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Inmigración: los miedos a la invasión cultural

Inmigración: los miedos a la invasión cultural




Por Angel Rodríguez Kauth.

Argentino, egresado como Profesor de Pedagogía y Psicología de la Universidad Nac. de Cuyo (1965) y Licenciado en Psicología (1970). Doctor en Psicología, título otorgado por la Facultad de Ciencias Humanas de la Univ. Nac. de San Luis (1995). Hace más de 27 años que es Profesor Titular Exclusivo de Psicología Social en dicha Universidad (salvo el período de la última dictadura militar cuando hizo el exilio interior) y actualmente lo es de Psicología Política.


La actualidad observa cómo los pueblos, especialmente los "centrales", rechazan los procesos inmigratorios. En este texto nos ocupamos del temor a la "invasión cultural", es decir, a los miedos de que los extraños puedan dañar las expresiones culturales vernáculas. Así se pasa revista a temores -fundamentalmente- en los aspectos religiosos y lingüísticos; asimismo se recupera el sentido del arte en la formación de testimonios xenófobos.


Uno de los tantos miedos -emoción eminentemente psicosocial- que con frecuencia se expresan en alta voz, cuando se produce el arribo de foráneos -sobre todo cuando se trata de inmigrantes pobres de países más pobres aún- está referido a que éstos pueden "contaminar" la cultura del lugar de acogida y hasta llegar a "pervertirla". Obvio es que tal miedo no se testimonia con la llegada de turistas, que aunque vengan de países pobres -en todos lados hay pequeños bolsones de riqueza que permiten ese divertimento, como es el turismo- ya que ellos llegan con dinero fresco -o en tarjetas de plástico- con lo que favorecen los negocios de los que ejercen el comercio en las economías que los reciben. No se olvide que desde hace casi una centuria y, más en los últimos tres decenios, el turismo es algo así como "la industria sin chimeneas"; se afirma que no contamina con humo, ni con el anhídrido carbónico de los gases industriales, ni con lluvias ácidas ni con desechos de las fábricas a los habitantes, como tampoco al medio ambiente. No son más que cuentos chinos -y no de turistas de Taiwan- ya que el turismo también contamina, no sólo al nicho ecológico con depredaciones que hacen los incontrolables turistas que creen tener vía libre para tirar sus envases descartables, pañales usados de bebé y otras cosas semejantes en cualquier lugar, sino que -algunos, no todos- contaminan a la población local con "vicios" tales como la prostitución, la droga y la comercialización de objetos prohibidos por las autoridades locales, adquiriéndolos a comerciantes inescrupulosos y llevándose "recuerdos" de tipo arqueológico o antropológico.


Pero estos no son los recién llegados que generan pánico en la mayoría de la población, solamente lo provocan en algunos funcionarios preocupados por el cuidado del medio ambiente y en los ecologistas que se ocupan de la protección del ecosistema.Los que verdaderamente crean un estado de miedo generalizado son los inmigrantes, inclusive hasta con delirios de persecución de tipo paranoides, aquellos que arriban con sus atavíos y costumbres extrañas -y hasta encontradas, por lo "siniestras" (Freud, 1919)- con las del lugar y que se teme que perviertan al folklore local, a la tradición respetuosa del culto por las manifestaciones culturales asentadas en el lugar.


A partir de la definición de "cultura" ofrecida por Tylor (1871), ésta es "... aquel todo complejo que incluye conocimiento, creencias, arte, ley, moral, costumbres y cualesquier otra capacidad y hábito adquirido por el hombre como miembro de la sociedad", entonces se comprenderá el celo que ponen los sectores más conservadores y retrógrados de una sociedad para convertir a la cultura -"su cultura"- en algo inalterable, intocable e inmansillable, en lo que respecta a los contenidos ideacionales y simbólicos que transitan el sistema de representaciones e imaginarios colectivos, a lo que consideran como su patrimonio cultural e histórico. Por otra parte también se entenderá a los sectores más progresistas de la misma sociedad que tenderán a tratar de enriquecer aquel patrimonio cultural heredado con la incorporación de nuevas adquisiciones -y las consiguientes modificaciones- a las pautas culturales existentes. Es preciso recordar que Tylor asimilaba el concepto de cultura con el de civilización, criterio que en la actualidad ha sido superado con amplitud, dado que con el primero de los términos se trata de un universal categórico, a la vez que con el segundo se hace sólo referencia a los estados de evolución y desarrollo cultural que se consideran en particular elevados, aunque esta consideración de tipo académica no invalida la definición de cultura ofrecida por Tylor hace más de una centuria.


Desde una lectura etimológica, el término cultura está referido a "suelo cultivado" y, con el paso del tiempo, se le dio un alcance metafórico de aplicación al desarrollo -material, espiritual y simbólico- de las colectividades humanas. De tal modo, al hablar de "desarrollo" se está refiriendo -necesariamente- a crecimientos, cambios y evoluciones y, ninguna de estas condiciones supuestas se provocan por generación espontánea. Para que aquello suceda es precisa la intervención de agentes externos a la propia cultura, a fin que le provean una perspectiva dinámica progresista original -o al menos distinta- frente a la visión estática de tipo conservadora o reaccionaria en que suelen enquistarse las culturas. Estas no son más que un proceso múltiple, constante y permanente de adaptaciones y asimilaciones recíprocas entre personas y colectivos que comparten una misma raigambre histórica en cuanto a usos y costumbres, lo cual se construye de consuno con los extraños a ella, pero que le aportan sus propios usos y costumbres que son útiles para el enriquecimiento mutuo.


Los pueblos, todos los pueblos conocidos sin exclusión, portan la característica común de ser -en mayor o en menor medida- celosos guardianes de sus tradiciones culturales, son conservadores del patrimonio cultural heredado. Este es un hecho histórico y sociológico evidente e innegable, sobre el que es necesario trabajar arduamente -y tenerlo siempre en cuenta- si se pretende combatir la xenofobia para, en su lugar, instalar un espacio de tolerancia recíproca y convivencia pacífica entre los individuos y los colectivos de caracteres "diferentes" en los patrimonios culturales que traen consigo. Significa que la integración de personas de distintas culturas ha de provocar necesariamente roces -y hasta conflictos de mayor o menor intensidad- con los habitantes nativos. Sin embargo, lo que se pretende desde este escrito -quizás de un modo ingenuamente utópico, sin que por esto utopía sea sinónimo de estupidez (Rodriguez Kauth, 1997)- es que tales roces y conflictos tengan los efectos menos traumáticos posibles para los "diferentes" y que, rápidamente, esos conflictos sean superados en beneficio de una integración que facilite la salud mental y la integridad física, tanto individual como colectiva, es decir, de la población en su conjunto.


