas personasÂ…', refiere Eustorgio Payán. A media mañana del Viernes Santo, el gobernador de la fiesta, Bautista Quimel, ofrece tesgüino a los cuatro puntos cardinales. Luego invita a beber a todos sus 'soldados' mientras se escucha la flauta, la guitarra y el violÃn, entrelazados con los Laguneros de Puebla que emanan de una grabadora, que cargan al hombro un par de quinceañeros con el oÃdo pegado a las bocinas. 'Los fachosos (los muchachos que cargaban la grabadora) no saben de l
a fiesta. Compran alcohol y eso toman, ese charrito (pomo de vino) que les venden en todos lados. Por el alcohol se olvidan hasta de su familia.'. Los 'fachosos' son una nueva estadÃstica no oficial para la Secretaria de Salud de Chihuahua que reconoce que la geografÃa de la Sierra Tara-huamara dificulta elaborar un registro sobre alcoholismo, ya que en los últimos cinco años ha sumado a sectores más jóvenes, con edades entre 11 y 15 años. El sol pasa rápido. Las sombras empiezan a crecer en las laderas de los cerros de Munérachi. Mientras los hombres ya alcoholizados se preparan para la peregrinación nocturna, las mujeres beben aparte. Cuando la luz se va, la fiesta se enciende. En Semana Mayor, los hombres se dividen entre moros y fariseos. Cada bando se conforma por unos 50 soldados, quienes dan vueltas a su mayor en señal de respeto y protección. Los diablos o fariseos llegan a su clÃmax la noche del Viernes Santo: roban cosas, golpean puertas y se pelean. P
ara entonces, hombres y mujeres están borrachos por mezcal y tesgüino. Se convierten en judÃos de su propia euforia, de su propia fiesta y casi de su propia religión. Patrocinio solicitó en Batopilas policÃas y un sacerdote. No llegó el religioso; tampoco la seguridad. El investigador Carlos Mario Alvarado Licón ha seguido durante 20 años la fiesta tarahumara de la Semana Mayor. Es autor de los libros, Apuntes sobre el penal de Guadalupe y Calvo; y Taramuhara, una tierra herida. '[cada problema en la sierra Tarahumara] tiene su propia vorágine, la violencia al interior no es sólo provocada por la droga o el alcohol, hay un grado fuerte de sistemas caciquiles, de control de mercado, problemas de tierras, problemas familiares, destrucción de su propia cultura, desconocimiento de sus raÃces, uno no es causa del otro, se van juntos y se dan vueltas todosÂ… No es que no haya programas sociales para ellos, hay que saber primero si los quieren'. Luis Alonso Próspero e
studió filosofÃa y antropologÃa en Chihuahua. A sus 28 años, trabaja para el Programa Especial de Seguridad Alimentaria, de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y Agricultura, por sus siglas en inglés). Llegó a Munérachi la mañana del Sábado Santo, querÃa mostrar las celebraciones a su amiga de Monterrey, Adriana. Tiene dos meses trabajando en la barranca. Expresa que en la sierra, hacer planes es hacer reÃr a Dios. A la distancia, los tarahumaras bailan y ofrecen tesgüino a los cuatro puntos cardinales. Luis Alonso le explica a Adriana que las celebraciones buscan alegrar a Dios para que llueva. Adriana dice que le gusta el dios de los tarahumaras porque es alegre, mientras que el suyo anda en VÃa Crucis. En años anteriores, en Munérachi ya no bailaban sus bailes tradicionales de matachinas y pascoles, agrega Luis Alonso que nomás tomaban los sábados, y era tesgüino. Ahora han metido cerveza y marihuana para todos los dÃas. La c
omunidad analiza su integración al programa alimenticio de la FAO. Hay una rancherÃa que no se decide a participar. Un tal Lázaro, con la cara llena de cicatrices rosas, ojos de violencia y al hombro un cuerno de chivo labrado en madera a la perfección, encara a Luis Alonso exigiéndole que se largue a la chingada. Luis Alonso y su amiga suben a su camioneta, intentaron explicar que entendÃan si no querÃa participar en el programa alimenticio, pero Lázaro levantó su cuerno de chivo y rompió uno de los cristales traseros de la camioneta. Arrancan. 'El alcohol los transforma, todo lo que no puede resolverse en sus sentidos se magnifica con el alcohol', expresa Horacio Echevarria González, presidente fundador del Centro de Estudios Multidisciplinarios en Investigación Intercultural, en Chihuahua. Horacio es indÃgena y ha visto como se desintegran familias, ranchos y comunidades enteras por problemas en donde el alcohol fue el detonador: 'Entre ellos quieren arreglar
sus cuentas, el problema es que no hay dialogo, todo se arregla con violencia y de ahà vienen las venganzas que heredan de generación en generación'. La tarde del sábado se impregna de maÃz fermentado y alcohol. Se respira tensión y se transpira alerta. Se percibe en un ser alcoholizado la frágil lÃnea entre la cordura y violencia. La media docena de mestizos que quedaban tras la huida de Luis Alonso, también deciden partir de Munérachi. De regreso a Batopilas, con mochila al hombro, pasos precipitados y ojos pelados, Rodolfo Gómez quien trabaja en el programa contra el paludismo en Munérachi, recuerda que el domingo anterior a la Semana Mayor, un grupo de tarahumaras alcoholizados le apedrearon la puerta del cuarto de salud para que abriera. Teme y sabe que es peligroso quedarse en Munérachi en estos dÃas. Rodolfo regresó a su casa el Domingo de Resurrección, abordó de madrugada el autobús que va de Batopilas a Creel. En el International 1984 uno de los p
asajeros grita sus pensamientos momentos antes de regresar a Creel: dice que no vuelve aunque le digan que es el paraÃso.