Las culturas que se mantienen en las condiciones primitivas de reproducción biológica y simbólica de naturaleza endogámica -sin contacto alguno, o solamente esporádicos y superfluos, con el mundo exterior- son formaciones sociales que tienden a anquilosarse y a repetirse sobre sí mismas y esto lo hacen más en los defectos que en las virtudes, con lo cual se dirigen tanto -biológica como culturalmente- a desaparecer. Los procesos sociales dinámicos de aculturación e intercambio de costumbres, hábitos y demás expresiones culturales entre diferentes formaciones sociales son, precisamente, la causa del crecimiento y desarrollo de cada una de ellas; caso contrario, si tales formaciones sociales se mantienen en el aislamiento de contactos externos, entonces son fácilmente presa del estancamiento -entran en una suerte de superficie de meseta- y posterior involución -declive desde la meseta- hasta su desaparición, extinción o sometimiento a la fuerza por un invasor, sin ofrecer resistencias en sus impolutos territorios en que se ha sostenido -de un modo irracional- el imperio de una tradición esclerosante y paralizante.


Lo expresado en el párrafo anterior no es producto de una divagación caprichosa o de un ideologismo internacionalista, téngase en cuenta que todos los pueblos de que se trate tienen la necesidad "natural" de conocer objetos, ideas, cosas originales e ignoradas por ellos que existen en otros lados; a la par que algunos de sus miembros sienten el deseo y la curiosidad de cuestionarse los supuestos básicos sobre los que se asientan sus culturas; si no fuera de esta forma, aún estaríamos los humanos viviendo como cavernícolas prehomínidos y el largo proceso de hominización de la especie -que continúa- nunca hubiera tenido lugar del modo en que se ha venido desarrollando durante los últimos treinta mil años.


Piénsese solo que hubiera sido de Europa si no hubiera entrado en contacto con las antiquísimas civilizaciones del lejano o Medio Oriente, cómo fueran los intercambios comerciales -que se acompañan de relaciones culturales- con asirios, babilónicos, y norafricanos, como egipcios, cartagineses, etc. (1). Ni que decir de lo que significó el enriquecimiento -especialmente material- para Europa el descubrimiento de América que, en realidad, fue el "encuentro" de nuevos territorios. Pero, pareciera ser que para los imaginarios sociales atravesados de racismo y exclusivismo, aquellas ventajas obtenidas en su momento hoy han sido olvidadas en el viejo arcón de los recuerdos.


Recuérdese que Colón, un ferviente católico -ya que los Reyes españoles de entonces le pagaron los costos de la excursión a lo desconocido- no llegó a entender a los "salvajes" que -por obra de la casualidad náutica- encontró viajando hacia las Indias. Así llegó a describir a los aborígenes como caníbales y, pese a ello, propuso que sería un buen negocio vender a esos nativos en el mercado de esclavos de Sevilla. Obsérvese hasta que punto el etnocentrismo puede llegar a entorpecer la lucidez mental: debido a que no entendía lo que decían los aborígenes llegó a declararlos mudos, tal como le escribiera en una misiva a la Reina Isabel; la misma a quien -en 1951- el sanguinario dictador Francisco Franco exaltara, frente a las mujeres de Castilla, como paradigma de mujer y estadista. Más, volviendo al "descubrimiento", los dislates intelectuales de un Almirante -de quién no se puede esperar más que conduzca un navío en altamar- no quedaron solamente en la obnubilación de sus entendederas. Las mismas trascendieron a punto tal que en la actualidad, los niños argentinos estudian en sus manuales de historia que cuando el "Descubrimiento", los "indios" -así se les llamó a los aborígenes- no eran otra cosa más que un elemento, es decir, algo así como la vicuña o los papagayos que correteaban o volaban por estos territorios. Y los historiadores vernáculas no ponen en ese punto límite alguno a los disparates del "conocimiento"; ellos mismos afirman -y están convencidos- que los españoles arribaron a un "territorio desconocido", ignorando que el terreno ya estaba habitado por individuos que habían llegado desde el Asia oriental hace aproximadamente unos 30 mil años. Entonces cabe preguntarse ¿para quién era desconocida América?. Solamente lo era para los "descubridores" de 1492, pero no es admisible que un historiador latinoamericano repita el sonsonete que nos han hecho oír los colonizadores durante años, salvo que se interprete que él también se está intelectualmente colonizado por los conquistadores.


De más está decir que también aquellas culturas indígenas -en la lejana geografía de la metrópoli imperial- se beneficiaron con el arribo de los europeos. Es verdad, suele recordarse, con bastante mala fe (2). las perversiones y epidemias que llevó -o trajo- consigo el colonizador, además que es innegable que no llegó en son de paz, sino que lo hizo en afán de conquista, en búsqueda de tesoros quiméricos, esgrimiendo la espada y la cruz como los instrumentos guerreros de sometimiento a utilizar contra los aborígenes; pero también es preciso recordar que el "hombre blanco" traía consigo nuevas perspectivas de pensamiento que facilitaron recuperar el tiempo perdido a pueblos que vivían con dos o tres mil años de atraso tecnológico, sobre todo en lo que se refiere a los preciosos cuidados de la salud física.


En la actualidad el ciudadano europeo medio vive inserto en "el aquí y ahora", que ha olvidado la historia remota, como así también la historia cercana de la que han sido protagonistas sus familiares, cuando millones de ellos huyeron hacia América, especialmente, o a otros remotos confines del planeta buscando refugio y consuelo a las penurias económicas -hambrunas- que debían soportar en sus territorios. En esa falta de memoria por lo ocurrido (3). ése mismo ciudadano medio -¿mediocre?- condena social y políticamente a los que recorren el camino inverso, a los que buscan en Europa un lugar de refugio a las persecuciones y penurias que son objeto en sus países de residencia. Esto habla por sí solo de la poca "humanidad", de la escasa "caridad cristiana" que anima a los europeos actuales medios -siempre tan proclives a padecer el síntoma del "europeísmo"- que, por fortuna, no se trata de una enfermedad contagiosa, pero que socialmente provoca "contagios" peligrosos para la convivencia pacífica. No debe dejar de anotarse que los norteamericanos, durante la última centuria, han creado una versión propia de tal patología de pensamiento y sentimiento ante el sufrimiento de los desvalidos de otras latitudes. Para eso se constituyeron en los patrones del Nuevo Orden Mundial y así se puede hablar de un "norteamicanocentrismo" como un término que empieza siendo un barbarismo, continuará por los sinuosos senderos de los neologismos y acabará por ser aceptado por todos, del mismo modo en que a ellos se los acepta como los nuevos patrones de la civilización occidental en tanto son los defensores de los derechos humanos ... que les convienen a sus intereses, inclusive de aquellos que no son ni derechos ni humanos -como ocurrió en los '70 con sus apoyos a tantos dictadores y tiranuelos por el orbe- pero que les servían de cómplices a los propósitos de sus políticas imperiales.


Como ejemplo acerca del modo en que influyeron los viajes de los aventureros de hace cuatro siglos, téngase al caso de Amsterdam, conocida como "la ciudad del comercio", gracias a lo cual mantuvieron contactos con poblaciones de diferentes partes del mundo con las costumbre más exóticas y menos imaginables para los holandeses. Los mismos facilitaron la apertura mental, la ruptura de los prejuicios por parte de sus habitantes y los modos de pensar originales. Esto dio lugar a que hoy sea una de las ciudades en las cuáles se desconoce el sentido del vocablo escándalo; en sus calles son aceptadas muchas de las actividades y conductas que en otros lados están prohibidas y que escandalizan a la pacatería emocional e intelectual de la mediocridad, como, por ejemplo, la prostitución pública, la exhibición homosexual, la pornografía o el consumo de drogas, etc.


Retomando el tema de los viajes en diferentes direcciones, estimo conveniente transcribir unas líneas escritas -hace casi 100 años- que son elocuentes acerca de lo que acabo de afirmar sobre la inmigración europea hacia América. Santiago Rusiñol (1910) -pintor y escritor modernista- hizo una descripción esclarecedora -a la vez que teñida de elementos emocionales- de la relación entre americanos y europeos durante los viajes transoceánicos a principios del siglo XX, cuando dice: "Y cuando, allá en el mar, se cruzan de noche dos grandes barcos, el que viene brilla de ambición y el otro sonríe de alegría. En uno vienen los inmigrantes a hacer dinero, cueste lo que cueste, y en el otro van los emigrantes a gastárselo, sea como sea. Uno lleva lágrimas de Europa y el otro sonrisas de Argentina". Ha pasado mucho tiempo y la relación se ha invertido en su dirección original; ya no son los barcos que se cruzan en altamar, ahora son los aviones que se divisan a la distancia, pero las lágrimas van a Europa con la secreta esperanza de convertirlas en sonrisas; mientras que la alegría de venir a gastar sus dineros se encuentra dibujada en los rostros de los pasajeros europeos que vuelan a mostrar, a exhibir, frente a la parentela que emigrara a América, lo bien que están viviendo en sus terruños con sus pequeñas granjas -o grandes industrias- que despreciaron los antepasados para viajar en la búsqueda de lo que llamaban "hacerse la América" y qué, justo es decirlo, la mayoría de ellos logró sus propósitos originarios de éxito económico y social.


Hechas estas consideraciones -quizás demasiado extensas- es preciso adentrarnos en explorar el texto de lo que se dice -y lo que se deja de decir, el análisis de lo no dicho explícitamente- en los discursos racistas, en la retórica expresada con una profunda carga de xenofobia; esa será la forma de comprender la desubicación de los mismos ante un mundo que -imperio de la globalización mediante, guste o disguste- apunta inexorablemente a los contactos interculturales y a la asimilación, o al menos al acomodamiento, de las costumbres ajenas, de las conductas de los "otros".


El espacio de la cultura -entendida de modo restringido- como manifestación artística vernácula, es el lugar dónde los grupos xenófobos depositaron lo que suponen es el reservorio a proteger de lo legado por sus ancestros. Sin embargo, ni la música, ni las letras, ni las expresiones plásticas pueden ser culpadas de tal dislate intelectual y de las conductas aberrantes consecuentes o resultantes, que se han sucedido sin solución de continuidad a lo largo de la historia y en diferentes geografías. Si bien es cierto el músico R. Wagner ha sido considerado -con justicia epistémica- como el precursor "musical" del nazismo, no se puede ignorar que el testimonio de aquel genial músico no fue más que el reflejo de una ideología de base que transitaba el imaginario colectivo alemán de la época. Los potentes sonidos de las arias y oberturas de sus óperas -acompañadas de la percusión de timbales como fondo sonoro y de la estridencia de los instrumentos de viento- estaban poblados de personajes heroicos del folklore germano, dotados con caracteres casi místicos. Sin dudas, Wagner llevaba consigo todo el peso de los prejuicios raciales -antisemitas- que imperaban en el siglo decimonónico y que los alemanes incubaban contra los judíos.


Esa animadversión de los teutones arios hacia los judíos no fue un hecho casual o azaroso; se produjo como consecuencia del proceso de Emancipación Judía, el cual se inicia luego de la Revolución Francesa y se instaló en Alemania después de las invasiones napoleónicas, lo que facilitó la salida de los judíos de los ghettos en que vivían recluidos, a la par que gozaban, aunque más no fuese hipotéticamente, de igualdad de derechos y obligaciones con el resto de los alemanes "puros". Sin dudas que la nueva situación social y psicológica generó brotes de racismo antisemita en los principados alemanes y que Wagner fue uno de los que los interpretó con mayor odio y virulencia, según se trasunta de sus cartas, ensayos y otros escritos, que son un testimonio por demás elocuente del profundo odio racial que lo embargaba.


Los principios son abstractos -como afirmaba Wagner- en tanto que en lo concreto, como lo señalara años más tarde la filósofa política judía H. Arendt (1951), existen judíos que no merecen la pena que uno los apoye en sus demandas políticas, como también los hay entre los no judíos. Las causas políticas que ocupan el pensar ideológico son abstractas, en cambio, los hechos particulares, que afectan a un individuo o colectivo, no son causas de devaneos ideológicos o de luchas políticas, en todo caso lo serán en cuanto se encuadran en un marco más amplio que los contempla desde el pensar político e ideológico. Por otra parte, para considerar a Wagner como ideólogo del racismo antisemita, agregaré que él consideraba que el judaísmo era la mala conciencia de la modernidad y que solo existía un método para conjurar la maldición judía: el aniquilamiento (Kohan, 2000). La xenofobia de Wagner alcanzaba no solamente a los judíos, llegaba a los franceses -a los que definió como latinos semitizados- a los negros y también a los eslavos.


Sin cargas de prejuicios ideológicos, es posible considerar a Wagner -y a su música- como uno de los inspiradores de lo que sería el Holocausto. El propio Hitler, antes de dividir a los hombres entre arios y no arios, entre elegidos y réprobos (4). ya entonces los separaba entre wagnerianos y los "que no tienen nombre". La música de Wagner -muchas veces sublime- tuvo un valor emblemático para la gesta demencial del racismo hitlerista. La carga de marcialidad y la tragedia de sus óperas facilitaban al nazismo una fuente para abrevar en la búsqueda de las perdidas Walkirias, las utilizaban los agentes de la propaganda nazi como prototipo divino de personajes del folklore popular -escandinavo, por cierto- que alientan a los soldados para la victoria y que elige a los que deben morir en combate en aras de la santa cruzada emprendida. El uso de este estilo musical -por los agentes de propaganda- servía como cortina de fondo para la puesta de una escenificación parafernálica, en las que se arengaba a la población para insuflarle el "patriotismo" suficiente y cumplir con los designios de la valiente y heroica lucha emprendida en contra de los enemigos históricos y "naturales" de la nación alemana.


Asimismo, como todo movimiento político y social, con pretensión de subordinar a las masas a sus designios o caprichos, el nazismo intentó la búsqueda de antecedentes ideológicos -algunos en la literatura germana- que justificasen sus devaneos intelectuales. Así encontraron a J. G. Fichte (1808), quién con sus catorce discursos, pronunciados entre 1807 y 1808, durante la ocupación napoleónica, encendía los ánimos de los príncipes germanos para resistir la invasión de los ejércitos napoleónicos, especialmente en Prusia. Fichte interpretaba el sentido de la identidad del "yo" consigo mismo y se le puede considerar un personaje de transición, de bisagra, entre Kant y Hegel pero, al transponer tales argumentos a lo político y social, mezcló elementos liberales, socialistas y nacionalistas. Se desencantó con la Revolución Francesa, luego de la ejecución de Luis XVI, y el entusiasmo inicial que le provocó se convirtió en oposición radical a la misma; esto básicamente a raíz de los sucesos revolucionarios que -amparados en la libertad (5). declamada- coartaban la posibilidad de pensar y actuar libremente. Esto para un kantiano como él era como un revulsivo estomacal. Más, el sentido profundamente crítico y revolucionario que lo acompañaba fue trastocándose hasta que llegó a imaginarlo como una "revolución mental". En Fichte, sus "Discursos", son una apelación a la captura del hombre alemán original, el que no huyó de sus tierras al sur, aquéllos que aún poseían una unidad lingüística para expresarse: la alemana. Estos elementos suscintamente relatados, son los que a más de cien años de distancia fueran retomados por Hitler y sus acólitos para construir un glosario de demandas y reivindicaciones nacionalistas, sobre todo fundándose en la extrema importancia que Fichte daba a la educación ... pero entendida ésta a la manera que la concebía el nazismo, es decir, educar para servir al amo, para ser utilizados por el Führer cuando este lo dispusiera.


Pero no engañemos, no fue una simple restauración de las ideas e instituciones de base antiliberal lo que dio lugar a la doctrina y política ejecutada por el nazismo. Fichte fue, en política, un liberal en el mejor sentido del término (6). vale decir, creía en las libertades del individuo. Así como los filósofos políticos del romanticismo alemán reaccionaron duramente contra el racionalismo a ultranza del positivismo posterior a la época del Iluminismo, de igual manera hicieron los ideólogos del nazismo -aunque con más violencia- llegando incluso a acusar a Sócrates de ser el "primer socialdemócrata de Europa", debido que aquel filósofo griego postulaba la necesidad de hacer el intento de encontrar soluciones a los problemas mediante el debate de argumentaciones y la discusión de las mismas. Esto se oponía al principio "decisionista", postulado por Schmitt (Schmitt, 1932; Dotti, 1989; Negretto, 1994), quién, como ideólogo del nazismo, sostenía que el parlamentarismo era una expresión de la política decadente y que solamente las decisiones tomadas por aquellos que condujeran los destinos de la Nación iba a hacer lo que facilitaría un actuar político ágil y eficaz: de ahí a la dictadura del autoritarismo de Estado hay un paso muy pequeño.


Por otra parte, en lo que se refiere a las relaciones del nazismo con las religiones -como expresión cultural- debe anotarse que aquél rechazaba de manera absoluta -no solo al judaísmo- sino también al cristianismo, calificando a las diferentes iglesias cristianas como una forma diabólica instrumentada por los judíos (¿?), que debilitaban la valentía de los alemanes a partir de los preceptos cristianos -tan poco tenidos en cuenta por éstos y también por las Iglesias- de caridad, misericordia y perdón.


Saliendo del nazismo, debo anotar dos casos recientes -en Argentina- que ejemplifican el sentido misericordioso de algunos católicos. Se trata de dos monseñores, uno Obispo de Lomas de Zamora y el otro Vicario General de la diócesis de Mercedes, ambas en la Provincia de Buenos Aires. El primero deseó a los periodistas que hablan mal de la Iglesia que tengan cáncer de pulmón, en clara alusión a uno de la TV que fuma mucho. El segundo sugirió que algunos periodistas tendrían que someterse a una lobotomía. Esto ocurrió en mayo del 2000, ¡en un año santo y en que el propio Papa predica el perdón a los cuatro vientos!.


Retornando al punto focal del nazismo y las religiones, en realidad, no es atrevido sospechar que las instituciones religiosas fuesen despreciadas, temidas y combatidas por el nazismo, ya que eran un competidor peligroso para el único dios existente dentro del estrecho marco que les servía de sustento: A. Hitler, el Führer. Para encubrir estos disparates intelectuales con barniz ideológico, se recurrió a los argumentos de F. Nietzsche (1881), del que se tomó la idea del superhombre -como objetivo al que debía arribar la evolución humana- a partir de sus propuestas del hombre apolíneo y dionisíaco de la mitología griega. Pero en Nietzsche, el superhombre no era -Bréhier (1962)- "la consumación del modelo humano; Nietzsche veía al último hombre... como al que lo ha organizado todo para eludir riesgos y que se encuentra satisfecho con su vulgar felicidad". Lo que el nazismo tomó del superhombre para su campaña publicitaria fue el amor al riesgo y al peligro que éste ponía en sus emprendimientos en que estaba en juego la voluntad de vivir. Asimismo, el nazismo echó mano a los contenidos temáticos e ideológicos que utilizara Shopenhauer -quien influyó en Wagner- para el que la voluntad del individuo era la esencia de todas las cosas y ella -los propósitos que le ha impreso la voluntad- se encuentra ubicada muy por encima de la fría y esquemática racionalidad.


Sin dudas que la contemporaneidad transcurre por múltiples crisis, pero esto de las crisis no es original de la actualidad, siempre se ha atravesado por esas condiciones, aún en aquél período obscuro que se cree que fue el medioevo, pero en el cual también se vivían momentos críticos (7). El vocablo crisis, en su sentido originario -proviene del sánscrito- significa limpiar, purificar aquello que está sucio o impuro; de ahí deriva el sustantivo crisol, que es un instrumento que se utiliza -en los laboratorios químicos- para purificar los metales, especialmente el oro que está "sucio", contaminado con otros minerales que le hacen perder valor económico debido a los costos de la extracción. Acrisolar significa depurar, decantar lo impuro en beneficio de lo auténtico, de lo valioso. Todo proceso de purificación, ya sea leído desde las religiones, tanto las monoteístas como las politeístas, o desde la fisicoquímica, conlleva la desaparición de elementos -por ejemplo, la muerte de seres vivos, orgánicos o inorgánicos- y la recuperación de otros novedosos. Esto es lo que significa "renacimiento", aunque las formas que el renacer asuma nunca han de ser idénticas al original de aquel pasado que se ha tomado como paradigmático.


En tal sentido, el científico -y eminente filósofo actual- I. Prygogine se encargó de enseñar -con sus sencillos experimentos fisicoquímicos de lápiz y papel- sobre la segura irreversibilidad de cualquier proceso, ya sean estos químicos, físicos, históricos, artísticos o sociales; todos ellos son irreversibles, aún cuando puedan replicarse de manera idéntica (Prygogine y Stengers, 1987. Sin embargo, las condiciones en que se darán nunca serán las mismas, con lo cual la réplica tampoco lo ha de ser, ya que aquellas se han visto tamizadas por el inexorable paso del tiempo que todo lo arrolla y modifica.


Un ejemplo para estos momentos históricos "de cambios" intensos en lo político y geográfico, es el referido a los conflictos lingüísticos, como así también a las fusiones y desaparición de lenguas en el Oriente europeo, luego de los sucesos políticos del 9 de noviembre de 1989, con lo que se llamó "la caída del Muro de Berlín" (8). la que no fue una caída física en cuanto "caen" los cuerpos en la gravedad del espacio, sino que se trató de una "volteada", dónde el pueblo alemán -tanto orientales como occidentales- se convirtió en el protagonista de su propia historicidad (Rodriguez Kauth, 1994). Pero ésa es otra historia, está referida a cómo los modernos medios de comunicación falsifican los hechos -aún los de la contemporaneidad que todos vivimos- a fin de mantener y profundizar el engaño sobre nuestras conciencias y evitando de ésa forma que nos convirtamos en los auténticos protagonistas de la historia.


A continuación dedicaré algún espacio a desarrollar otro factor que habitualmente impide la comunicación e integración entre pueblos "diferentes", cual es el de la religión y los discursos hierofánicos que se bajan desde las Iglesias, que en más de lo esperable operan como limitadores -en vez de facilitadores, según sus pretensiones de protagonismo ecuménico- de la aceptación e integración de los "otros". Pareciera que las grandes religiones tradicionales de Occidente se han olvidado de actuar con un criterio ecumenista de paz y concordia entre los hombres y los pueblos. Muchas más guerras, matanzas, actos de vandalismo y represiones de todo tipo de las que se piensa, en la historia de la humanidad, han sido cometidas por cuestiones religiosas, por la "santa y noble" intención de imponer unos sobre otros sus verdades acerca de la divinidad y de las bondades divinas; algo así como que mi dios es mejor que el tuyo. Es decir, se ha matado, se mata y se continuará matando, solamente en función de demostrar cuál dios es mejor y más bueno. Lo cual no deja ser una linda paradoja retórica, aunque en la vida real es bastante lastimosa y deja mucho que desear.


Para Durkheim (1912) "Una religión es un sistema solidario de creencias y de prácticas relativas a las cosas sagradas". En la definición de Durkheim está implícito lo que afirmara en el párrafo anterior, cuando dice que es "un sistema solidario de creencias". Sin embargo, tal solidaridad está relacionada solamente con respecto a los de "adentro", habitualmente, con los de "afuera", con los "otros", no existe tal testimonio de solidaridad. Por el contrario, normalmente se pone en juego la insolidaridad y hasta el odio. En todas las manifestaciones religiosas se encuentra un denominador común, cuál es la salvación que se alcanza por voluntad divina, la que se expresa en las conductas individuales que acompañan a la de la comunidad religiosa de pertenencia. Todas las religiones llevan implícita la fe en una creencia dogmática, indiscutible; existe la exigencia de obedecer un código moral y a participar -individual y colectivamente- en los rituales que el culto demanda. Asimismo, retomando la definición durkheimniana, ella es desafiante, ya que invita a explorar -por parte de los eruditos o de los interesados en el tema- de ésas creencias y prácticas como realidades que evolucionan o involucionan en el decurso del devenir histórico.


Las religiones suelen dividir a los pueblos -pese a su pretensión de vincularlos- y el eurocentrismo dijo presente en las manifestaciones señaladas, aún las religiosas. También ésa influencia está en las investigaciones de conductas de pueblos primitivos -o no tanto- cuando los investigadores adjudican la presencia de prácticas religiosas a sus habitantes. Esta posición se adoptó al considerar a la religión como una forma de relacionarse las personas con el Universo, o con uno o más dioses que lo habitan y dirigen, según sus creencias.


A la vez, hay que atender el aspecto ideológico con que se introdujeron las religiones: son necesarias para los pueblos, los mantienen unidos. Estas dos consideraciones han llevado a los antropólogos -y otros científicos sociales- que realizaron sus estudios en comunidades no europeas, adjudicaran a algunas conductas de los nativos el carácter de religiosas; vale decir, no se concebía que en otros lares no hubieran prácticas semejantes a las cristianas, judías o islámicas. En definitiva, se les atribuyó a las prácticas rituales un papel semejante al que cumple la religión en Occidente, sin importar si las mismas eran prácticas religiosas. Esto puede explicarse a partir de que los científicos sociales contemporáneos acostumbran partir de la premisa de que los pueblos primitivos son representantes de los pasos seguidos en la evolución de la humanidad, cuando también es esperable y posible que hayan hecho caminos paralelos y que no necesariamente confluyan -por generación espontánea- a la especie humana tales senderos en su recorrido. En tal sentido, el evolucionismo, planteó una impronta difícil de superar, aunque bien valga la pena hacer el esfuerzo de trascenderla para comprender mejor las diferencias entre las existentes entre las religiones, como así también entre las prácticas ritualistas.


Desde los tiempos homéricos, que se pueden considerar la prehistoria de la concepción religiosa en la civilización de occidente, se recitaban poemas épicos de los cuales se podía inferir a los dioses como figuras cercanas y hasta semejantes a los hombres. Pero luego de Homero, los propios griegos se dieron cuenta que los hombres de distintas regiones tenían concepciones diferentes acerca de lo que se definía como sagrado. También es interesante anotar que ya en esos remotos tiempos habían algunas personas muy religiosas, otras poco religiosas y algunos que no lo eran en absoluto. Estos últimos, gozaban de espacio en épocas de libertad de pensamiento, pero no se puede considerar de manera semejante cuando la religión, o las prácticas religiosas, estuvieron prohibidas, momentos en que la tónica general de la actitud hacia la devoción y práctica religiosa estaba oculta o desaparecía. No se puede hablar de irreligiosidad cuando el quehacer religioso está prohibido por las autoridades gobernantes. En la antigüedad griega fue Heráclito el que cuestionó las prácticas religiosas populares, a partir de que él estimaba que no se podía influir sobre los dioses para obtener ventajas, ya que al concepto de ser agregó el de devenir, con lo cual inauguró el tiempo del pensamiento dialéctico.


Más tarde, durante el Imperio Romano, la idea de religiosidad toma un sentido más cercano a lo que hoy se llama "el Occidente democrático y cristiano", consolidándose alrededor de prácticas expresivas devotas, es decir, en torno a rituales, como se suele testimoniar la actitud religiosa superficial. En la antigüedad romana, la religión se convirtió en condición imprescindible para la vida en comunidad, sobre todo luego de la crisis de la República, llegando Cicerón a afirmar que no habría respeto posible entre los hombres, ni paz en las ciudades, si no existiese la religión; como se ve, esta concepción ha perdurado hasta nuestros tiempos y ha impregnado el pensamiento científico y no científico de la "gente". Este respeto por lo religioso, según el propio Cicerón, se encontrará únicamente en el esmero con que se participa de las ceremonias rituales del culto.


Sin embargo, el poeta romano Lucrecio -heredero intelectual de los filósofos griegos Demócrito y Epicuro- fue quién medio siglo antes del cristianismo llamó la atención acerca de que la religión era un sistema de pensamientos y sentimientos constituido por amenazas y promesas, basadas en el miedo. Lucrecio afirmó que la base temerosa de la naturaleza humana es la que hace a la mayoría de las personas creer en la divinidad y practicar rituales con los que rinden culto a lo sobrenatural, para protegerse de situaciones desgraciadas que puedan sobrevenir. Lucrecio fue un adelantado para su época, ya que una de sus propuestas era liberar a los hombres de los dos temores que siempre los atenazaron: la muerte y la divinidad. Ambos temores están fuertemente enraizados en la finitud del hombre, que lo condena a no permitirle concebir el infinito. Hasta que punto esto será verdadero que en pleno esplendor de la ciencia -como es la contemporaneidad- hay científicos que tratan de explicar el sentido infinito del Universo, afirmando -a principios del Siglo XXI-, que éste no es redondo, sino que tiende a ser plano. Más allá de lo que puedan decirles sus sofisticados telescopios gigantes, tal afirmación -como cualquier otra respecto a la "forma" del Universo- es un dislate intelectual, ya que significa no haber comprendido el sentido de la infinitud, que no tiene forma ni límites; esto ya lo vio Lucrecio al afirmar que el Universo es un conjunto fortuito de átomos que se mueven en el vacío. ¡Y no sabía cosa alguna de astronomía!.


La muerte puede ser la representación del infinito, al igual que la vida -desde dónde se viene a morir, como un tránsito- a la vez que la divinidad es lo que mejor representa al infinito; ella permitirá al ser humano trascender después de la muerte, es decir, continuar vivo, aunque no corporalmente, pero creyendo que después de muerto algo de él seguirá vivo y que no todo será alimento para los gusanos o las alimañas. Para la genialidad de Lucrecio, los hechos terrestres -sean éstos catastróficos o beneficios- no dependen de voluntad externa alguna, son solo fenómenos naturales y, en consecuencia, los temores a lo sobrenatural, a lo divino, son creencias sin fundamentación empírica. Sin embargo no llegó a negar la existencia de los dioses, solamente les restó el protagonismo que se les daba a la vez que les quitó la responsabilidad que les cupiera sobre los hechos de los seres humanos que, justo es decirlo, más de una vez dejan mal parados a los dioses.


Por su parte, en el estudio de las "religiones primitivas", no se ha encontrado una frontera nítida entre el espacio de lo natural y el de lo espiritual, se trata de algo como una suerte de comunión inseparable entre el organismo y lo circundante. Era una forma de adelantarse a la moderna ecología, dónde lo que impera es un ecosistema integrado e interdependiente. Dentro de estas religiones "primitivas" puede ser incluida el sintoísmo, ya que no posee un sistema formal de dogmas ni de credos explícitamente formulados en algún libro sacro. Cada objeto del ambiente tiene su "espíritu" y, los sintoístas admiran, respetan o temen a todo lo existente. Resulta paradójico que el sintoísmo sea la religión de la mayoría en una comunidad con avances por excelencia en la tecnología contemporánea, es decir, el Japón. Lo que muestra el error de las clasificaciones rápidas que son producto de la mentalidad rígida desde donde se las examina y se llega a conclusiones ... la mayoría de las veces falsas por desviacionismo ideológico.


Asimismo, una expresión que se ha confundido con frecuencia es la correspondiente al papel de los sacerdotes de las religiones monoteístas, con las del chamán o las de los hechiceros en las "primitivas". Mientras que en las religiones occidentales el sacerdocio es una institución, en las "primitivas" tanto el chamanismo como la hechicería, son el producto de los hallazgos del propio individuo, chamán o hechicero -en sus reflexiones en soledad-a partir de su capacidad para interpretar el sentido de lo onírico, el oscuro camino de los sueños; aquellos sueños que -retomando a Calderón de la Barca- con sencillez nos dicen que "toda la vida es sueño, y los sueños sueños son" (op.cit.).


Al margen de estos comentarios, retornando al propósito inicial de páginas atrás, de comentar los episodios de intolerancia religiosa, es preciso destacar algunos de ellos. Obviando antecedentes remotos, la persecución de los hebreos de Egipto en el Cercano Oriente, ya se puede hablar de intolerancia religiosa. Más propiamente con estos hechos, se ubica a uno de los indicadores iniciales de las guerras religiosas en la mitología griega, con la diosa Afrodita -de la belleza y del amor- como causante de la Guerra de Troya, la cual se inicia por una disputa entre tres diosas por un único trono. En la Edad Media, en el Siglo XVI -y habiendo ocurrido muchos enfrentamientos militares en el interregno por esas causas- los hugonotes -calvinistas franceses- fueron perseguidos en sangrientos combates por los católicos de Francia que alarmados veían crecer las iglesias protestantes en su tierra. Pero, debe anotarse que el odio religioso era alentado por los reyes de Francia -Casa de Valois- y su competidora, la Casa de Guisa, la que en varias oportunidades protegió a los hugonotes y hasta los lanzó a luchar contra sus enemigos religiosos, que eran los enemigos de su aspiración monárquica. Asimismo, éstos últimos estuvieron apoyados por fuerzas militares inglesas, suizas y alemanas, en tanto que los católicos fueron asistidos por la Corona de España. Estos episodios culminaron la tristemente célebre "Noche de San Bartolomé", en la cual se provocó la muerte de entre dos mil y 100 mil personas, según cálculos no precisos sobre los que no se ponen de acuerdo los historiadores. Esta falta de datos objetivos, surge -básicamente- por las simpatías que los mismos depositaban en uno u otro de los contendientes.


Ya en los finales de la Edad Media, en España, la intolerancia religiosa hizo estragos entre la población judía e, incluso, la católica, cuando alguno de ellos era sospechoso de herejía. El caso del Tribunal de la Santa Inquisición es demasiado conocido para que lo comentemos aquí. Solo agregaré que según los historiadores de la economía, aquél fue el período en que, gracias a los inquisidores Peña y Torquemada, hubo mayor consumo de leña, cuya recolección produjo buenas ganancias a los amigos y cómplices católicos de los santos inquisidores. Vale la pena acotar que entonces se comenzó a hablar de la "pureza de la sangres", en alusión a los judíos conversos (9). Pero la Inquisición trajo más consecuencias nefandas para la Iglesia Católica -además de quedar mal parada por su escaso espíritu misericordioso y caritativo- cual fue la Reforma encabezada por Lutero en Alemania y profundizada filosóficamente por Calvino en Ginebra. La Reforma no solo fue una rebelión religiosa contra las potestades vaticanas, si bien es cierto el proceso de la Reforma religiosa empezó por ahí, la verdad es que ella fue la que desembocó con el final del oscurantismo del pensamiento medieval, eliminando las restricciones que el catolicismo imponía a la razón, con lo cual se facilitaba el comercio con otros pueblos. Suplantar el latín como lengua sagrada por los lenguajes vernáculas, condujo a un notable avance en la literatura por el acceso a la misma -el invento de la imprenta colaboró- como el apoyo a la educación generalizada que dieron los protestantes y que hasta entonces estaba restringida a sectores limitados de la nobleza.


En el "nuevo" territorio de los EE.UU. tampoco fueron libres del flagelo de las persecuciones e intolerancias religiosas a los herejes o a quiénes profesaban cultos distintos. La primera de ellas ocurrió en la ciudad de Salem -inmortalizada por el proceso de Las Brujas de Salem- dónde bajo un estricto control ejercido por los puritanos se persiguió, encarceló, desterró y mató a los creyentes cuáqueros; amén de las múltiples matanzas de indígenas que se llevaron a cabo partiendo desde ese lugar.


Un caso interesante de persecución religiosa -por la expresión irónica- fue el que sufrió Daniel Defoe, quién en oportunidad anterior a su célebre libro de aventuras sobre las desventuras de un naufrago, en un escrito se burló de las "virtudes" del ser nacional inglés: en 1703 publicó un libelo, con pretensiones de anonimato y en él se mofaba de la intolerancia visceral de los anglicanos en contra de los disidentes. Cuando se descubrió a su autor, éste fue condenado a una pena de cárcel.


Asimismo, deben recordarse los progromos instalados en Rusia, después del asesinato de Alejandro II por terroristas ácratas. Dichos progromos continuaron a partir de 1903 y, luego de la Revolución de 1905, también se produjeron atentados contra la vida y las propiedades judías en más de 600 ciudades, los que arrojaron miles de muertos; esto bajo el supuesto sostenido por los cristianos ortodoxos de que los judíos asesinaban niños cristianos -en lugar de sacrificar al cordero- para celebrar su Pascua. Tales creencias fueron alentadas por los zares para desviar el descontento social y político contra su administración, desplazando el descontento social hacia el odio racial y la intolerancia religiosa. Para contribuir con ello se recurrió a difundir un panfleto apócrifo atribuido a Los Sabios de Sión, según el cual en los mismos se revelaba una conspiración judía para dominar al mundo (10). Después de triunfar la Revolución Soviética, el rebelde Ejército Blanco armó batidas que terminaron con miles de judíos. Finalizada la Segunda Guerra, el gobierno stalinista organizó una persecución -esta vez silenciosa- de judíos, deportándolos a la Siberia, prohibiendo la prensa en lengua yidish y la emigración de ciudadanos judíos al exterior, a la vez que se limitaban las posibilidades educativas de los jóvenes judíos en los centros culturales soviéticos.


A modo anecdótico, vale recordar que durante algún tiempo circuló la fantasía de que los judíos tenían "algo" que los llevaba a ser los futuros dominadores del mundo. Jesús revolucionó las creencias religiosas; C. Marx no solamente produjo una revolución en el pensamiento político, económico y social, sino que fue el germen "maligno" de una revolución exitosa; S. Freud produjo, con sus hallazgos en el psiquismo humano, una revolución en las concepciones evolutivas del crecimiento y la moral, al adjudicarle a los niños la tenencia de impulsos sexuales y, por último, A. Einstein, provocó una revolución en el ámbito recoleto de la ciencia "pura" al modificar las certezas físicas y matemáticas vigentes con una nueva concepción acerca de la organización del Universo y de la materia. Todo esto fue "muy fuerte" -e intolerable- para quienes no mantenían opiniones favorables acerca de la "raza" judía.


Esta política para con los judíos -en la esfera de los países de la órbita soviética- no fue casual ni producto de delirios antisemitas como en los nazis. El Partido Comunista de la U.R.S.S. veía en ellos a los representantes vernáculas del capitalismo internacional con origen en EE.UU., compuesto por riquísimas familias judías y, por eso, se los consideraba en el territorio soviético como traidores a la revolución. Esta absurda sospecha se fortaleció con la formación del Estado de Israel (1948), en medio de una guerra fría que se podría "calentar" en cualquier momento y, los judíos soviéticos, comenzaron a ser considerados no solo traidores, sino también como posibles "espías" de las potencias occidentales, ya que el nuevo Estado de Israel se alió -política y económicamente- a los intereses de los EE.UU, con lo que se convertía en enemigo mortal de los soviéticos. Así se sucedieron las "purgas" -incluso dentro del Partido Comunista Soviético- durante los años 60 y 70, en las que cayeron en desgracia muchos judíos acusados de ser "agentes del imperialismo".


En Alemania, a más de todo lo escabroso conocido por lo sucedido con los judíos, debe recordarse como un episodio de persecución y matanza a la movilización provocada en 1938, conocida como "La noche de los cristales", en que hordas de nazis destruyeron los ventanales y escaparates de comercios judíos, a los cuáles si se los encontraba se los castigaba físicamente de modo salvaje y, si no se los hallaba, se pintaban los frentes de sus domicilios con las tenebrosas cruces gamadas y la siniestra -más tarde famosa- leyenda de juden.


Hecho este largo -e incompleto- relato de algunas persecuciones religiosas en la historia por defender las identidades culturales, no nos quepan dudas de que todo lo viviente, necesaria e inexorablemente, ha de morir, está destinado a desaparecer, ya sea que se trate de personas, de vegetales, de minerales o hasta de planetas y, entonces, porqué no pensar -usando alguna vez la sensatez que nos proveen nuestras células grises- que las culturas también están destinadas a desaparecer y, lo peor de ello, muchas culturas lo harán -como que ya lo han hecho- sin pena ni gloria en su tránsito por la historia, sin haber dejado una pequeña huella de su paso por el mundo, como ocurre con la mayoría de las personas. ¿Si acaso no sabemos que el sistema solar en que habitamos está destinado a fenecer, quien puede ser tan optimista de creer que los sistemas sociales y culturales no dejarán espacio a otras formas de estructuras y de sistemas sociales sobre la tierra, mucho antes de que nuestro sistema solar sea tragado por un agujero negro, ávido de alimentarse con él o del sistema que fuere?.


Llegará el momento en que nuestro sistema solar, dentro del infinito universo, que se convertirá de a poco en una mancha blanca para transformarse finalmente en alimento de un agujero negro más en la infinita e inabarcable constelación de lo inmensurable que contiene el espacio interestelar. Frente a esto, ¿quién puede tener la arrogancia de sospechar que eso no ocurra también con los humanos y sus construcciones, es decir, los sistemas sociales, las pretendidamente rígidas estructuras sociales y las culturas que los acompañan?. Que nadie dude que los cementerios están llenos de personas consideradas imprescindibles por sus coetáneos; en tanto que las bibliotecas de historia universal están repletas de relatos de culturas preexistentes de las que tan sólo queda un recuerdo impreso en los textos, o en la prodigiosa memoria de los diletantes, a quienes les es útil para demostrar ante otros, los ignorantes, su versación en algo normalmente desconocido por el resto de los mortales.


Y todo lo relatado suscintamente, ha venido sucediendo por los siglos en el espacio cósmico, a despecho de los deseos -y sus expresiones- de quienes portan delirios fundamentalistas, ya sean de tipo religioso o político. Véase el caso reciente de la Revolución Iraní que no hace más de dos décadas se presentó al mundo como el paradigma universal de una religión cerrada y fanática a ultranza, cuyos adherentes jamas se apartarían de sus férreas consideraciones rayanas con el puritanismo más ortodoxo y reaccionario; en la actualidad está tomando un giro político y social impredecible para los años 80; aunque estén vigentes disposiciones atrabiliarias, como la condena a muerte a quienes escriban o editen libros evaluados por los censores como blasfemos. Valga el caso del escritor S. Rushdie y de un editor iraní exiliado en Alemania que fue condenado a muerte por la fatwa, una suerte de decreto religioso. Ni que decir de aquel delirante dirigente austríaco-alemán que en los años '30 se presentó al mundo para instaurar un Reich que perduraría un milenio ... y el delirio megalómano duró menos de lo que sobrevive un niño abandonado en la nieve, acompañado por un minúsculo grupo de súbditos creyentes en sus dogmas y con sus delirios de grandeza enterrados bajo un feroz bombardeo de la artillería soviética en un bunker berlinés.


Pese a estas consideraciones y reflexiones, los vernáculas de cada territorio, las gentes de a pie, continúan temiendo la llegada de aquellos que van a venir a "invadirlos culturalmente". No resulta emocionalmente aceptable el bagaje original, novedoso y conveniente que traen consigo; solamente se alcanza a observar -desde una percepción sentimentalmente distorsionada- los daños que pueden causar a una tradición perimida o que necesita "sangre nueva" para sobrevivir. Ese temor los lleva a tomar conductas defensivas que, en el mejor de los casos se testimonian como una discreta ignorancia hacia la presencia de los recién llegados, en tanto que -en el peor de los casos- el testimonio del rechazo es la violencia de los pandilleros barriales, los cuales no operan con dinámica propia, sino que lo hacen alentados, promovidos y sostenidos económicamente -desde las profundidades de las sombras en que se movilizan- por siniestros personajes políticos que en múltiples oportunidades no se atreven a dar la cara, debido a que temen también la consiguiente repulsa de los librepensadores, al rechazo social de los que están varios pasos adelante en el desarrollo genotípico de sus lóbulos frontales, aunque no se trate de librepensadores, ni tampoco de exquisitos intelectuales.


Notas.

(1) A título humorístico recordaré que todavía estaríamos escribiendo interminables cifras con "letras" romanas.


(2) Se habla de una "leyenda negra" construida para descalificar a la Monarquía Española. Tal calificativo se puso en boga desde 1914, si bien se veía utilizando de antaño.


(3) Que no los condena a tener que pagar deudas del pasado.


(4) Vaya paradoja, para la Biblia, el pueblo judío es el "elegido".


(5) El dramaturgo irlandés G. B. Shaw decía que la libertad implica responsabilidad, por eso le teme la mayoría.


(6) No en su acepción actual, en la que se lo prostituyó sistemáticamente desde el clericalismo, ya que el liberalismo fue en los últimos 300 años su principal enemigo.


(7) Narbona Vizcaíno (1992) hace un excelente recorrido sobre la existencia de prostíbulos en Valencia y las ordalías en que se convertían los casamientos religiosos durante el medioevo, cosa que provocó severas crisis en el ámbito eclesial.


(8) Curiosamente, la proclamada unión fraternal entre los berlineses, a más de 10 años, solamente está produciendo un matrimonio, o pareja de hecho, de cada treinta que se realizan entre alemanes, vale decir, la unión pareciera que no afectara mayormente a los afectos, ya que la proporción de estos vínculos debiera ser diez veces mayor en relación a la densidad poblacional de cada uno de los territorios separados artificiosamente en su momento.


(9) Tampoco Hitler fue un innovador respecto a perseguir a aquéllos que cambiaban de religión.


(10) También en esto Hitler no fue original en la utilización de estrategias y argumentaciones antisemitas para levantar al pueblo contra los judíos.


Bibliografía:

Arendt,H.: (1951) Antisemitismo. Alianza, Madrid, 1987.


Brehier, E.: (1962) Historia de la Filosofía. Tecnos, Madrid, 1988.


Dotti, J.: (1989) "El Hobbes de Schmitt". Cuadernos de Filosofía, Bs. Aires, N° 32.


Durkheim, E.: (1912) Les formes élémentaires de la vie religieusse. P.U.F., París, 1960.


Freud, S.: (1919) Lo Ominoso. Tomo XVII. Amorrortu, Bs. Aires, 1990.


Negretto, G.: (1994) "El concepto de decisionismo en Carl Schmitt". Rev. Sociedad, Bs. Aires, N° 4.


Nietsche, F.: (1881) El Anticristo. Debate, Madrid, 1998.


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Rodriguez Kauth, A. (1997) Lecturas y Estudios de Psicología Social Crítica. Bs. Aires, Espacio Editorial.


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Tylor, E. B.: (1871) Cultura primitiva. Ayuso, Madrid, 1977.


Fuente:

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Para más información contacte a:

Angel Rodríguez Kauth.

E-mail: akauth@unsl.edu.ar


Comments

esta mu bien para el trabajo que tenemos q efectuar

Yo buscaba informacion sobre la inmigracion desde la prehistoria...por ejemplo las razones y todo. Esta muy bien esta pagina aunque quiza se podrian acer apartdaos diferentes.

ke babosada es esta

ustedes estan locos cabeza de chorlitos

mui largo un resumen

no sirve

esta pagina es un gallito
sean especifidos

yo q oy flojo pa copiar y leer,paaido un resumen porfavor...o q creen q uno es una maquina?
porfa agan un resumen si..?
bueno espero que lo agan ok.?

es lo maximo pero con un detalle o defecto,tienen que tratar de ser especificos....